gato negro

Árboles en el tejado por Santiago Garcés Moncada

El pequeño Nicolás abrió, como cada día, la ventana del ático que daba al tejado donde tenía sus macetas, y así al asomar la regadera vio cómo Palomo nuevamente estaba recostado sobre sus flores, tomando la siesta matutina. El pequeño gato blanco con manchas negras en la cara balanceaba la cola en su reposo entre las flores mientras los cristalinos rayos del sol bañaban su pelaje, atravesando también en el camino las hojas de manzanilla, con sus pepitas de oro llenas de mariposas azules y blancas; sus bigotes casi transparentes, al mirarlos en medio del chispeante día, rozaban levemente el rojo de las tejas de barro.

Sigilosamente por la canaleta avanzó Nicolás sin hacer ruido, la regadera en su mano se mecía por el aire como un péndulo hasta que estuvo a poco más de un metro de las flores, se puso de cuclillas lentamente y sacando con la mano un poco de agua, la lanzó deprisa al pobre gato entre dormido.

Palomo asustado por el frío de las gotas abrió sus grandes ojos amarillos al tiempo que saltaba entre las flores, escabulléndose veloz entre las tejas, levitando de tejado en tejado, como una pluma que escapa con el viento al menor soplo.

Mientras Nicolás empezaba a mojar los suspiros y las alegrías con su regadera verde oliva y amarillo, veía correr a Palomo a un par de casas por los balcones, desde donde observaba cómo entre las gotas se dibujaba un arcoíris que atravesaba aquel edén edificado sobre el barro.

Nicolás era el guerrero de la vida que combatía contra lo estéril de la calle, en la selva de asfalto que era su vecindario no había jardín alguno con pinos, laureles o maleza para repartir al aire sus aromas, los únicos jazmines del lugar yacían en los perfumes de las mujeres, que lo soltaban al aire como dejando un rastro al pasar por la avenida, el olor a orégano y pimienta sólo invadía los callejones cuando entre los cubos de basura las cajas de pizza quedaban abiertas para el paso de la lengua de los gatos callejeros, que habrían de humedecer el cartón un poco antes que la lluvia. Ni el moho del borde de las alcantarillas sobrevivía al árido gris de las aceras, sólo él, con sus diez años y la ayuda intermitente de su madre, había logrado teñir de color las miradas de quienes, como Palomo, buscan con cierta necesidad pedazos de paraíso al alzar la vista al cielo.

El balanceo de la cola de Palomo, a unas cuantas casas, hacía de saludo. Nicolás recogía el desorden de hojas y ramas sobre las que dormía hace poco el indeseado, enderezando las macetas estrujadas en la huida. Al terminar, miró hacia el frente respondiendo el saludo con el meneo de su mano y, al empezar a subir al ático, imaginaba que al cerrar la ventana regresaría a hacer estragos la blanca sombra felina. 

Ya era de noche y la poca luz de la lámpara que acompañaba su lectura cubría superficialmente las tinieblas de su cuarto, un fuerte ruido lo hizo parar de golpe en medio de un párrafo de su libro de narraciones de Allan Poe, que había comenzado a leer esa misma semana. Sintió en el tejado, entre aullidos y tejas rotas, como si corriera alguna bruja disimulada en un gato, ahuyentada por el rugir de una igual; en ese momento soltó el libro y apagando la lámpara rápidamente se internó en lo más profundo de su cobija, pegando su cuerpo a la pared donde esperaba el silencio que deja siempre un último alarido al desgarrar el aire.

Al despertar en la mañana, habiéndose diluido de la memoria aquel terror vivido hacía pocas horas, preparó como siempre su regadera y se dirigió al ático para dar agua a sus plantas. Al abrir la ventana, sus ojos encharcados se abrieron con tristeza y asombro al descubrir la escena, un camino de barro y polvo conducía su mirada hasta la tierra derramada en su tejado, todas las plantas se habían esparcido por el lugar, destrozadas, extinguiendo así la vida del vecindario. En medio de la escena estaba Palomo sentado dándole la espalda a Nicolás con la mirada ausente y caída, como si la vergüenza de la derrota fuera suficientemente grande para no darle la cara. 

Al subir por la canaleta haciendo ruido se dirigió hacia el gato para ahuyentarlo ferozmente, en un intento de asustarlo para siempre y alejarlo de su jardín… O bueno, de lo poco que quedaba esparcido entre las tejas. Vació de chorro gran parte del contenido de su regadera sobre el animal, que miraba al horizonte arrepentido, pero este no se inmutó ni un poco aun cuando se cubrió de frío, al ver que no se movía de su sitio como cada mañana hacía al más mínimo indicio de su presencia, se sintió extraño, y por primera vez en mucho tiempo decidió tocarle la cabeza, y así vio cómo se posaba el remordimiento en su pecho al recibir en sus ojos la mirada herida de aquel felino blanco manchado de sangre y hollín.

El pobre Palomo respiraba a duras penas en la fría sentencia que le había dictado su verdugo, su estómago se inflaba lento y su cuerpo encorvado se hallaba temblando con la mirada cansada y penetrante en los ojos del muchacho. 

Nicolás, al tocar la grasa piel del animal, sintió cómo la muerte le cubría las manos, el asco y el miedo se aferraron a su culpa mientras se alejaba hasta la ventana. Al bajar al baño, lavó fuertemente sus manos, intentando arrancar las manchas invisibles de la muerte que se habían aferrado a su conciencia, cuando se sintió limpio otra vez salió a la calle a mirar el vacío de color que invadía ahora las calles, añorando el pasado con cierta melancolía. Regresó a la casa tomando el cenicero de la mesa y llenándolo de agua, al subirlo hasta el tejado con un trapo de cocina ya manchado por el uso se dispuso a reparar el daño ocasionado, Palomo seguía mirando al frente, temblando entre los pocos rayos de sol que deja disfrutar un día frío. Nicolás se acercó al lugar una vez más con cierta vergüenza en la mirada, armando con las ramas esparcidas por el techo un colchón de hojas y tallos sobre una base de tierra amontonada con las manos, al acercarse a Palomo con sigilo y pidiendo disculpas con su silencio pasó suavemente el trapo sobre la piel humedecida del tembloroso animal, reparando en su corazón algunos de sus afligidos latidos, tomó a Palomo del vientre, sin el temor de mancharse de muerte nuevamente y posó al títere de piel y hueso sobre el escenario de hojas bajo el sol que había salido, quizás en símbolo de redención y perdón, en el azar de las nubes que roban azul al cielo de cuando en cuando.

La sangre de aquel pequeño abdomen manchaba sus dedos, y su corazón se arrugó fuertemente al ver cuando el herido felino metió su pata al cenicero, mostrando una herida profunda que el largo pelaje, tieso por la sangre y la suciedad, camuflaba a la vista del niño. Al sacarla del recipiente se recostó sin energía sobre las hojas, lamiendo la humedad de sus heridas por un corto tiempo, su abdomen cada vez se hinchaba menos y así, en ese momento, tan solo se quedaba mirando a la ventana por la que Nicolás entraba conteniendo el llanto, con un mal presagio que ennegrecía sus más puras esperanzas, y cerró la ventana para que no lo viese llorar al despedirse. Palomo se entregó a aquel lecho final encharcado por la sangre que brotaba de su vientre, levantó su pata herida en dirección a la ventana suplicando compañía mientras iba cerrando lentamente los ojos, como si por fin se apagara su cansancio.

Corrió hasta la cama sin hacer el menor ruido, escondiendo en el silencio su tristeza, que reventó en gritos al apretar por fin la cara contra la almohada hasta quedarse dormido entre sollozos. Eran ya las cuatro de la tarde cuando su madre entró a su cuarto a despertarlo, sus ojos rojos y su tono de voz apagado confesaban todo el crimen sin siquiera abrir la boca. 

Su madre, al preguntar lo que pasaba, escuchó atenta y con cara seria todo el relato de su pequeño y viendo que el corazón alegre de su polluelo se hallaba herido por la culpa, le dijo: “No te preocupes más mi amor, no ha sido tu culpa lo que ha pasado”, intentando consolarlo, mirándole a los ojos con ternura y posando como un pájaro enjaulado entre sus dedos, que volaba a la libertad de sus manos abiertas, un billete para que se distrajera comprando un helado a un par de casas. 

Nicolás bajó despacio y suspirando apretaba el billete entre su mano desnuda, manchada de tierra y llanto. Al llegar a la tienda pidió un helado de chocolate y comenzó a lamerlo despacio, en el camino de regreso observó cómo en el callejón adyacente a su casa un gato negro reposaba con la cara herida y sangrante sobre un bote de basura, su cola que se balanceaba bohemia en el aire, como una partícula de polvo que sigue sin parsimonia al viento, se erizo de pronto al paso del niño. Nicolás al verlo dejó caer el helado al suelo, el gato se lanzó de su reposo al callejón, tumbando la tapa del bote al piso y provocando un gran estruendo, aquella desconocida sombra le era tan familiar entre el ruido que retumbaba en esa calle sin salida que no pudo evitar intentar recordarlo, aquel gato empezó a acercarse lentamente hasta el helado, que empezaba a derretirse haciendo un charco. Al ver de frente al animal, notó cómo entre sus garras relucían parches de sangre seca cubiertos de pelos blancos.

Sin duda era la bruja de esa noche de lectura y miedo, la causante de su pecado, de su dolor. La mirada de Nicolás se llenó de rabia mientras aquella bestia disfrutaba del dulce néctar derramado en la acera, sin pensarlo y sin dar aviso lanzó velozmente una patada al criminal, dando fuertemente en el costado de aquel pequeño bulto negro, el alarido del gato hacía eco en el aire del callejón luego de estrellarse contra el muro y caer a un charco de suciedad y basura del cual, tembloroso, comenzó a huir aterrorizado, escalando difícilmente por el muro para nunca más volver a aparecerse por ahí, mientras Nicolás gritaba que se marchara lanzándole piedras y latas que hacían temblar el muro. 

Al volver hasta el tejado, su enojo se hizo profunda melancolía. Palomo lo esperaba al caer la tarde, inerte en aquel lecho improvisado, cubierto de atardecer y noche, en la misma posición suplicante de compañía con la que lo había dejado morir en soledad, subió una vez más por la ventana, levantó la vasija más grande para sacar lo que quedaba de tierra en ella y se dispuso a despedir al indeseado que desde ahora extrañaría cada mañana. Traía bajo el brazo la cal que su padre había guardado en aquel ático durante tanto tiempo, vaciando un poco al fondo antes de poner en la oscuridad al blanco gato, tapó con lo que quedaba de cal el cadáver, y echando encima toda la tierra cubierta de hojas y palos, tapó las semillas de una naranja que había comido hacía poco tiempo, dejando después de algunos meses a Palomo el naranjo como el único árbol sobre el tejado. 

Ahora por fin Palomo, en su siesta eterna, adornaba de color las grises calles.

sobre el autor (1)
Copia de sobre el autor

Ganó el 2º puesto en el concurso “Historias para volar la imaginación” (2016), fue ganador del 1º puesto en el primer y el tercer premio municipal de poesía y cuento corto de Itagüí (2018 y 2020), es coautor del libro “Deshielos de tinta” (2019), fue publicado uno de sus cuentos en el libro con los mejores cien cuentos del concurso “Medellín en 100 palabras” (2019), fue ganador del concurso “Un cuento de navidad en pandemia” (2020); abriéndose fronteras se han publicado sus cuentos, ensayos y poemas en diferentes periódicos, revistas y fanzines de países como Costa Rica, México y Colombia (2021). Actualmente es cronista de la revista Bohemia y pertenece al taller de escritura Letra-Tinta.

ventana niño

El pequinés por Víctor M. Campos

Amanecía si mal no recuerdo. Se nos había perdido el pequinés y Juan sugirió que fuéramos a buscarlo. Vivíamos en una colonia a la orilla de la ciudad, al pie de un cerro, así que lo lógico era empezar por ahí. Eso dijo Juan: es un lugar muy bueno para esconderse. Me pareció que tenía razón. Nos iríamos sin avisar. De otro modo tendríamos que pedir permiso y no hay cosa interesante que pueda pasarnos en la vida si tenemos que pedir permiso antes. 

Nos fuimos. 

Siempre me decían en la casa que no hablara con extraños ni mucho menos que me fuera con ellos, pero Juan no era un extraño. Al menos, no para mí. La subidita al cerro era larga y pesada. Mientras más subíamos, más atrás se iba quedando la ciudad: allá abajo, lejos; esa mole gris de la que apenas llegaban los cláxones y el rumor de la gente. 

Era como abandonar un mundo y meterse en otro. 

Pronto me empezó a dar sed. Juan iba adelante, abriéndose paso con una vara larga, y escupiendo gargajos fabulosos a cada rato. No llevábamos agua. Juan había robado, al pasar, un par de naranjas de una tienda en las últimas calles, pero hacía rato que nos las habíamos comido ya. 

