hombre escribiendo

La sala del pasado por Juan Pablo Goñi Capurro

Somos tres en la casa. Llegamos a ser ocho. Pero ahora somos tres. Los que no hubieras elegido. Si hubieras podido elegir. O si tuvieras algo que ver con esta historia. Tres. El peor de los números. Más difícil para dividir gastos, para elegir qué hacer en esas noches en blanco. Para acordar usos de los espacios comunes; o del espacio común, el televisor. Por lo menos nos quedó una pieza a cada uno. Cuando éramos ocho… No importa, pasó, a seguir adelante. Somos tres y eso es lo que cuenta.

Lo que era el living está ocupado por el depósito de papeles. Acumulados ahí, cubriéndose de polvo, todos los proyectos que elaboramos en esa euforia creativa que nos embargaba cuando ocupamos la casa. Legítimamente, tampoco es que fuéramos o seamos revolucionarios. No de ese estilo, al menos, porque creíamos que haríamos la revolución con nuestros actos. Actos que no pasaron de esos papeles que todos los días miramos de reojo, no queriendo asumir el fracaso. Papeles que no tiramos tampoco, preferimos mudar el sillón a la pieza grande, la que ocupa Charly. Corrimos el televisor para verlo desde la mesa y listo, los papeles, antes dispersos por la casa se quedaron con el rol protagónico de la sala central. No sólo no los tiramos, tampoco alguno de nosotros se propuso hacerlo. Tal vez por temor a que otro propusiera una votación, previa redacción de un proyecto de deshacernos de ellos.

Ocupamos las mismas piezas. Siempre hubo tres piezas, antes compartidas. Se fue Manuel y quedé solo en la que da al jardín, en la parte de atrás. Como dije, Charly permaneció en la grande, la que da a la calle, donde antes vivían también el otro Charly y Medina. Lucas se mantiene en la del pasillo, que da a la medianera del vecino y al baño. Es más alargada que la mía, pero al menos yo tengo a mano la cocina y el jardín. Lucas vivía con Martín y Enrique. No me duele evocarlos, no me da esa nostalgia de la que habla Sabina, esa de añorar lo que nunca jamás sucedió. No, digo sus nombres y no me pasa nada. Sólo los papeles me molestan, porque no eran tanto los compañeros sino los proyectos los que nos entusiasmaban. ¿Por qué seguimos los tres acá si no vamos a cumplir ninguno? No hay más debates, no surgen ideas. Acabado el dinero inicial nos conchabamos como pudimos en la raquítica vida económica del pueblo y más o menos comemos. Y nos limitamos a eso. Ni siquiera nos preguntamos por qué quedamos los peores.

Vos podrías explicarlo. Nos dirías que nosotros habíamos echado a los demás. Consciente o inconscientemente. No conocés a los otros, pero no te importa conocer a la gente para juzgarla. Y sí, tenías razón, el proyecto era una locura, tal vez los que se fueron además de de ser mejores que nosotros fueran más cuerdos. Te acepto lo que quieras porque no va a cambiar nuestra realidad. La realidad de tres tipos grandes ya, jugando a la vida romántica sin romanticismo. Y no me corrijas, no busques un concepto más adecuado a nuestro proyecto. Al que teníamos, quiero decir. No, no te metas, dejalo en romántico. Llega Lucas, es el segundo en llegar, el mercado cierra más tarde que la estación de trenes, donde trabajo yo. En una hora vendrá Charly y comenzará la discusión. Noche de viernes. No queremos quedarnos en casa, queremos ir a la ciudad, pero no acordamos adónde dirigirnos. Cada fin de semana es lo mismo. Pero insistimos, nos quedamos, como si fuéramos guardianes de un sueño, sueño documentado prolijamente en esas hojas que se mantienen ocultas por el polvo.