Doblamos en una esquina del bosque. El mediodía se quedó por ahí y nos metimos por un camino abovedado que hacía las veces de umbral hacia donde fuera que nos dirigiéramos. Si el pequinés había recorrido este mismo camino, supuse que lo hallaríamos por ahí dormitando.

O no. 

De él nunca sabía bien qué pasaba por su cabeza, pero no había duda que pensaba mucho: podía pasar el día entero observándote, con esa luna menguada de la esclerótica, pero sin decir palabra. Te miraba y cuando por fin lograba desentrañar tu misterio, se ponía en marcha y desaparecía hasta la noche. Pero la noche anterior no había vuelto. Un día apareció por la casa y alguien le acercó un plato de sopa fría y una bandeja con agua de la llave. Me preguntaba, al final del largo camino abovedado, si el pequinés tendría sed. 

Yo tenía. 

Juan había dejado de escupir y había aventado la vara entre los árboles. La ciudad era, en el mejor de los casos, un mal recuerdo. Una cosa allá atrás a la que no se sabía si algún día volveríamos. 

Atravesamos el umbral.     

La risa alegre de un cuerpo de agua se escuchó ya no tan lejos. Juan fue el primero en llegar hasta allí. Hundió sus tenis mugrosos en el agua limpia. Supuse que se agacharía y haría cuenco con las manos para quitarse la sed, pero lo que hizo fue otra cosa: se quedó en pie, de espaldas a mí, separó las piernas y empezó a orinar. Un chorro pesado y turbio cayó contra el cielo que tenía a sus pies. Me quedé estático mirándolo: había algo escondido, en algún sitio, que me devolvía la mirada y me acariciaba la piel. De un sólo tirón se subió el cierre y me hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera. Antes me incliné y, del cuenco de las manos, bebí hasta saciarme. 

El agua arrojó sombras sobre el bosque. El viento sopló entre los árboles que algo se dijeron en una lengua arcana. No sabía mal ese cielo fresco. Nada que nos quite la sed puede sabernos mal. 

Juan se detuvo, volteó hacia mí y sonrió.  Luego, con un dedo, señaló hacia el cielo. No entendí muy bien hasta que se empezó a quitar la ropa. La sudadera y la playera primero; se quitó los tenis y el pantalón: se volvió a calzar los tenis y, de un clavado, desapareció. 

Me estremecí. 

El cielo adoptaba su cuerpo escuálido que se perdía bajo las lajas celestes y las verdes nubes de limo. Vente, me dijo con la mano. Mi piel se enchinó y dije que no. Está calientita, dijo al fin y se acercó a la orilla. Fui con él y me dejé ayudar. La sudadera y la playera primero; los tenis, los calcetines, lo demás. 

Juan tenía razón. 

El cielo le transmitió a mi cuerpo el calor y el arropo que necesitaba. Debajo nadaban pájaros que me hacían cosquillas en los pies. Juan y yo flotábamos, callados, en la superficie manchada de sombra. Por momentos su cuerpo y el mío eran uno solo. 

Perdí la dimensión del tiempo. 

Estuvimos ahí hasta que montones de peces con alas surcaron el atardecer. Nuestra piel se había arrugado tanto que parecía la de un par de viejos capaces de entenderse con los árboles. Le pedí que no nos fuéramos o que, en todo caso, volviéramos otra vez. Juan sonrió. Por todo el camino de regreso sus pies iban chapoteando en los tenis. 

Ni esa vez ni las siguientes encontramos al pequinés.

sobre el autor (1)

Víctor M. Campos

Víctor M. Campos es licenciado en Docencia del Arte, por la UAQ, y tiene un pie en la maestría en Intervención social, Cultura y Sociedad en la Pablo de Olavide. Es cuentista publicado por el Fondo Editorial de Querétaro, con los títulos La Diablera y otros cuentos (2005), Los Cuentos del Arcángel (2006); además por una docena de revistas electrónicas. Desde 2009 imparte talleres de escritura en el Museo de la Ciudad, también en Querétaro, y actualmente es parte del Colectivo Punto Ciego que desarrolla proyectos de investigación a propósito de la discapacidad visual.

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Los estragos de la guerra por Servando Clemens

El cuartel se convirtió en un manicomio desde que los bólidos de fuego lanzados por el enemigo, calcinaron media ciudad. La guerra nos estaba llevando al borde de la locura y el general no nos permitía salir. Nos tenía presos dentro de su locura.  

«No saldremos hasta recibir la señal divina del Señor», nos había dicho.

Solamente quedábamos cinco hombres y nuestro captor.
—Tengo que salir a buscar a los míos —le comenté a Samuel en voz baja—. El conflicto ya se acabó hace meses y yo creo que al general ya le falta un tornillo. Ese hijo de perra no tiene derecho a retenernos. 
—Aguarda un poco, no salgas todavía —sugirió Samuel—. El general está más trastornado que una cabra con fiebre y podría matarte.
—Nunca debimos permitir que nos quitara los rifles, ahora únicamente él está armado. Deberíamos liquidarlo mientras duerme.
—Él nunca duerme porque toma pastillas —dijo Samuel—. Lo he vigilado por dos días seguidos.
Se escuchó un aullido parecido al de un lobo: era el general que estaba encima de una mesa.
—¿Ahora qué querrá ese cabrón? —murmuró Samuel.
—¡Silencio, mis discípulos! He preparado la cena y todos vamos a comer como reyes para festejar que mañana saldremos y nos reuniremos con nuestras familias.
Todos en el comedor gritaron de felicidad y empezaron a saltar y a abrazarse; excepto yo.

—Ya me moría de hambre —me comentó Samuel, mientras se metía la cuchara a la boca—. Vamos, amigo, come algo. Ya vamos a salir de este infierno.
—No sé, no confío en ese chiflado. Tú no deberías comer esa cagada.
—¡Ja ,ja, ja! No puedo, tengo tanta hambre que me comería a un camello con patas y todo. Mira, casi parezco un esqueleto. 

Media hora después todos mis compañeros estaban tirados en el piso, lanzando espuma por la boca y botando como gallinas descabezadas. 

El general sonrió y dijo que la ofrenda para el Señor ya estaba servida. Yo, que no había probado bocado me lancé al piso e imité a mis amigos.
—Es tiempo de orar y dar gracias —dijo el general, cerrando los ojos y poniéndose de rodillas.
Aproveché el momento, tomé un tenedor del piso, me levanté de un salto, corrí y clavé el utensilio en la garganta del general. El tipo seguía luchando por su vida, así que tuve que apretarle el cuello con todas mis fuerzas. Le despedacé la tráquea con mis dedos.  Le di codazos, mordidas, rodillazos y patadas. Le saqué los ojos con una cuchara. Le pisé la barriga hasta despedazarle los intestinos. No lo podía asesinar, no se moría, seguía sonriendo como estúpido. Brinqué una y otra vez encima de su cabeza hasta convertirla en una asquerosa plasta de sangre, sesos y cabellos. Después me limpié las manos con el agua del grifo. Vomité un líquido amarillo y sentí alivio.
—Lo siento, amigo —dije al acercarme al cadáver de Samuel—. Nunca debiste confiar en un demente.

Salí del cuartel en un Jeep. Quería ver a mi familia y amigos. Por el camino que lleva a casa, solamente encontré muerte, destrucción y desolación. No había un edifico o casa en pie. Los árboles eran postes negros. Solo podía vislumbrar un valle colmado de hollín. 

Recordé a mis colegas que perdieron los brazos y piernas durante la batalla, a los que les volaron la cabeza a causa de los cañonazos, a los que padecieron las más infames de las torturas, a los que sufrieron en los campos de concentración, a los que quedaron enredados en alambres de púas por días y a los que prefirieron quitarse la vida para no seguir sufriendo.  Detuve el vehículo cerca de un barranco. Miré la luna amarilla que parecía el ojo acechante de un demonio. Los coyotes que roían huesos humanos, me miraban muy atentos desde la acera con sus ojos chispeantes. 
—¿Dónde están tus hermanos, hijo mío? —inquirió una voz que provenía de arriba—. ¿Acaso los abandonaste?

Salí del jeep con el cuerpo empapado de un sudor frío y me puse de rodillas. 
—Todos murieron, por eso yo los dejé en… —le empecé a decir a esa dulce voz que venía del cielo (o de mi cabeza) y entonces entendí que yo también estaba cayendo al foso de los perturbados.

La luna bajó su párpado negro, las estrellas dejaron de centellear y yo quedé refundido dentro de una espesa tristeza. 

cara cuadro

El cuadro inconsciente por Francois Villanueva Paravicino

Al ver que Giovanna no apareció aquel anochecer, el pintor Lucrecio Vencedor asumió como verdad la advertencia que ella le venía diciendo los días previos. En una de las bancas de la plaza San Martín, esperó una hora ofertando sus cuadros surrealistas: seres deformes como demonios y diablos fragmentados, paisajes abigarrados y apocalípticos sin orden ni estructura sólida, sueños y pesadillas luminosas o sombrías, o paroxísticas escenas sin forma basados en algún pasaje infernal de la Literatura Universal o de las diferentes biblias religiosas. Al caer por completo el crepúsculo, Lucrecio decidió ir a buscar a aquella mujer que le inspiraba un deseo, una piedad y un misterio inevitables, y así fue al estrecho cuarto de alquiler donde ella laboraba en pésimas condiciones. 

La puerta sin asegurar de la habitación de Giovi, como él la llamaba con cariño, cedió quejumbrosa y la halló tendida sobre la cama, vestida con una minifalda roja y una blusa lila, con el rostro bello y sudoroso, en medio de sábanas y cubrecamas húmedas y desordenadas, junto a dos botellas vacías de pisco a su costado. Dormía, pero abrió los ojos de pestañas con rímel al sentir la presencia de Lucrecio, sonrió con debilidad, pero luego hizo una mueca de dolor, y dijo con voz ebria y desfalleciente:

—Vencedor, estoy derrotada. Necesito salir de esto o me mataré.

—No digas eso, Giovi —dijo Vencedor y le acarició la frente húmeda, con amor—. Debes mantener la calma y no desesperarte. 

—Lo siento, Vencedor, pero no puedo más —dijo con tono decreciente, limpiándose con los dedos perlas de sudor de la frente. Sus movimientos embriagados eran inarmónicos. 

—Giovi, te prometo que desde ahora todo comenzará de nuevo para nosotros. Esperaba esperar más, pero sé que no es necesario más tiempo. Saldremos de esto, mi Giovi. 

Giovi le miró con ternura, iba decir algo, pero se sumergió en el lago sombrío de un sueño profundo, cerrando los párpados trémulos con debilidad. Lucrecio lloró, recapacitó con severidad lo prometido, analizó las circunstancias, y decidió con fe y sufrimiento su promesa: Giovi cambiaría el rumbo de su vida y, a su lado como un ser querido, estaría él, para protegerla y ser su compañero fiel. 

Se mudaron a una quinta de La Victoria y el artista callejero empezó la época más prolífica de su vida, pintando cuadros a profusión y con una calidad que a veces vencía su mediocridad. Cerca de él, en los alrededores de la plaza Italia, Giovanna ofrecía caramelos en los restaurantes y en el resto de los establecimientos, ganándose la vida gracias a la caridad. El desayuno y el almuerzo, que sazonaba Giovi con lo poco que tenían, lo tomaban juntos y, por la noche, si es que habían acumulado una ganancia fuera de lo común durante el día, aprovechaban muy contentos para irse a cenar algo especial, y si no, solo había que dormir con un pan y algo de agua en el estómago. Una tarde, por ejemplo, un señor gordo vestido con terno y bastón elegante, de rostro serio y noble, le pagó a Giovi las dos bolsas con caramelos que ofertaba empeñosa, sin solicitarle la entrega de las golosinas, algo que la pareja festejó con una buena merienda nocturna. Sucedía lo mismo si a Vencedor también le iba bien. Y era común que al menos una vez a la semana existiera una gran noche. 

Un atardecer otoñal de aquel año —frío, húmedo y fastidioso—, cuando Lucrecio se alistaba para recoger sus pinturas e irse a descansar, un tipo de saco y corbata, con lentes dorados de lunas negras y un reloj de plata, se detuvo delante de un cuadro que expresaba el abrazo de dos sombras humanas, donde la femenina tenía enterrado los pies en un lago pantanoso y el varonil la abrazaba como atajándola de una sumersión inminente. El fondo amarillento y difuso era un crepúsculo sanguinolento en medio de un paisaje disforme, con manchas de rojos exóticos y cinabrios exuberantes, pardos arbóreos y azules acuáticos, sombras prístinas como la conciencia más secreta del hombre. El admirador, en ese sentido, lo escudriñó con admiración en la mirada, levantando la montura de las gafas; asintiendo con un movimiento leve de la cabeza y, al final, preguntó por el precio.