Por la comida no hay tantos problemas. Cada uno tiene la suya, así lo decidimos para evitar discusiones. No te creas, mantenemos cierto código de convivencia elemental. Aunque ahora que somos tres resulta más complicado el manejo del baño que cuando éramos ocho. Es que en ese período estábamos en pos de algo y todos nos sacrificábamos por la causa. Sé que suena repetido, remanido, pero así era. ¡Aunque no quieras creerlo, escéptica! Y si no te hablo de mujeres no es porque no las hayamos tenido, no lo hago porque sé que es lo que estás esperando, porque sé muy bien que te vas a comparar con cada una, que no importa la verdad o la mentira que coloque en la hoja; vas a terminar descubriendo cómo era cada una. Las mías y la de los otros. Y no me interesa, quedate con la intriga. Hubieras venido, burguesa.

¿Por qué me vienen ganas de ir al baño justo cuando llega Lucas? Tuve dos horas con la casa para mí, no, ahora tengo que ir al baño. A los tres nos pasa lo mismo, las necesidades nos surgen cuando hay otro en poder de lo que pueda satisfacerlas. O aliviarlas. Podría prender la tele, pero no miro tele solo. El peso de la montaña de papel es muy fuerte cuando estoy solo. De hecho esperamos a estar los tres para encender la tele o comer o lo que fuera queramos hacer en el living. No te rías, si tuvieras capacidad de soñar, de perseguir utopías, podrías comprendernos. Y no te asombraría nuestra actitud. Y no te burlarías. Pero claro, vos sos de las que no sueñan. Es la hora. Un reloj, Charly. Un reloj que pretende que todos marchemos como él, cada paso reglamentado y preciso. Te imaginás por qué discutimos con él. Es insoportable. Como Lucas con su ropa, sucia, maloliente, tirada en el baño, en la cocina, en todos los lugares donde podamos encontrárnosla. Excepto en el living. El living es sagrado, quedan cosas sagradas para las personas con un resto de humanidad, incrédula.

Como siguiendo una orden nos reunimos en la cocina. Abrimos la heladera, retiramos lo que nos toca. O lo que nos queda, los viernes son fatales, no siempre calculamos las provisiones que necesitamos. Al menos no siempre los tres. Cada semana uno ―o dos― queda corto y el otro es centro de miradas anhelantes. Pero los tres tenemos gran capacidad para resistir esas miradas. Ya sé lo que estás pensando. Y sí, no han cambiado mis hábitos ni mis características. La revolución no llegó a los centros que permiten cambiar esas conductas. Pero  no te voy a dar el gusto de recordarlas, en una de esas ya las olvidaste. Nos vamos al living con el plato preparado y la botella propia. Tratamos de no mirarnos pero inevitablemente, como cada noche, los papeles nos atraen y, tras verlos, necesitamos mirarnos entre nosotros, saber que todavía estamos acá, custodios de proyectos truncos.

Algo pasa esta noche sin embargo. Un suceso varía la repetición de nuestros actos. Un suceso provocado, claro. Por nosotros. Iniciado por Charly, pero luego con el apoyo general. Más que un suceso, una determinación. Una definición si querés, aunque no me parece que lo sea. Y por eso te estoy escribiendo. Para que te vengas al pueblo. Calmate, no insultes. Pensalo bien. No para que te quedes, dios nos libre. Faltaría más. No, para que vengas y te lleves algo. Algo que nos molesta, algo que nos limita, algo que nos deja acá, atrapados en esos miserables empleos sin chances, en este pueblo que nos obliga a ver la ciudad desde la loma de la entrada. No te preocupes, entran perfectamente en el baúl.

Sé que… no, no vamos a mentirnos. No me porté mal con vos, ni siquiera sé por qué me dejaste. Cierto, fui yo el que te dejó por el proyecto. Como quieras, te pido perdón si estimás que debo hacerlo. Pero ahora te necesito de verdad. Lo discutimos mucho y sos la única que podrá entender este pedido. Otras sospecharán intenciones ocultas, alucinarán con propuestas indecentes o violaciones en masa. Vos no, vos me conocés bien y sos capaz de explicar lo inexplicable. Que tres tipos, crecidos ya, no podamos desembarazarnos del resto acusador del pasado inmediato sin tu colaboración. Sé que vas a entenderlo. De paso conocés la casa. Y los chicos son muy capaces de hablarte de las mujeres que nos visitaron, a ellos les encanta. Te doy permiso para decirme lo que quieras cuando llegues, para insultarme incluso. Pero vení, que este pasado se está volviendo intolerable.

Ha publicado: “Bollos de papel”; Mis Escritos (Argentina), 2016;  “La puerta de Sierras Bayas”, Pukiyari Editores, USA 2014. “Mercancía sin retorno”, La Verónica Cartonera (España, 2015). “Alejandra” y “Amores, utopías y turbulencias”, Dunken (Argentina, 2002). Relatos y poemas en antologías y revistas en Argentina, España, Ecuador, Perú, México y Estados Unidos. Ganador Premio Novela Corta “La verónica Cartonera” (España), 2015. Ganador concurso internacional microrrelatos Mis escritos 2016. Colaborador en Solo novela negra (relatos). Como dramaturgo estrenó “Por la Patria mi General” (CABA, Argentina). “Bajo la sotana” (México) “Caza de Plagas” (Chile). Ganador convocatoria EDIE 2015.

hank

Fuego en las tripas por Germán S. S. Lev

El humo del cigarrillo se escapaba de entre los labios de Hank. Hank era escritor. Tenía una botella de whisky sobre el escritorio y de tanto en tanto le metía un trago. La computadora, la maldita computadora estaba en blanco. Nada. Hace días que no podía escribir una línea. Hank se sentía desahuciado, como si le hubiesen abierto las entrañas con una hachuela de carnicero y le hubiesen extraído toda la pasión que alguna vez poseyó. Lo que antes significó para él no sólo un sitio de placer sino también de autocomprensión, con el tiempo rallándole los huesos, comenzó a personificar la desdicha misma. Todos los malos pensamiento que un hombre puede tener en la vida se arremolinaban en la mente de Hank al momento de estar sentado frente al computador. La idea de colgar de una soga o de reventarse los sesos le rondaban con frecuencia. «Ya ni siquiera puedo escribir, que el diablo me lleve de una vez», pensó.

Bebió otro trago de la botella y luego apagó el cigarrillo en su muñeca. «Maldita sea, Hank, antes tenías agallas. Bastaba con que te pusieras a mecanografiar para que la magia echara a correr. Y ahora apenas si puedes mantenerte cuerdo, fósil ponzoñoso», se dijo. Hank tenía la costumbre de hablarse a sí mismo. A veces murmuraba en voz alta y otras, simplemente la voz se encontraba en su cabeza. La maldita voz que era como un relojito, siempre haciéndole tic-tac dentro, siempre martillándole los sesos.

—Te quiero, Hank —le había dicho ella mientras sus filosos ojos se le clavaban como estacas—. Cielos, Hank, sé que estás loco. Nadie, jamás, ni por todo el maldito dinero del mundo, hubiera hecho lo que tú hiciste por mí.
—Oh, chica, calla ya y sígueme al infierno.
—Te seguiría donde fueras. Donde fueras, ¿oíste?
En aquella oportunidad, mientras ella escurría aquel exquisito diálogo que se le quedó grabado a fuego, él hubiera querido decirle cuánto la quería, pero en vez de eso, sólo la besó. Y mientras se despojaba de todas las trivialidades de que está compuesta la psiquis y se entregaba con ferocidad al único instinto que debiera de tener algún valor en la existencia del hombre, una lágrima fútil le brotó, haciendo del momento algo milagrosamente perenne en el espíritu de Hank.
Hank le dio un golpe de puño al escritorio, empinó otro trago, y tras ese destello de la memoria que la trajo de vuelta y que la materializó, comenzó a escribir.
«Nada mal para empezar, viejo perro del infierno. Nada mal».