—Cinco soles —contestó Lucrecio expectante. 

El hombre, con gesto calculador, se presentó de manera amistosa como Ruy Mujica, e interesado quiso saber por otros cuadros de igual calidad que el que tenía en frente, y Lucrecio tuvo que mostrarle el resto de su trabajo que, envueltos en lonas, se disponían hace poco a ser regresados sin ser vendidos. Tras una milimétrica evaluación, que duró unos minutos, Ruy Mujica sonriente le reveló su simpatía por su trabajo, y con gran amabilidad se llevó cinco cuadros pagando con veinticinco soles en billete y moneda, alegando que obras como aquellas deberían valer un precio más elevado. Alabó el exotismo del talento de Lucrecio, prometiéndole que volvería cada cierto tiempo para adquirirlas de diez en diez. Lucrecio se alegró mucho, le agradeció y, ya en casa, narró contentísimo lo sucedido a Giovi, quien sin sorprenderse mucho le confesó que había soñado la noche anterior a su abuelita fallecida cuando ella tenía quince años y la dejó huérfana en el mundo, y que aquel anuncio onírico siempre le traía buena suerte. 

Aquel hombre de talante importante, como lo era Ruy Mujica, acostumbraba a regresar en un mes o cada dos meses para llevarse decenas o docenas de las obras de Lucrecio al contado, algo que aquel artista callejero valoraba en lo más hondo de su admiración. Sin embargo, el pintor ambulante jamás descubriría que la artimaña de su comprador más generoso era revender sus obras en un parque de Miraflores a un precio diez veces más caro. Por el contrario, luego de cada venta hecha por Ruy Mujica a Lucrecio, él y Giovi disfrutaban una buena cena y, si la ocasión ameritaba, juntos y acompañados con los amigos de también humilde condición, se iban a gozar a los conciertos de “Papá” Chacalón en los locales de mediados de los ochenta de la avenida Grau, donde los dos imaginaban, entre botellas de cerveza y cigarrillos, escuchando a todo parlante cumbias andinas y selváticas, la nobleza de aquel mecenas caritativo. 

Por esa época, Lucrecio fue entrevistado por un reportero de un diario local popular y cuya central le dedicó una nota a todo color, algo que le ayudó en la venta de sus cuadros los días y las semanas inmediatas. Con ello, alcanzó cierta cumbre de la época de vacas gordas, y siempre él lo creyó como una bendición por salvar de las garras del Mal a Giovi, quizás el único ser importante en su vida exceptuando a sus padres y hermanos entonces extintos. Al menos hasta ese momento, desde que empezaron a convivir juntos, no enfrentaron muchas penurias como las que se avecinaban.

A las semanas siguientes, Lucrecio Vencedor escuchó o entendió a cabalidad el significado de la llegada del grupo terrorista Sendero Luminoso a Lima, justo cuando empezaron a llegar noticias del suplicio que sufrían los ciudadanos y los campesinos de provincia, o a encontrarse perros masacrados colgados de los postes, a ocurrir atentados mortales en las calles, y desbaratarse conspiraciones sediciosas, y lo que parecía forjar un espíritu de bonanza mejor, terminó por convertirse en un fracaso total. Para entonces Giovi empezó a subir a los micros a recitar poesías de su propia invención, y cobraba la colaboración voluntaria que los oyentes sentían. Lucrecio también, casi al mismo tiempo, tuvo que empezar a salir a recitar poemas de su autoría en los micros, pues las ventas de los cuadros escasearon hasta convertirse en nulos e incluso el comprador bienhechor Ruy Mujica se había despedido por varios meses la última vez que le compró. Hacer de aedas callejeros y peripatéticos, en efecto, era una de las alternativas más interesantes que les quedaba. Y lo hicieron. 

Sin embargo, tenían poco tiempo con ese nuevo oficio cuando llegó lo inexorable.

—Me duele mucho el vientre, Vencedor —le dijo Giovi aquella tarde nublada que regresaban a la quinta luego de recitar cientos de versos—. Y parece que tengo fiebre. 

—Ya deberá pasar —le respondió Lucrecio sin sospechar ninguna enfermedad grave. 

Y así transcurrieron seis días, haciendo de recitadores poéticos para ganarse el pan de cada día, pese a los dolores físicos de Giovi, cuando la séptima mañana ella ya no pudo levantarse de la cama. Estaba exánime, con los labios pálidos y resecos, su piel ardía y sudaba, con el peso corporal disminuido que recién saltaba a la vista como una certeza irrefutable. Se quejaba de un fuerte dolor que le imposibilitaba ponerse de pie. Lucrecio se asustó y decidió, agarrando todos los pequeños y únicos ahorros, llevarla al hospital de emergencia. El débil cuerpo de Giovanna sufría un cáncer terminal.

Las noches previas a la muerte de Giovi, Lucrecio tuvo sueños extraños luego de llorar muchas horas. Aquel espejismo lóbrego e inconsciente se repetía una y otra vez y fue el vaticinio de su autodestrucción. Soñó con espanto que él se despertaba en la antigua habitación de ella, vacía y desordenada. Mirar ese habitáculo fue como mirar el cuerpo famélico y desfalleciente de su amada compañera, y le produjo tristeza. Sin poder resistirse, él salía por la ventana del cuarto flotando como una bolsa plástica es arrastrada por los aires de un fuerte ventarrón, y las corrientes aéreas de las afueras le zarandeaban de un lado a otro asustándole con el miedo de una caída. El sueño aparentaba, luego de unos segundos efímeros y atemporales, una vertiginosa caída suya, y percibía como su cuerpo se abría paso a la muerte en el hundimiento aéreo, pero al rato se sostenía de pie y seguro en el piso. Caminaba por el Jirón de la Unión, en medio de nieblas umbrosas y abundantes, sintiendo una atracción del cielo por continuar flotando, y luchaba caminando hasta hallarse frente al portón de tablón oscuro de un edificio viejo. Sin la voluntad natural de los sueños, ingresó sin poder controlarse como si esperara hacerlo desde tiempo atrás. 

La habitación era en extremo oscura y vasta, y empezó a escuchar con terror el estridente y angustioso rayar de alfileres en espejos y pizarras acrílicas, además de los estruendos de pólvoras rojas, gemidos de mórbidos llagosos y cantos broncos e infrahumanos, sollozos de huérfanos, de viudas, y de infelices. Los quejidos y llantos le turbaban la cabeza, con el clamor de dolor agudo, un sufrimiento voraz; y aunque estos rumores de pesadumbre se extinguían poco a poco olvidados, como si por ser escasos o ajenos no existieran, le resultaba peor. 

Lucrecio sospechaba, con cautela, de las creencias que postulaban que las almas de los fallecidos vivían buscando purgarse; ni creía a cabalidad en los fantasmas que vagaban terrenales porque son las ánimas y los pensamientos de los que en vida fueron. Tampoco que los sueños reflejan la subconsciencia que se proyecta en un futuro, un presente o un pasado de alguna de las varias dimensiones a las nuestras; pero las cuales están ligadas de forma inevitable a un destino único; ni que aquella dimensión trata de esclarecer una remembranza de una encarnación humana o advertir algo que nunca debió ocurrir para restaurarlo. Todas esas ideas tenían en él, es verdad, un dominio sugestivo considerable, desde que terminó de estudiarlas en los epítomes antiguos que compraba a mitad de precio a sus amigos vendedores de libros de segunda mano; y por eso Lucrecio no las creía, porque las analizó con todos sus sentidos y con un interés científico que prometió no abandonarle después de vencer las pesadillas anómalas que su cerebro excitado sufría de vez en vez. 

Sin embargo, le impactaba de forma prodigiosa la simbolización de aquella mujer que aparecía ante sus ojos, revolcada entre prendas y postrada en una cama en el que se desordenaban las colchas y las sábanas cuando se acercaba más a ella, atraído por la falta de albedrío de los sueños. Esas fuerzas pesadillezcas le acercaban más al espectro femenino, perdurando dominantes hasta que parecía despertarse flotando encima de la cama de Giovanna, listo para volver a salir por la ventana. 

La mujer-espectro, de cuerpo famélico y piel arrugada, vestida de negro como una viuda negra, se perdía en una pieza extraña que podría resultar otro compartimiento, después que Lucrecio Vencedor la siguiera volando a cierta distancia, y aunque el tiempo de perseguirla era considerable y creaba suspenso, el pintor no encontraba en ella rasgos que podrían caracterizarla en una persona que él apreciaría o temería tenerla allí, junto a sí. 

La escena, no obstante, era tétrica: velas pegadas en medio de las paredes disparaban fuego cada tres tercios y medio de minutos, y luego se apagaban por siete segundos. Existía un cuervo con un ojo bañado en sangre que lo observaba con melancolía y desdén, ajeno a su pesar, que parecía agujerear el aire con su pico. Todo ello acompañado de un coro de voces dolientes, ininteligibles, sufriendo desgarradoramente, de personas invisibles que se dirigían a su persona. También escuchaba susurros endemoniados que de manera recalcitrante parecían juzgar su vida pasada y su presente, recriminándole o hablando mal de su persona. Si miraba el techo de la habitación, una imagen de una virgen envejecida le recriminaba con la mirada, y mientras la observaba más, el rostro de la anciana sagrada se transformaba en una calavera espantosa. Al intentar huir con gran desesperación del compartimento, a continuación, salía por una puerta donde se extendía un paisaje rupestre que asemejaba a un abandonado campo andino, que él nunca había visto en su vida. 

Había una casa de barro y paja en medio de un pampón de tierra, más allá unos jardines con exuberante vegetación polvorienta, pero más al fondo un cementerio de nichos blanquecinos en columnas y filas se presentaba tan lúgubre y terrible, en cuyo piso de arena se descubría cerca una fosa cavada a media profundidad. Lucrecio asustado, o su conciencia enfebrecida, se asomaba a pasos lentos sin distinguir a nadie a la vista, con cautela, sufriendo un mal presentimiento, y, atraído con gran fatalidad, pudo clavar la mirada asustada en un esqueleto de osamenta nívea y pura, tétrica e intimidadora, que, como una epifanía satánica, entendía que era su amada Giovanna. Con esa intuición macabra, la pesadilla moría en una angustia tormentosa. Pero como el ave fénix, resucitaba cada vez que Vencedor se entregaba al lecho de Morfeo, para repetirse una y otra vez hasta despertarlo con un sufrimiento terrible.   

Al entrar a su habitación después del sepelio, Lucrecio cayó en la cuenta de la rapidez con la que se desencadenaron los últimos y dolientes sucesos, como si fuesen su tranquilidad la orilla amenazada por olas enormes de constantes catástrofes marinas. Dudó con incertidumbre sobre la realidad que afrontaba. Miró con paciencia y ternura los objetos de Giovi, todavía en el mismo lugar que ella los dejó antes de ir al hospital, y ese momento sintió una aflicción que le dolió en el alma, un terrible dolor que le desesperó sin solución. Nunca más la volvería a ver. Sintió como crecía la soledad perpetua. Trató de dormir, y lo logró después de un par de horas. Pero le despertó la certeza que soñaba aquel terrible presagio de la muerte de la difunta, como si persistiera indeleble en su inconsciente. Sí, era la misma pesadilla. El horrendo sueño era devastador, profundo, trascendente, y le impresionó tanto que decidió pintarlo como la obra maestra que tanto esperó y que siempre creyó habría de devolverle el sueño de los justos. 

Aturdido, obstinado y exigente, Lucrecio pensaba en cómo habría de pintar aquel sueño premonitorio, que como una efigie profética interrumpía el agua de la fuente del resto de su inspiración y no le tenía en paz. ¿Cómo pintarlo? Ahí nació el dilema que empezó a martirizarlo con insomnios, falta de apetito, fiebre de amor imposible, anhelos de tiempos gloriosos, melancolía enfermiza y depresiva, y también de una eterna búsqueda de la perfección ideal, que le irritaba no poder alcanzarla con la destreza y la fluidez que por naturaleza le caracterizaba. Empezó a buscar la forma, una y otra vez, pero siempre falló. 

Trató de pintar el cuadro en su grandiosa totalidad metafísica, pero fallaba, como si aquel cuadro abstracto e irreal le exigiera ser concretado con excelsa maestría y dedicación. Le empezaron a dar ataques de neurosis y de paranoias mientras perdía el tiempo encerrado en su habitación. Se obsesionó tanto que dejó de sonreír, dormir, o salir a la calle a comer o vivir, y, al final, se enclaustró en un solipsismo fatal que le hizo perder la cordura y la fe en la realidad. El desaforado intento fallido le absorbió los sentimientos y la razón, le laceraba la paz espiritual de la buena conciencia, y, después de todo, le secó los sesos con voces invisibles y visiones monstruosas como la realidad de sus cuadros, aquellos vaticinios demoníacos. 

Al par de meses, el dueño que le alquilaba el cuarto, al ver que Lucrecio Vencedor se demoraba en pagarle el arriendo y no se dejaba ver durante todo aquel tiempo, ingresó con su llave de repuesto a ver lo que le pasaba. Encontró, con sorpresa y asco, el cuarto sucio, desordenado y maloliente. Había excrementos humanos, vómitos, cigarrillos despanzurrados, sábanas manchadas, ropas ensuciadas, zapatos, libros, VHS’s y botellas plásticas en el piso, con esmaltes derramados de latitas plomas, y las pinturas artísticas se encontraban con los marcos rotos. ‹‹Diablos, qué demonios es esto››, se dijo para sí el dueño con terror y, a los segundos, oyó con temor varios quejidos que provenían del baño. Tuvo un fuerte miedo que le congeló la respiración, pero decidió ver qué era aquel sonido. Avanzó con cautela y lentitud, se colocó delante de la puerta de madera del baño mirándolo con suspicacia, agarró la manija y la giró con rigor. La abrió despacio. Adentro estaba medio oscuro. Aplastó con sus manos húmedas el interruptor y, de forma espeluznante, bajo la luz mortecina, encontró acuclillado a Lucrecio Vencedor desnudo y sucio en una esquina de la ducha, mordiéndose las uñas y agitando la cabeza de arriba para abajo. ‹‹Dios mío, el pobre está loco››, murmuró con sequedad el dueño tras frustrar un grito de espanto.

sobre el autor (1)

Copia de sobre el autor

Escritor peruano (Ayacucho, 1989). Egresado de la Maestría en Escritura Creativa por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Estudió Literatura en la UNMSM. Ha publicado Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019) y Azares dirigidos (2020). Textos suyos aparecen en la antología Recitales “Ese Puerto Existe”, muestra poética 2010-2011 (2013) y en diversas páginas virtuales, revistas, diarios, plaquetas y/o; de su propio país como de países extranjeros. Ganador del Concurso de Relato y Poesía Para Autopublicar (2020) de Colombia. Ganador del I Concurso de Cuento del Grupo Editorial Caja Negra (2019). Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007).

sucubo

La noche de la súcubo por M. D. Cardona

—¿Estás bien, Mauro? 

No hubo respuesta. 

—¿Mauro? 

Rafael contemplaba cómo su amigo permanecía callado, viendo hacia el vacío. Sus codos estaban clavados en una mesa de vieja madera oscurecida, y sus manos sostenían su barbilla poblada por una barba de dos días. 

—¡Mauro! —espetó Rafael. 

Y no fue hasta que su amigo le tocó su parda frente, que Mauro salió de su trance. 

—¿Qué tienes? Te he visto distraído, pero hoy parece como si no estuvieras aquí. 

Mauro volteó hacia su eufórico amigo, pero con mucha parsimonia. Estaba abstraído, con una mueca inexpresiva, pero con los ojos bien abiertos, vigilantes, e inyectados en sangre. Empero, apenas si lo vio y desvió la mirada hacia la mesa. 

La música que sonaba en el bar, era de marimba, una tonada alegre que contrastaba con la apariencia mortificada de Mauro. 

—Cuéntame —dijo Rafael sorbiendo su cerveza oscura de tarro—, para eso somos los amigos. 

—¿Dónde está mi cerveza? —comentó Mauro. 

—La tienes enfrente. ¿Pasa algo? 

Mauro dirigió una pesada, y, sobre todo, preocupada mirada, hacia Rafael. Se mordió los labios e inhaló y exhaló para darse ánimos. 

—Ayer… tuve… tuve un sueño. O algo así, no estoy seguro…

Rafael se echó una carcajada. No lo pensó bien, fue casi un acto involuntario. Para su suerte, esto no inhibió lo suficiente a su interlocutor. 

—Pero fue un sueño extraño, vívido… terriblemente vívido.

Rafael, ya un poco embriagado, se contuvo después de esa acción que trató de esconder, así que llevó rápidamente su tarro hacia su boca, y se dio cuenta que estaba vacío. 

—Ayer por la noche, mientras intentaba conciliar el sueño, vi a una mujer acercándose a mi cama. 

—¿No has pasado ya esa etapa? 

—No es lo que crees. Esto se sintió real, como si de verdad alguien estuviera allí y viniera hacia mí. 

—¿Qué no duermes con tu esposa?

—Sí. Eso lo hizo aún mejor. 

Rafael profirió una macheteada carcajada. Asintió con los labios apretados, con un gesto sarcástico. Luego, alargó el brazo hacia el tarro de Mauro, y lo cogió de la oreja, sin que su amigo se lo impidiera. 

—Si no te la quieres tomar, yo necesito eliminar mi sobriedad antes de escuchar tu historia. 

Mauro, por su parte, tenía una necesidad acuciante por la atención y oídos de su amigo. 

—¿Y la pudiste ver? 

—¿Qué? 

—Sí —dijo Rafael—, ¿pudiste ver a la mujer? ¿Acaso la recuerdas? 

Mauro se tomó unos segundos para responder. 

—La recuerdo perfectamente —respondió sin voltear a verlo. 

—¿Y cómo era? —Rafael sorbió del tarro de cerveza. 

—Era una mujer mayor —dijo—, quizá entre los cuarenta y los cuarenta y cinco años. Se miraba perfectamente joven, lozana, pero con una madurez exquisita. Poseía una figura embriagadora, robusta y curvilínea. Su pelo era negro y brillante, mientras que sus labios carnosos, me sonreían apenas mostrándome sus dientes. Y luego estaba su piel olivácea, la que apenas pude percibir por la lobreguez que había en la habitación… 

—¿Todo eso recuerdas de ella? Y, más importante: ¿todo eso viste en la oscuridad? —le preguntó con cierto dejo de indiferente sorna Rafael. 

—Tú me preguntaste cómo era —replicó el mortificado Mauro—. Pero, desde luego que eso no es todo. 

»Recuerdo, haberla visto parada, a cierta distancia de mi cama. En la oscuridad, solamente pude advertir una figura femenina, oculta por ese velo. Y, puedo afirmar, no sin sonrojarme mucho, lo excepcionalmente dotaba que se miraba: pues, sus nalgas parecían ser más benévolas, pero sus pechos, tenían un tamaño más que generoso —hizo una pausa, y luego murmuró—: pensándolo bien, se veía muy parecida a una mujer mayor que conocí, y que poblaba mis más ardientes fantasías. 

»La habitación estaba oscura, pero la luz de la luna y del alumbrado público penetraban con laxa sutileza por las amplias ventanas desnudas, ubicadas frente a la cama. Recuerdo haberla visto a contraluz. Primero, fue simplemente una forma inconsistente, pero después, se acercó lo suficiente para que pudiera advertir su figura. Volteé a ver a mi lado, y mi mujer dormía plácidamente al lado mío. 

»Ante aquella aparición, lo primero que pensé, fue que lo estaba imaginando todo. Incluso, me planteé estar dormido. Pero, escuché un susurro. Era una voz seductora, que, en retrospección, sonaba como esa mujer mayor a la que nunca pude decirle mis sentimientos. Me llamaba, en un suave murmullo. Dirigí mi mirada hacia el frente. Y vi su torso hasta cierta parte de la cadera, porque la cama me impedía poder ver más. Sí, estaba al frente de nuestra cama. Dudé, por un segundo ver la imagen de una mujer desnuda. Luego, comenzó a moverse hacia el lado de mi mujer, y me preguntó por mis fantasías en torno suyo. Desde luego que yo no le respondí nada, pues mi corazón se había acelerado. 

»—¿Alguna vez, soñaste con mancillar el lecho conyugal al lado de tu esposa? 

»Y, se pavoneó hacia mí. Sus caderas las bamboleaba seductoramente. Pude escuchar el sonido de sus pies descalzos recorrer el suelo. Entonces, sentí cómo la lascivia subía por todo mi cuerpo. Entretanto, intentaba moverme, pero no lo conseguía, estaba paralizado, mis miembros se sentían pesados e inamovibles. Incluso, intente susurrar, preguntarle quién era. Pero fracasé en cada intento. Simplemente, podía mover mis ojos, y con dificultad lograba mover mi cabeza a los lados. 

»—¿No te puedes mover, cierto? 

Parecía que podía leer mis pensamientos, con sólo mirarme a los ojos, desde aquella penumbra. 

»—No te preocupes —dijo—, lo sentirás todo. 

»Estaba deseoso de ver a través de la cortina de oscuridad, el rostro de esa mujer… 

Mauro paró el relato. Se quedó en silencio, mientras contemplaba la nada. Realmente, se esforzó por recordar el rostro de aquella mujer. Incluso, se planteó no seguir con su relato. Y, al mismo tiempo, sintió que, si no lo decía, temía que aquella experiencia que le bailoteaba en la mente, entre el sueño y una duda sobre la veracidad de sus palabras lo consumiera hasta la locura. Algunas ideas, como vocecillas en su interior, le sugerían que no podía haberlo soñado, y que, en realidad, no había sido todo producto de la fantasía. ¡En realidad todo había sido cierto! Como sea, él estaba profundamente confundido. 

—¿Y entonces qué fue lo que pasó? —Rafael se veía interesado, mientras ingería copiosamente del tarro de cerveza. 

—Había una mezcla entre la luz ambarina del alumbrado público, y una azulada proveniente de una luna llena. Pero, en aquel instante, mientras su silueta se pavoneaba a contraluz, había un espacio azulado, que por fin sacó su rostro de la incógnita. Y… y vi su rostro. Sus labios eran pequeños, pero carnosos, y sus pómulos sobresalían con gracia. Sus ojos eran unos penetrantes agujeros negros, su pelo le caía liso por los omóplatos, y le llegaba a la altura de los pechos. Recalco mi descripción, porque quiero que sea lo más fiel a lo que vi…

»—¿Me reconoces? —me dijo, en medio de una sonrisa coqueta. 

»Como he dicho antes, no podía responder, pero, ahora que lo pienso, sí que la reconocí. Su rostro era como el de aquella mujer, que tantas veces desee en los primeros años de mi juventud, y que, por el camino de vida que elegí, es imposible que pueda incluso, decirle algo. 

—No entiendo —interrumpió con su voz de borracho, Rafael—, ¿soñaste con la mujer de tus fantasías? Pero, ¿y eso qué tiene de extraño o de anormal? 

Mauro no supo qué responder a su amigo, porque tenía miedo de decir en voz alta lo que incluso, para sus adentros sonaba ridículo. Y es que, su cerebro le sugería que los eventos sí habían pasado, y lo guardaba como un recuerdo, muy parecido a la vez que le dio un beso a su mujer por primera vez. Su cerebro no dudaba de la veracidad de los hechos, pero sí su cordura. 

Rafael, se dio cuenta que su amigo, se había quedado embebido y que no daba señales de querer responder su pregunta. 

—Anda —prosiguió—, sigue con la historia —dijo al fin. 

»Después de ver su cara, mis ojos, poseídos por el espíritu de la lujuria, me hizo bajar por su cuello moreno. Sus pechos fue lo que mis ojos advirtieron luego. No puedo describir la sensación que recorría mi miembro, en esos momentos. Entonces, dio un paso más, y la luz recorrió su piel, y pude ver sus caderas en todo su esplendor. El monte de Venus, recubierto por una capa estética de vello que bajaba hasta su sexo. Yo seguía paralizado, pero, aunque pudiera haberme movido, no hubiera sabido qué hacer. 

»Ella se me acercó inclinando su cuerpo a mi oído. Sentí el aroma de su aliento llenar mis fosas nasales. Era un olor embriagador: entre almizcle y jazmín. 

»—¿Crees que se haya dado cuenta alguna vez? 

»Y, dicho esto, me miró. Yo me sentí impotente bajo su depredadora mirada. Ni siquiera alcancé a responderle con algún leve gesto. Pero ella, sabía muy bien lo que hacía, insisto, parecía que podía leerme como un libro. No sólo mis pensamientos, sino algo más hondo que eso, como mis recuerdos o deseos. De pronto, sentí cómo la tibieza de una piel sedosa y suave tenía contacto con mi cuerpo inerte. Sentí su peso aparecer poco a poco, y así, apareció encima de mí. Nuestras narices se tocaban y nuestro aliento se entremezclaba de una manera seductora. Miré su boca, y sus labios en una media luna de sonrisa. Ella comenzó a recorrer con sus manos mi cuerpo, y se concentró en un punto específico: mi abdomen y mi miembro. Comenzó con un masaje por encima de mi ropa de dormir, mientras se movía con agilidad felina en mi regazo. Su pelo me lo echaba a la cara, y lo movía con vehemencia. De pronto, se detuvo y dijo:

»—Esta noche, no necesitarás de las fantasías para tener mi cuerpo. Esta noche, tu capricho será mi capricho —y luego de decirme esto, me pasó la lengua por los labios, antes de darme un beso, que a poco estuvo de asfixiarme. 