Luego de un par de horas machacando el teclado el teléfono sonó. Era su editor.
―Hank, ¿ya tienes algo para mí?
―Estoy empezando algo, Charlie. Es reciente. Pero parece que es de buen material.
―Eso dijiste la última vez, Hank. Escucha, tienes que entregarme algo para que pueda vender o me echaran a patadas de aquí. Recuerda que eres el único autor que represento; dejé a todos a un lado por hacerme cargo de tu obra. Tus libros se venden como pan caliente en Europa, deberías venir de vez en cuando, eres toda una celebridad.
―Mierda, Charlie, no me presiones, te digo que estoy trabajando en algo. Aprecio que todo marche sobre ruedas, pero no fastidies, quieres.
―Estás bebiendo otra vez, ¿no es cierto? Reconozco esa voz carrasposa. Ese whisky barato va a matarte. Debes enfocarte. Ya olvida de una jodida vez a esa novia muerta tuya. Eso sucedió hace más de veinte años.
―Charlie ―resopló Hank con tranquilidad del otro lado de la línea―, no quiero pelear contigo, te digo que tengo algo bueno entre manos. Pero te diré una cosa, si vuelves a hablar así de Jane iré hasta esa enorme casa tuya en Barcelona que te pagaste vendiendo mis libros y partiré tu famélico culo judío a patadas, ¿lo captas?
Silencio.
―Te llamaré cuando tenga el manuscrito terminado. Será pronto.
―De acuerdo Hank. Que así sea. Adiós, y deja de beber esa mierda, te pudrirá las tripas.
Hank colgó.
Prosiguió con la escritura. Hank estaba viejo y cansado. Tenía hemorroides en el culo y tres gatos rondándole por la casa. Había dejado hace años la cerveza y el vino barato. Ahora bebía un Malbec de vez en cuando y alguna que otra medida de whisky. Casi siempre cuando tenía que enfrentar la hoja en blanco y no sabía cómo comenzar. Se oyó la llave al otro lado de la sala y luego el suave movimiento de la puerta al abrirse; inmediatamente después un portazo. Era Linda, su esposa, que cada vez que entraba a la casa cerraba con violencia la puerta para anunciar su llegada.
―¡HANK! ¿ESTÁS AHÍ?
―¡Arriba, cariño!
Los gatos se agolparon en torno a los platos ni bien Linda pisó la casa. Linda los alimentó y después subió a ver a Hank. Lo encontró parado frente a la computadora, escribiendo.
―¿Sabías que Hemingway escribía parado y de corrido y que nadie podía interrumpirlo mientras lo hacía? El hijo de perra se ponía malo. Entraba en trance cuando estaba frente a la máquina de escribir. Era la forma que tenía de ahuyentar los fantasmas.
―Me lo has comentado unas diez mil veces. ¿Otra vez estás bebiendo esa porquería?
―Tienes suerte de que no sea Hemingway. De lo contrario te rompería el hocico por interrumpirme y hablarme de esa forma, nena.
―Si fueras él tampoco podrías hacerme el amor. Serías todo un hada con pelo en pecho impotente. Mira. Mira mis piernas, ¿te gusta lo que ves, Hank? ―Linda traía puesto un vestido ceñido que destacaba su pequeña silueta de bailarina y se lo levantó para lucir las piernas. Eran unas piernas espléndidas de treintañera―. Apuesto a que Hemingway no podría con estas piernas ni aunque su vida dependiera de ello. Ni con este culo ―mencionó esta vez sujetándose los muslos con las dos manos.
Hank dejó en lo que estaba trabajando, fue hasta el umbral y tomó a Linda del culo, luego la levantó y presionó el frágil cuerpo contra la pared. Todavía podía hacer aquello. Hank se sintió vigoroso. Se le puso dura al sentir los tibios muslos de su mujer. Ella era magma quemándole y cuando la sentía se ponía rígido como una roca. Cargó a Linda y la llevó hasta la habitación.

Luego de hacer el amor pensó que sería buena idea ir al hipódromo y apostar algunos dólares en las carreras de caballos. Era un buen día para ser un escritor de renombre en el ocaso de su carrera. Y de la vida.