»Después de todo este jugueteo previo, lo concluimos con el coito. 

Aquí fue cuando Mauro detuvo su narración. Y se levantó sin decir palabra. Rafael, había olvidado sus desdeñosas palabras, y estaba plantado en su silla, y escuchaba atentamente cada palabra que decía su amigo. Estaba tan absorto en las imágenes que su mente procesaba que, no se dio cuenta cuando su amigo se levantó y se fue. Al cabo de unos instantes, Mauro volvió con una cerveza en una botella. Él se allanó en su asiento y dio un sorbo a la bebida. 

—¡Qué te pasa! —golpeó la mesa con el puño Rafael—. ¡Por qué te detienes en la mejor parte! 

—Ya terminé —replicó Mauro—. Los detalles más sórdidos no te los daré. Además, no es que haya durado mucho. Fue más de lo que mi cerebro y todo mi cuerpo pudo soportar, quedé temblando en mi cama, envuelto en todo mi sudor. 

—¿Y? 

—¿Y qué? 

—¿Despertaste, o qué pasó después? 

—Ella desapareció —dio otro sorbo a su cerveza, nuevamente con la mirada perdida. 

—Es decir, que despertaste…

—No. Simplemente desapareció, y yo poco a poco comencé a tener nuevamente movilidad —ahora sí lo miró a los ojos—. Y allí estaba mi esposa, dormida. Me toqué la verga, y tenía la sensación de haber…

—¿Cogido? 

Mauro no dejó de verlo, pero tampoco le dio una respuesta en sí misma. 

—¿Insinúas que la mujer se materializó en tu cuarto y luego del sexo desapareció? ¡Como por arte de magia! 

La conversación duró un poco más. Pero de aquí en adelante, fue insustancial. Rafael insistió que, Mauro se explayara en los detalles. Luego de unas horas, él, decidió irse. Mauro, por otra parte, se quedó en la taberna aliviado, por una parte, y atormentado por otra. 

Acababa de dar la medianoche, cuando Mauro pensó que ya era suficiente. No estaba borracho, pero tampoco estaba sobrio. Estaba en los albores de la estupefacción, pero él sabía medirse. Entonces, dejó de lado la cerveza que llevaba tiempo de no beber…

—¿Ya se calentó la cerveza? 

Mauro, por alto reflejo, volteó hacia la voz. Era una bonita voz de mujer. Pero, la dueña de aquella incandescente y aflautada vocecita, era de una pelirroja, de piel pálida y lozana, y de un rostro excepcionalmente bello. Sus labios eran de un tono rojizo intenso, además de tener un tamaño prodigioso. Sus cejas eran pobladas y grandes, y su cuerpo era rollizo y dotado de una sensualidad que fácilmente eclipsaba al que la veía. 

—¿Disculpa? —dijo Mauro. 

—Te he visto desde lejos, y no has bebido de ella. ¿Ya está caliente? 

—No —dijo, sin salir por completo de su letargo—, no, es que ya no tengo ganas. Estoy por irme. 

Una amplia e iluminada sonrisa llenó su níveo rostro. Entonces, se sentó en el banco de al lado. 

—Tómate esta última cerveza conmigo, y luego te vas…

Por supuesto que esa última cerveza no fue una sola. El tiempo fue pasando, a tal punto que, Mauro se encontró con la posibilidad de saciar sus apetitos carnales en los brazos de aquella joven hermosa. Incluso, detuvo su ingesta de alcohol lo suficiente para poder concluir la proeza. 

Fueron al apartamento de la muchacha, allí se enteró que su nombre era Dafne. A Mauro le pareció un nombre bello, y ella le explicó que su madre le había puesto así, en honor al conocido mito de Apolo y Dafne. Ella, aunque bebía copiosamente alcohol, no parecía embriagarse del todo. Incluso, Mauro intentó que dejara de beber. Aquello, supuso el comienzo de un frenesí salvaje del acto amoroso. 

Dafne martillaba su trasero voluptuoso contra el regazo de Mauro. Estaba de cuclillas, mientras Mauro estaba sentado. Ambos sudaban, mientas las tetas blancas rebotaban sobre el pecho sudoroso de Dafne. El pelo de ella se había crespado en medio del calor y el sudor de sus cuerpos. Mauro tuvo el tan anhelado orgasmo, y luego sintió cómo su compañera le mordía el cuello y comenzó a succionarlo. Aquella orgía de sensaciones le hicieron caer desmayado.  

Cuando despertó, se dio cuenta, que la cama en la que estaba, no era la misma que había visto por última vez. Su mano salió en auxilio de su frente y ojos. Pensó que nuevamente había tenido una vívida fantasía o una ensoñación. Movió su brazo izquierdo, el cual estaba enterrado entre las sábanas. Sintió una sustancia cálida y viscosa desde su antebrazo hasta la palma de la mano y las yemas de sus dedos. Esto lo sacó de su sopor y se inclinó para ver qué era lo que había tocado. Inmediatamente, advirtió que las sábanas estaban empapadas en sangre, y, a unos centímetros, se hallaba su compañera, Dafne. Ella estaba sobre el pecho de su esposa, con la cabeza hundida en el cuello de su víctima. Advirtió con horror, cómo la sangre manaba a borbotones por los labios de la pelirroja. 

—¿Qué está pasando? —profirió un grito ahogado, mientras se trataba de incorporar en la cama. 

—No te molestes, Mauro —escuchó una voz conocida—. Acaba de morir. Lástima que la sangre del niño no fue del agrado de mi hija…

La habitación estaba pobremente iluminada, como en el relato de Mauro: sólo alcanzaba a entrar la luz de la luna y del alumbrado público, por las ventanas del frente. Y en esa penumbra, Mauro pudo advertir todo el devastador desorden; el cuarto, estaba de cabeza, se veía violencia por todas partes. Pero, la sangre se concentraba en la cama. Entonces, cuando la voz de la mujer dijo aquello, advirtió el cuerpo de su pequeño hijo, con el cuerpo contorsionado que, evidenciaba una agónica muerte. Estaba degollado, y la sangre que teñía toda la cama era la suya. Apenas tenía ocho años. 

Incluso, pudo ver con impotencia, cómo se le escapaba la vida a su mujer, y el brillo de sus ojos se apagaba para siembre. Con un nudo en la garganta, dejó caer dos lágrimas. Y, mientras pensaba en la manera de desquitarse de aquella desgraciada, la figura voluptuosa y curvilínea apareció de entre la oscuridad. Ella estaba desnuda, con una sonrisa sutil y en media luna. 

—¡Tú! ¿Cómo pudiste? —exclamó con la voz gangosa. 

Ella rio satisfecha.

—No creas que soy quien aparento. Soy sólo la representación de tu lascivia reprimida. Aunque, si tocas mi carne, será como si tocaras el culo de la mujer que, estimula tus fantasías. 

—Mami —dijo Dafne, mientras soltaba el cuello de la mujer de Mauro—, ¿por qué papi tiene la verga tiesa? 

Dafne, con habilidad felina se deslizó entre las sábanas y encontró el miembro de Mauro. La súcubo, por su parte, caminó hacia el lecho de Mauro. Se inclinó y él vio sus tetas caer por el peso de la gravedad, eran pechos que lo encendían aún en la desgracia. La súcubo procedió a darle un beso en el carrillo y Dafne le bajó los pantalones, e introdujo su miembro en la boca. 

La súcubo, consiguió que Mauro la besara, y él, esta vez, con los miembros a su disposición, pudo tocar y acariciar todo lo que sus fantasías requerían. Todo esto, mientras Dafne le practicaba una felación. 

—¿Te quieres coger a nuestra hija? —murmuró la súcubo mientras le correspondía los desenfrenados besos. 

—¿Nuestra qué? —apenas pudo replicar. La verdad es que no pensaba con claridad. 

Ella dejó de besarlo y le tomó el rostro. Y lo obligó a verla a los ojos. 

—Dafne es el fruto de nuestra primera unión. 

Mauro sonrió y dejó salir una carcajada. 

—Sí, sí, muy hija mía será… —y se volcó en sus pechos. 

—Estás confundido, ¿cierto? Tal vez, creas que lo que pasa aquí es fruto de un delirio, pero, me temo que haces mal en pensar eso —la súcubo lo tomó de la barbilla y lo hizo que la viera otra vez—. Dafne asesinó a tu familia, y eso es verdad. 

La súcubo alargó el brazo y apartó las sábanas de Dafne y la descubrió. Lo que advirtió Mauro, fue una cara deformada por un gesto de lujuria pura. Su piel estaba lívida, casi cadavérica, mientras que, su boca y sus mejillas estaban embarradas en la sangre de la mujer de Mauro, al igual que su verga. Su pelo estaba revuelto y cuando subió sus ojos, se dio cuenta que el color ahora era de un dorado brillante, mientras que, sus pupilas estaban elípticas, cual felino. ¡Abrió su boca, y advirtió unos colmillos filosos y desproporcionadamente largos y delgados! Los dientes del frente, también se habían tornado triangulares, como los de un tiburón. 

—¡Qué es! —chilló Mauro, mientras movía sus piernas, tratando de escapar de ella. 

La súcubo acercó su nariz a su oreja, y aspiró de tal modo, que él pudiera escucharla, y luego subió su boca y dijo: 

—Tú sabes qué es…

Mauro volteó a ver a la mujer. Ella le sonrió y asintió levemente. 

—¿Un vampiro? —murmuró con el ceño partido en dos. 

—No es sólo un vampiro —replicó la súcubo—. Es nuestra vampira. 

Dafne, ahora, con un comportamiento más primitivo, se acercó a Mauro y entre gemidos y sonidos ininteligibles, lo acarició. Le dio un beso y luego cogió su miembro y se hizo penetrar por él, no sin que la súcubo interviniera, cuando él se negó débilmente. 

Mauro parecía estar en un trance. Ni se inmutó ante la muerte terrible de su familia. La práctica de ese sexo sacrílego, lo hizo fuera de sí, como si estuviera bajo el efecto de un alucinógeno. 

Entre el obsceno acto, protagonizado por la vampira que cabalgaba en el regazo de su corrompido progenitor, mientras se aferraba a su espalda y le babeaba el cuello, observó cómo la súcubo lo masajeaba. Pero, aquella figura de mujer, se había fusionado con la de un monstruo. Y, en algunas partes de sus muslos, observó una piel verdinegra y escamosa, que brillaba de forma repugnante. Ella pasaba su lengua por su oreja. También, pudo observar unos cuernos que se curvaban levemente hacia afuera, provenientes de su frente. Y, sus orejas, se habían alargado y vuelto puntiagudas. Esto, mientras sus ojos refulgían como dos tizones ardientes. 

Mauro, comenzó a gemir de placer. 

—¿Cuándo vas tú? —le preguntó a la súcubo, con la voz entrecortada. 

Se miraron, y ella se sonrió. Acto seguido, la súcubo tomó la quijada de Mauro con fuerza y lo volteó hacia su derecha. Ahora, el tacto ya no era el mismo, sino una piel fría y áspera. 

—Me temo —dijo la súcubo—, que ya no habrá próxima, al menos conmigo —acto seguido, se dirigió a Dafne—: ¡hazlo!

Dafne profirió un gruñido gutural. Y, a continuación, procedió a morder su cuello. Los dientes penetraron fácilmente la carne de Mauro, y cual lamprea, comenzó a succionar. Ella bebió la sangre de Mauro con una agilidad demencial, y el dolor fue insoportable. Era como una aspiradora que se llevaba su vida, pero, en medio de esa mortificación, alcanzó el clímax y llegó al orgasmo. Cuando Dafne sintió rellenar su cadera con los fluidos de Mauro, dejó de beber y ambos cayeron como sopapos en la cama. 

Aquella noche, murieron tres personas. Pero la única que volvería a despertar para vagar por las noches, sería Mauro. Esta vez, para causar la perdición y la ruina a otros, en medio de orgías de sangre y sexo desenfrenado junto a su amante, su hija, Dafne. 

sobre el autor (1)

Copia de sobre el autor (1)

Soy de Guatemala y nací el 28 de noviembre de 1993. Me defino como un apasionado lector, dotado de una curiosidad que me ha conducido a advertir pasiones desbordantes, como la poesía, la filosofía, la historia, la sociología o los ensayos científicos. Pero, como inspiración, destaco a dos escritores: Poe y Kafka. Por otro lado, he publicado cuentos y poemas en diversas revistas digitales.

ventana ciudad

Amor sin cenicero por Pablo Manzano

Cuatro brazos sobre una mesa de café, manos entrelazadas y dedos que se acarician jugando otro juego al margen de las palabras:

—La invocación se convierte en revocación, en la sorda confusión en que el ente se oculta y se sustrae —(Pedra).

—La poesía es el proyectante, es la desocultación del ente —(Antonio Tony).

Ella se derrite en parpadeos tras sus gafas empañadas, el cigarrillo abandonado en equilibrio sobre el borde de la mesa, la ceniza a punto de caer. 

Él le frota los cristales con la nariz y ella se encuentra una boca abierta y sonriente, la misma expresión que ella le ofrece, como si fuese uno el espejo del otro. 

–Poner en la obra significa hacer acontecer el ser obra —(Pedra).

—Todo arte es dejar acontecer el advenimiento de la verdad del ente en cuanto tal —(Antonio Tony). 

Los latidos se agilizan bajo el mismo ritmo. 

Él coge un trozo de servilleta y escribe «Te quiero», y la firma: Heidegger. 

Un beso en los labios, por primera vez.

Dos melenas libres de peines sobre la hierba, el humo de la marihuana compartida, el juego de ocultar el cielo tras el pulgar. 

—La riqueza crece y se concentra, pero cada vez hay más pobres en el mundo —(Antonio Johnny).

—Sólo quinientas compañías controlan el 70% del comercio y el PBI mundial —(Pedra).

Ella le aparta los mechones de su cara, en sus ojos rojizos vislumbra una belleza estremecedora.

—Hay que descentralizar el poder económico, distribuir la riqueza de la manera más amplia posible —(a coro). 

Él se acerca aún más: un beso de humo en las amígdalas.

—Más de la mitad de la energía se despilfarra, para el 2050 el petróleo en la Tierra… —Pedra que respira de prisa, menos tierna y más lasciva.

—La contaminación crece, el aire y el agua… —Antonio Johnny que calla, la mano de ella aferrada a su entrepierna. 

Allí en el parque, con los ojos cerrados, haciendo desaparecer todo cuanto les rodea. 

Rodillas juntas pero separadas, manos sobre las rodillas, las propias. El sofá de cuero blanco invita a arrellanarse (nunca un cigarrillo) pero se mantienen en rígidas posturas.           

—Las grasas tienen más del doble de calorías que los carbohidratos —(Pedra). 

—Muchos alimentos bajos en triglicéridos contienen altos niveles de colesterol —(Antonio Pony).

Ella le coge la mano, se la lleva a los labios, la besa y la devuelve.

—Se atribuye al tabaco la insuficiencia de aporte sanguíneo a la placenta. —Pedra, con ambas manos sobre su vientre abultado.

—Se atribuye al tabaco la falta de absorción de las vitaminas A, B y C —Antonio Pony, también apoyando una mano sobre el vientre de ella.

—A mayor cantidad de cigarrillos, mayor restricción de vasos sanguíneos.

—Sin saber cómo permanecer sano, la felicidad es pura ilusión.

Pablo Manzano es un escritor argentino que cuenta con varios libros de ficción publicados. Tuvo la satisfacción de traducir al cuentista norteamericano O’Henry, en un volumen publicado por Barataria Ediciones (Barcelona) con el título de Esto no es un cuento y otros cuentos (2008). Por otra parte, Manzano ha colaborado en publicaciones como Quimera y Boca de Sapo. Como autor, en 2006 publicó su primera obra, El rencor de los bufones (relatos), y en 2008 su segundo libro, El puente de la jirafa (novela), ambos bajo el mismo sello, Barataria. Su tercer libro, El asesino de canciones (novela), fue publicado por una editorial de Galicia, Tandaia, en 2017. Pablo Manzano ha publicado en Argentina la antología La erótica del relato (Adriana Hidalgo Editora, 2009). En la actualidad el autor vive en Viena.

mina

La esquina por Álvaro Lozano Gutiérrez

La luz que se colaba por el ancho ventanal reveló el comienzo de  un nuevo día. Su mirada se posó en el techo recorriendo las grietas e imperfecciones que tal vez le mostrarían el lugar donde se encontraba. Las paredes de la mina eran angostas y en los paneles el ruido se amplificaba apabullante. Con una bocanada de aire reafirmó que no estaba bajo tierra: ya no habitaba el infierno de Potosí.

Los socavones habían devorado a su padre y a su abuelo que trituraban la piedra para recoger la piltrafa del cobre. Su madre empujó el pesado vagón hasta que un día sus pulmones exangües se negaron a respirar el aire malsano y rencoroso. Todo se lo había arrebatado. Incluso ese fantasma se apoderaba de sus sueños ahogándolo en la incertidumbre de no saber si era libre o estaba enterrado en vida.

Cruzó la frontera hacia el sur. Ahora en una ciudad que no le pertenecía le arrancaba a las calles algunos pesos, que si bien no eran muchos, le permitían el privilegio del sol acariciando su espalda y a veces una comida digna. Había vendido de todo: cigarrillos a las afueras de los salones de baile, dulces en los cinemas, agua en el cruce de los semáforos y calendarios en las rutas de los colectivos. Recorría mil veces las intersecciones y avenidas voceando las noticias de algún periódico o tratando de perder de vista a los policías que le perseguían por su doble delito: vender en el  espacio público y ser un extranjero.

—Cuidado negro, a Claudia le quitaron toda la mercancía ayer, vos sabés, la cosa no está para bromas. La aporrearon fuerte y se la llevaron en una patrulla hasta la comandancia en el centro.

—No te preocupes, yo mido a ojo la distancia de los policías y además corro fuerte. Algo bueno me dejó el trabajo en la mina.

—El problema no es el calabozo, es que te saquen del país. Ya ves que por eso de la guerra la gente se pone delicada.

—Si te contara cuántas veces me han echado a Bolivia no me lo crees.  La última me pasé seis semanas en la frontera, parece que había problemas con una gente que quería cruzar para escaparse… pero aquí estoy, negro pero cariñoso.

La calle atestada lo recibió entre el trajín de unos y la indiferencia de otros. Sus grandes hogazas de pan entrelazadas en un canasto anunciaban el sustento del día. A su lado una mujer joven vendía agua y más allá otra ofrecía café en grandes termos. En la acera del frente las notas de un bandoneón crepitaban con nostalgia mientas un viejo entonó con voz gastada Arrabal amargo… El ruido y el movimiento de la urbe impregnaron cada espacio de monotonía. Lejos de ser un caos sin forma todo evocaba una sinfonía compuesta por sonidos opacos, voces alegres, notas musicales y el transcurrir incesante de los automóviles. La vida estaba presente en cada elemento, en la dureza del metal y los árboles que generosos daban su sombra a la mitad del pavimento.

—Negro, corre… que se viene la policía.

Todos a uno recogieron sus cosas armando grandes macutos y trataron de perderse entre la multitud.

Las calles se apretaban como un laberinto el cual recorrió echando nerviosas miradas hacia atrás. Desandando varios trechos trató de superar una empinada acera pero dándose por vencido decidió girar por la esquina hacia el abasto principal. A lo lejos avistó un hombre a caballo… sintió que no tenía escapatoria.

El tercer camión casi lo golpea de frente. Era una fila casi inagotable que abarcaba toda la carretera y se extendía hasta donde permitía la mirada. En los ojos de los militares no se anunciaba la victoria. Uniformes desgastados, caras pálidas y barbas de varios días, manos temblorosas que intentaban articular un símbolo de despedida. 

—Che negro, por favor regálanos un pan, tenemos hambre.

Andrés se acercó mientras su mano generosa alargaba una hogaza.

—Héroe, ¿de dónde vienes y a dónde vas?

—Me llamo Leonardo, soy de Chivilcoy y todos venimos de las Malvinas.

—No había comida… frío, mucho frío… atacaban con bombas… yo traté de salvarlo… tenía miedo… la noche asustaba…  todos venían de un infierno congelado en las Malvinas.

Nunca supo cuántos camiones recorrió o por qué lo hizo. Los panes se multiplicaban junto con los abrazos y las manos que le agradecían. Los nombres de provincias, pueblos pequeños y ciudades se entrelazaban con apellidos y calles donde los que volvían deseaban regresar. Lágrimas o sólo silencio, ojos que perdidos en la nada daban testimonio de una guerra donde todo se había perdido desde el principio. 

Hay cosas que uno termina de entender con el tiempo. A veces porque una nota o un libro cae en tus manos y te revela un detalle, un dato que antes parecía nimio, una epifanía que recoge las piezas que no encajaban y las llena de sentido. En ese momento podemos reconstruir imágenes y recibir una respuesta que tal vez antes nadie nos dio.

Recordó la jaula que llevaba los mineros a la entrañas de Potosí. Una mina que asesinaba a los hombres o los devolvía convertidos en escoria. La guerra era igual, sólo los muertos o los generales se cubrían de gloria, los demás sobrevivían para repetir en sus cabezas los horrores y pasar noches enteras recordando los nombres de los que no estaban. 

Los camiones comenzaban a perderse en el horizonte. Las sonrisas devolvieron a esa calle un poco de dignidad antes de que todo volviera al silencio. Ese día Puerto Madryn se quedó sin pan.

El sol se ocultó silencioso, indiferente.

Cadáver

Amantes desatados por Juan Pablo Goñi Capurro

—La mujer montó sobre la mesada, colocó un pie acá, y el otro, junto a la cocina. Bien adelante, para sostenerse con las manos casi contra la pared, las piernas abiertas, alzándose para que el tipo la pudiera penetrar.  Como hacía frío, tenían las hornallas prendidas, en un movimiento se le corrió el pie y se quemó. Ninguna tortura, se quemó sola.

—¿Y los signos de violación?

—Ahí mismo. Al quemarse la mujer se sacudió; una reacción de reflejos, lógica. El tipo no se dio cuenta, la tenía adentro. Forcejearon; él, creyendo que ella se excitaba, impulsó más fuerte. Debido a eso aparecen laceraciones en la zona, iba con fuerza y ella hizo movimientos sorprendentes.

—Es una interpretación de locos, Maswiz. De novela policial, parezco Watson escuchando a Sherlock Holmes, falta que aparezca un mono en la trama.

—Qué mono, ni mono. Todo concuerda. Fijate, está depilada por completo, como una nenita. Estaba preparada para el sexo, la mayoría tienen un cavado.

—Por favor, ahora la depilación es una prueba.

—Así se explica todo. En esos sacudones instintivos, se dio la cabeza con el extractor, por eso el golpe en la sien. Muerte accidental, más claro imposible.

—Lástima que no hay sangre en el extractor.

—La sangre salió después del golpe.

—¿Y los moretones en los brazos?

—Por la postura. El tipo la agarraba para embestir. No es la primera vez que una pose sexual termina en un caso mortal, como los que se ahogan con las bolsas jugando a eso que te corta la respiración.

—No quiero escuchar más, he oído cosas absurdas pero esto supera lo imaginable.

—¿Dónde follás, vos?

—Andá a la puta que te parió, Maswiz. 

—En la cama, como el misionero, seguro. Sos un aburrido, Olivera. Ni el Kamasutra leíste, me la juego. Ahora la gente busca otras motivaciones, le agrega pimienta al asunto.

—Yo no pienso firmar una muerte accidental.

—¿Quién te dijo que firmes muerte accidental? Eso corre por cuenta de la justicia, no de nosotros. Vos poné paro cardiorrespiratorio, todos se mueren porque se les detiene el corazón. Agregá traumático, si querés, para cubrirte.

—Yo ni siquiera tendría que estar acá.

—¿Y? Podés irte, llamo a otro.

—¿Qué tenés que ver con el asunto? Dame fuego.

—No fumes adentro, a Mariela no le gustaba.

—Mariela está muerta, ¿o eso también lo vas a poner en duda?

—Si fumás, vas a modificar la escena del crimen.

—¿No acabás de decirme que no era un crimen?

—Olivera, si hay olor a cigarrillo, puede entenderse que el tipo hizo algo en contra de la voluntad de ella. La familia va a poner un abogado, y van a traer amigas a declarar que no permitía que se fumara en la casa. 

—¿Van a poner un abogado y todavía me lo decís tan campante? Van a poner un abogado y querés que firme un certificado…

—Con los abogados no pasa nada, Olivera. Haceme caso, que sé cómo no levantar sospechas. Aguantate las ganas de fumar y esto pasa sin objeciones. No le compliquemos las cosas al pobre Arturo.

—¿Arturo? Me dijiste que Arturo no estaba cuando pasó, ¿era Arturo el violador?

—Ningún violador, cuidá lo que decís, sos médico, la gente le da importancia a lo que dice el médico. Decí: el amante. Y no, Arturo no era. Por eso estamos acá, para que se trate todo lo más rápido posible. Bastante tiene con enterarse de los cuernos, el pobre, como para que lo hagamos desfilar por los tribunales.

—Hay semen, Maswiz, hay ADN, Arturo no va a zafar.

—¡Te digo que no es Arturo! Y si hay semen, no hay violación. Los delincuentes se cuidan, se ponen forros para que no quede evidencia. Este era un amante, se ve que Mariela buscaba cosas que Arturo no le daba. Lógico, el pobre no está para gimnasias.

—Según tu reconstrucción del hecho, el tipo estaba parado, agarrándole los brazos. La que hacía gimnasia era ella.

—Olivera, Olivera, lo que te falta aprender. Si no tuviera la matrícula suspendida, firmaba yo mismo.

—He ahí el quid de la cuestión, no quiero que me suspendan.

—Listo, no se habla más, llamo a Mendizábal.

—¿Mendizábal? Es pediatra, no vio un muerto en su vida.

—Pero sabe lo que le conviene.

—¿Me estás amenazando?

—¿Tenés el número de Mendizábal?

—¿Me estás amenazando?

—Soltame el saco que después queda arrugado. ¿Qué te pasa? No te estoy amenazando. Imposible abrirle la cabeza a un fanático cerrado.

—Sigo sin entender qué tenés que ver con esto…

—Soy amigo de Arturo, ¿a quién iba a llamar? Siempre pensamos en los amigos primero. Por eso te llamé, porque pensé que eras amigo de él también.

—Lo soy, Maswiz, pero no quiero perder mi carrera por firmar una locura.

—¿Locura? Pario cardiorrespiratorio traumático, ¿dónde está la locura?

—¿Y si me piden que declare mi impresión?

—Nadie te va a pedir nada, eso te lo aseguro. Para eso están los peritos, olvidate. Vos firmás y te vas a tu casa, Arturo se está encargando de la policía. Como se va a encargar la semana próxima de las designaciones en el hospital.

—¿Qué tienen que ver las designaciones del hospital?

—¡Como te gusta cambiar de tema! Ahí tenés el certificado, ya lo redacté, firmalo y poné el sello. O no lo firmes y te vas, y vos no viste nada. Decidite, en cualquier momento llega la policía.

—Yo… tengo dudas.

—¿Quién fue perito policial por veinte años?, ¿quién sabe cómo se hacen estas cosas?

—¿Sabés qué? Me superaste Maswiz, me superaste. Te firmo y me voy a buscar a mi mujer, falta que no lleguemos al cine.

—Así me gusta, amigo. Gracias. Te acompaño hacia la puerta, ¿qué van a ver?

—Una comedia, no me acuerdo el nombre.

—Te va a venir bien reírte un rato. ¡Chau! Saludos a Pitina.

—Chau Maswiz, decile a Arturo que lo lamento.

Olivera se hubiera marchado; certificado en mano, Maswiz hubiera traído la ambulancia de la cochería y a esa hora la estarían velando. Pero Maswiz ha muerto tres meses atrás y Olivera está de paseo por Miami, comprando zapatillas baratas, dejándolo sin chances de evitar el cuarto enrejado y las esposas, donde Arturo aguarda un nuevo interrogatorio, recreando diálogos que evitan el triste final.

Autor argentino. Publicó: “Soltando la mano”, La Verónica Cartonera. España, 2020; “Cita en rojo”, 2020; “Visitas”, 2019; “El cadáver disfrazado”, Just Fiction, 2019; «Agosto», «Destino» y «Cabalgata» (Colección Breves), 2019; “La mano” y “A la vuelta del bar” 2017; “Bollos de papel” 2016;  “La puerta de Sierras Bayas”, USA  2014. “Mercancía sin retorno”, La Verónica Cartonera. “Alejandra” y “Amores, utopías y turbulencias”, 2002. Fue publicado en distintas en antologías y revistas de Hispanoamérica. Premio Novela Corta “La verónica Cartonera” (España), año 2019 y 2015.  Premio teatro mínimo “Rafael Guerrero”.  Colaborador en Sólo novela negra (relatos); Desafíos literarios.com (erótica).

obra postuma

Obra póstuma de Marco Laverdi por Dayana González Fajardo

Exponer en el MoMA de Nueva York era el sueño de Marco Laverdi, y trabajaba duro para lograrlo. Pintaba el día entero con todas sus fuerzas hasta que enfermó hacia mediados de enero. Primero, percibió un leve tic, un pestañeo acelerado involuntario. No le prestó mayor atención y siguió pintando su cuadro. Luego, un agudo dolor se apoderó de su ceja izquierda, bajaba desde el párpado superior y volvía a subir de manera circular. Ese dolor se volvió crónico. Una semana después, llegaron las punzadas, sentía arañas diminutas con patas de alfiler corriendo en su pupila y empezó a llorar sangre. Ningún doctor le decía qué tenía, y después de innumerables exámenes y procedimientos médicos, al final siempre lo remitían con otro especialista.

En febrero, se inició el cerramiento de los párpados que escupieron una a una cada pestaña y empezaron a unirse en una sola masa. Era como si desde siempre su ojo hubiese sido una herida y su cuerpo ahora la estuviera cicatrizando. A final del mes tenía un hilo perfectamente soldado sobre su esfera óptica. Intentó convencer a los médicos de que le practicaran una cirugía, pero después de varias juntas le notificaron que era imposible, su cerramiento era tan perfecto y natural que si le hacían una incisión quedaría como una herida abierta.

En abril dejó de acudir a médicos y especialistas y decidió recluirse en su apartamento. Se dedicó a pintar su cuadro, su obra maestra. A mitad del mes sintió un impacto fuerte, como un martillazo sobre su ojo izquierdo. Un fuerte dolor de cabeza se adueñó de él, sintió como si un animal se resbalara detrás de su cara hasta bajar a su garganta. Corrió al baño y vomitó una maraña de sangre y baba junto a la órbita que alguna vez fue su ojo. Lloró con su único ojo.

Ante el espejo Marco no se reconocía, la imagen al frente era ajena a él. En mayo percibió de nuevo el tic que ya conocía, ahora en su ojo derecho. Comprendió el proceso que iniciaba y ni si quiera se molestó en acudir al médico. A finales de junio ya no tuvo ojos para llorar. Tampoco para pintar.

Aprendió a ser ciego y desarrolló sus demás sentidos. Su tacto, oído y olfato se hicieron más audaces, hasta que llegó septiembre y comenzó a estornudar en lapsos seriados que se hacían cada vez más frecuentes. Percibió que los cartílagos de su nariz se estaban desintegrando y una tarde lluviosa con una fuerte exhalación los arrojó por las fosas y se estrellaron en el piso. La piel colgante de la nariz se empezó a retraer hacia la cara hasta que se pegó por completo dejando sólo dos pequeños orificios semejantes a la nariz de una serpiente.

Estaba desolado, abandonado y deprimido, su rostro estaba implosionando y no podía detenerlo. No podía ver a nadie ni quería que nadie lo viera él. Se sentía humillado y solo.

En noviembre sus encías se inflamaron como un globo y en dos semanas sus treinta y dos dientes comenzaron a caer uno a uno, los sentía picoteando su lengua e inundando su boca. No tuvo más opción que escupirlos en el lavamanos. Diez días después sus labios se soldaron de las comisuras hacia adentro dejando una única perforación del tamaño de un pitillo. Agradeció no tener vista para no ver su cara sin rostro.

Tomó como hábito rozar las yemas de los dedos con su cara y aunque la sensación era espeluznante no podía dejar de hacerlo. Ya en diciembre no se sentían las cicatrices de sus ojos ni su de boca, simplemente se sentía una larga piel lisa y tersa, como si siempre hubiera sido así.

El veinticuatro de diciembre recordó al pintor René Magritte, en especial, su cuadro del hombre con bombín y una manzana al frente. De pronto se le ocurrió que era como él: un hombre sin rostro detrás de una gran manzana. Pensó que tal se vería ese hombre volando, podría ser un cuadro muy singular. No podría pintarlo, pero sí podría representarlo. Se vistió con un traje elegante, se puso un sombrero y cogió la única corbata que tenía que era roja. Tomó una cámara Pollaroid, la puso sobre su caballete y accionó el temporizador. Ató la punta de la corbata a una viga en el techo y con sus pies quitó la silla. Voló.

La fotografía se exhibe ahora en el MoMA de Nueva York.

ventana...

Doloroso déjà-vu por Jesica Sabrina Canto

A Roberto ese día le había quedado grabado en la mente. “Abuelo, vamos a ver la tele”, le dijo Esteban cuando había ido de visita al departamento que Cristian, su hijo, alquilaba en Villa Urquiza, en una esquina con balcón a la calle. El niño, que había heredado las pecas de su padre y la mirada de su madre, se sentó a su lado en el sillón de un salto, casi haciéndole derramar el vaso de vino que tenía en su mano. Afuera el cielo estaba nublado, anunciando una tempestad, lo que se podía ver a través del ventanal de vidrio. Roberto estaba allí, como si no estuviera, con sus vaqueros y mocasines que desde que Cristian era pequeño usaba siempre que no estaba en la fábrica. Desde que su esposa había muerto, el cuidado de su imagen había perdido toda relevancia. Ya se estaba quedando calvo casi por completo y la barba apenas le crecía, las pecas y manchas marrones en su piel se hicieron más notorias, y sus ojos contenían las lágrimas incluso en los momentos más felices.

Cristian estaba preparando la cena. Siempre se le había dado bien cocinar, había aprendido por su cuenta, o eso le dijo él siempre. Pero Roberto sospechaba que doña Marta, la vecina con la que se quedaba mientras él iba a trabajar, había tenido algo que ver. A su hijo, por ese entonces, le costaba relacionarse con los niños de su edad, pero con Marta actuaba con total naturalidad. Recordaba el primer día que tuvo que dejarlo con ella. 

Tocó la puerta, y ella abrió vestida con su bata roja con flores verdes, los ruleros y redecilla en la cabeza. No hizo falta que le preguntara si podía cuidar al niño, ella le sonrió y le dijo “No te preocupes, andá tranquilo”. Roberto caminó mirando hacia la puerta pintada de negro, mientras Cristian entraba en la casa. “Estoy haciendo manzanas al horno, ya vas a ver que ricas”, dijo su vecina mientras le acariciaba el pelo enrulado a su hijo, que no había dicho ni una palabra desde que lo había despertado esa mañana, que no había querido desayunar y a quien tuvo que vestir él mismo para poder sacarlo de la casa.

Ese día Roberto se había esforzado por regresar cuanto antes. Golpeó la puerta, y la voz de Marta le gritó que entrara. El interior de la casa estaba igual que la vez que su mujer le pidió que le llevara la lasaña que le había preparado a la vecina que estaba enferma. Las paredes vestían empapelados a cuadrillé verde y dorado, y había un estante de madera a lo largo del recibidor. No era sólo un estante común: él, hijo de un carpintero, reconoció enseguida la madera de pino cruda, sin barnizar. Sobre él se exhibían platos decorativos pintados. Se detuvo un momento a contemplarlos: el Mausoleo de Halicarnaso, la Estatua de Zeus, el Coloso de Rodas, el Faro de Alejandría, el Templo de Artemisa, la Gran Pirámide de Guiza y los Jardines Colgantes de Babilonia. Las referencias estaban escritas en letra cursiva negra en el borde de cada plato, con una caligrafía muy pulcra. ¿Serían sitios que su vecina había visitado en su juventud o sólo una mera colección de baratijas que compensaba la imposibilidad de admirar aquellos lugares en persona? 

Avanzó por el pasillo siguiendo el ronroneo que venía del living. Allí, el sillón estaba corrido contra una pared y la mesa china roja con dragones pintados en dorado movida a una esquina, junto a una estantería llena de libros. Marta acariciaba la panza de su gato siamés sentada en el sillón. El animal de pelaje blanco y orejas, cola y rostro gris miraba a Roberto con fijeza, escrutando a quien había ingresado en su territorio. Sin embargo, no movió más que la cabeza y seguía panza arriba con las patitas dobladas. Cristian estaba sentado en el piso, inclinado hacia delante y con sus medias a la vista. Su padre pasó la mirada por el suelo de la sala, recubierto de rompecabezas de paisajes naturales, cataratas, bosques, acantilados, un atardecer en el mar, armados con exactitud. En la tapa de una de las cajas que estaban apiladas a un costado se podía leer “100 piezas”. El que el niño estaba armando en ese momento era la imagen de un desierto con cuatro dunas de arena naranja y una hilera de camellos hacia el fondo. El sol no estaba a la vista, pero el cielo era por completo celeste, sin ninguna nube ni pájaros.

Roberto solo dijo “Hola” y se sentó en el piso junto a su hijo, cruzando las piernas y tratando de entender cómo hacía Cristian para colocar cada pieza que tomaba en el lugar que le correspondía, sin necesitar ir probando si encastraba. Se quedó admirado y tuvo la sensación, por primera vez desde la muerte de su esposa, de que su hijo saldría adelante.

Años más tarde, con su nieto sentado a su lado en el sillón frente a la tele, el dolor lo invadía tan hondo que sus manos temblaban. ¿Era acaso que en esa familia los varones estaban condenados a la misma suerte? Quería hablar con su hijo, lo había querido hacer desde hacía unos meses, desde el día que acudió con su traje negro al funeral de su nuera. En realidad, desde el momento en que recibió la noticia por boca de Cristian a través del tubo del teléfono y que solo había atinado a decir “¿Necesitás algo?”. 

 ¿Cómo expresar lo que sólo se puede sentir?

Sabía lo difícil de la situación, del esfuerzo de disimular ante un hijo, de la soledad y la necesidad de volver el tiempo atrás. Acostarse en la cama vacía y girar de un lado al otro sin poder dormir. Minutos eternos esperando que ella terminara sus quehaceres y fuera a su lado, rodearla con los brazos y cerrar los ojos respirando el aroma de su pelo. Sentir el tacto de su mano al engancharla con esos dedos que tanto la ansiaban. Sensaciones que se extienden hasta el amanecer, el despertador que suena a la par que el sol irrumpe por la ventana, sin que las cortinas blancas le opongan ninguna resistencia. Levantar la vista y ver a ese niño fruto del amor, con su pijama a cuadros y la almohada apretada contra el pecho, parado en el marco de la puerta abierta y que de repente dice: “Soñé que mamá venía a buscarme al colegio”. 

Roberto no supo cuál era la forma correcta de explicarle a su hijo que aquello ya no podía ocurrir, y treinta años después tiene esa misma sensación… de no saber cuál es la manera correcta.

Miraba a su nieto de reojo, quería acariciarle el pelo, pero tenía miedo de llorar. Sentado en el sillón de cuero blanco, miraba las paredes que eran una de cada color, verde, celeste, lila, naranja, amarillo, colores claros tono pastel que intentaban atraparlos en su dimensión de calma. Pero Roberto sabía que cada tanto el exceso de calma saturaba la voluntad del más perseverante de los hombres, como el día en que tomó un viejo palo que encontró en el cuarto del fondo y rompió todos los espejos de su casa sólo porque no logró soportar que su amada esposa ya no pudiera festejar su cumpleaños.

El departamento de Cristian parecía querer olvidar. Evitar el mayor daño posible. Con las estanterías desprovistas de fotografías y la ausencia de flores o rasgos de mujer. Roberto reconoció en esa austeridad a la que él llamó la “segunda etapa del dolor”: de no querer mover una percha a quitarlo todo con desesperación. 

El día del quinceavo aniversario de su casamiento, el primero en que ella no estaba, Roberto no pudo soportar la ausencia de su esposa. En el baño su cepillo de dientes recordaba su ausencia, lo tomó y comenzó por tirarlo al tacho de basura, pero en la cocina un imán con forma de faro hacía alusión a la luna de miel. En el tacho se acumularon en pocos minutos el cepillo, el imán, las fotos de ella de joven que solían estar sobre la chimenea y su disco de vinilo favorito. En la habitación más de una bolsa negra de consorcio acogió toda su ropa y zapatos que el párroco del barrio recibió con agradecimiento y bendiciones. Sus joyas quedaron, pero el alhajero pasó de la mesa de luz al fondo del placar empotrado en el estante superior donde no se podía llegar, a no ser que hubiera necesidad.

Roberto sabía que el olvido se resistía y que nunca llegaba, que cada rincón del camino generaba del párpado hacia dentro una lágrima, para hacerle compañía a los recuerdos. Lo sabía, pero no lo decía, porque las palabras no pueden explicar algo que es tan inexplicable.

Quería ayudar a su hijo, quería cuidar a su nieto, pero también quería tomarse un micro hacia las montañas y quedarse allí, quería abrazarlos, pero temía llorar. Veía su vida reflejada en ellos y deseaba escapar, pero se quedaba porque era más importante estar. La cordillera andina lo llamaba con el fervor creciente de revivir los senderos de un viaje con su mujer. Pero no lo hacía y sabía que no lo haría en un futuro. Él sabía cuál era su lugar, no por imposición del deber, sino porque lo quería, sólo no sabía cómo. Estaba, pero sentía que no contribuía, y se enojaba consigo mismo. 

Pensaba y se esforzaba, sin encontrar respuestas. Se consolaba, en parte, con estar. Pero no de cualquier modo, él tenía que ser como esas paredes abstractas y contribuir a la calma. Terminó el vaso de vino mientras observaba a su nieto sentado a su lado en el salón viendo unos dibujos de un robot gigante de color amarillo que de pronto se transformaba en un auto y avanzaba a toda velocidad por una autopista poco concurrida. El sonido que salía de la pantalla plana era casi lo único que escuchaba. Casi porque él, además, escuchaba la voz melodiosa de su esposa que solía cantar mientras cocinaba. Y su risa…

Roberto y su esposa estaban sentados los dos en la misma mesa con vista a la calle de un restaurante de comida española donde habían ido en su primera cita. Él, feliz de tenerla a su lado, le llenaba la copa con vino blanco como en cada aniversario. Ella, bien arreglada, con un colgante con forma de corazón sobre la piel pálida, se pasaba los dedos por el cuello acariciando sus pequeños lunares. Y él, con traje, zapatos de vestir y la corbata verde de esa primera cita que, quiso el destino, combinaba con el dije que ella lucía. 

El corazón con pequeñas piedras esmeraldas, luego de la muerte de Aurora, permaneció en el joyero por años, hasta que un día la cuñada de Roberto fue a visitarlo para contarle que estaba esperando una niña y que había decidido llamarla Aurora. Entonces Roberto le regaló el colgante para la pequeña que llevaría el nombre de su difunta esposa.

Cada pareja tiene esos detalles que son especiales, esas pequeñas cosas que se valoran y se anhelan cuando ya no están, cuando mirás el reloj esperando escuchar la puerta y los minutos pasan y la cerradura no cede, cuando ves a viejos amigos y no te preguntan por ella, cuando ya no hay necesidad de negociar con qué familia pasar la Nochebuena. 

Roberto dejó el vaso vacío sobre una mesa baja de vidrio al lado del sillón y se puso de pie. Avanzó por el pasillo en silencio y entró al baño, abrió la canilla de agua fría, puso las manos bajo el chorro de agua y se quedó contemplando su imagen. El espejo estaba empotrado en la pared, y sobre él un aplique dorado con dos bombillas de luz cálida intentaba hacer creer que aún no había anochecido. Las arrugas surcaban el rostro de Roberto, sus cejas ya se habían vuelto de color gris y sus dientes estaban separados y amarillentos. Sus ojos avellana, que su esposa siempre le había alabado, estaban oscurecidos por las ojeras y empequeñecidos por la fatiga. En la frente era donde más se notaban las manchas de la edad, junto con la cicatriz blanca que aún conservaba de cuando había aprendido a andar en bicicleta. Pero él contemplaba a su vez la piel lisa de su juventud, de la época en que no necesitaba lentes para leer, en la que ella lo burlaba por lo esbelto que era. De cuando podía mover los muebles para redecorar las veces que ella se lo pedía, cuando podía cargar a su hijo sobre sus hombros en un viaje a pie que se tornaba extenso, cuando el estado del tiempo no le afectaba los huesos. Veía el paso de los años, veía el tiempo transcurrido.

Llevar flores a una tumba nunca fue suficiente consuelo. La sensación de vacío ante un rectángulo de piedra con un nombre grabado le ha hecho preguntarse siempre: “¿Cómo puede esto darle alivio a alguien?”. Él no necesitaba ir allí para recordarla, todo en su vida estaba marcado con el aroma de ella. No creía que llorar ante una tumba fuera honesto, sin embargo, iba todos los domingos, le pagaba al jardinero y compraba una rosa roja en el puesto de flores de la entrada. Se acercaba a la lápida y le depositaba un beso con los dedos, luego se sentaba sobre el mármol y hablaba sobre su hijo, le prometía cuidarlo y ayudarlo.

La puerta del baño se abrió hacia adentro y los ojos celestes de Esteban lo miraron a una altura por debajo de picaporte. Ese color tan alegre como el cielo, que no era parte de su herencia sino de quien ya no estaba. ¿La recordaría su nieto de grande cuando se mirara en el espejo? ¿Qué le habría dicho Cristian acerca de dónde estaba su mamá? No se animaba a preguntar. ¿Qué le había dicho él a su hijo en su momento? No lo recordaba.

Roberto pensó en el casamiento de su hijo. No habían hecho ceremonia religiosa, pero sí habían dicho sus votos y colocado los anillos uno al otro frente a todos en la fiesta. Liliana estaba hermosa, con un vestido dorado sin tirantes y la falda corta en la parte de adelante. Ella le había caído bien desde el día en que la conoció, cuando él tuvo un preinfarto estando en la calle y su hijo tuvo que ir corriendo al hospital respondiendo al llamado de los médicos como “contacto de emergencia”. Cuando Roberto despertó, se encontró en una camilla con cables conectados a su pecho. En la sala parecía haber otros pacientes y mujeres con ambos bordó iban de un lado a otro.

La enfermera que lo vio despierto le dijo que ya estaba bien, que solo debía quedarse en observación. Él no se convenció de que le dijera la verdad, pero cuando ella le preguntó si quería que hiciera pasar a su hijo, nada más le importó. Él entró y se acercó a la cama con una muchacha del brazo, rubia y de ojos celestes. “¿Cómo se encuentra?”, le preguntó, dejando ver sus dientes con aparatos de metal y un tono de profunda preocupación en la voz. Liliana siempre fue muy atenta con él y se resistía a tutearlo. Y, sobre todo, hacía feliz a Cristián. ¿Habría posibilidad de que con el tiempo él se volviera a enamorar? ¿Qué su nieto pudiera consentir que otra mujer lo trate como una madre a un hijo?

Tantas preguntas sin respuestas, tantos pensamientos que resucitaban con ese déjà-vu cruel. El agua caía con fuerza sobre sus manos huesudas, golpeando en la palma y escurriéndose por las falanges de los dedos. La artrosis en su cuerpo lo castigaba, y él sentía que lo merecía, sin importar la lógica de los hechos, la culpa se imponía, la infinita probabilidad de que algo hubiera sido diferente se convertía en un pensamiento permanente. 

Allí, en un segundo eterno, en una habitación pequeña, dos corazones latían queriéndose acompasar, refugiándose y dando refugio. Roberto cerró la canilla, se secó las manos con la toalla que colgaba a un costado, sin despegar la vista de los dos puntos celestes que lo miraban. Se sentó en el inodoro y atrajo a su nieto hacia sí, tomándolo de la mano. Esteban se subió a su regazo y se acurrucó contra su pecho. Roberto lo rodeó con los brazos, como si no hubiera nada más importante en el mundo. Para él no lo había, ese era el exacto lugar en el que debía estar. 

Pasó sus dedos por el cabello del niño y comenzó a tararear una nana antigua. Las lágrimas y el sonido del llanto comenzaron a fluir por el departamento, arrastrándose por las paredes de colores no uniformes. El susurro del dolor llegó a la cocina y atravesó los sentidos de Cristian que, con los dientes apretados, picaba cebolla.

El hijo de Roberto aferró más el cuchillo con la mano izquierda y apoyó el brazo derecho sobre la alacena color gris. Dejó caer su cabeza hacia delante y con los ojos cerrados respiró profundo, una, dos, tres, a la cuarta ya todo su cuerpo temblaba. Él había evitado hacer preguntas para no remover recuerdos que pudieran ser dolorosos para su padre. Él hacía lo que podía, lo que creía mejor, intentaba hablar con Esteban, pero no había estado dispuesto aún a dejar salir su furia. Pero en ese momento su aguante tocó su límite, el llanto de un hijo podía ser el sonido más hermoso o más desgarrador del mundo.

Se dio vuelta con el cuchillo en la mano, percibiendo sus movimientos en cámara lenta. Extendió el brazo hacia arriba y con todo su ser compenetrado lo arrojó contra el ventanal que daba al balcón provocando que éste estallara en mil pedazos.

Nací en Buenos Aires, 1989. Soy escritora y crítica literaria. Estudio la Lic. en Artes de la Escritura, y la Lic. en Crítica de Arte, en la Universidad Nacional de Arte. Anteriormente he realizado talleres de escritura durante diez años con grandes escritores como Liliana Bodoc, Alberto Laiseca, Federico Falco, Victoria Bayona, Guillermo Belziti, Sebastián Aduriz, Damián Vives, Leo Batic, Lorena Sigliano, entre otros. Escribo columnas sobre literatura para la revista digital Siete Artes desde el 2018. En la misma analizo y comento libros de mi elección y que me son dados, realizo entrevistas con autores, editores y otras personas relacionadas al mundo literario. Actualmente cuento con 6 libros publicados de distintos géneros, por lo que me considero una escritora de tipo ecléctica.

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