Ficción

El cuadro por Mario Cardona

Lázaro pasó por una antecámara, donde, en un espacio resguardado por un vidrio, como si se tratara de una capilla o una iglesia, lucía un esplendoroso óleo sobre lienzo, donde descansaba una mujer desnuda sobre un diván. Tenía una mueca de aburrimiento, mientras recostaba su grácil barbilla sobre sus antebrazos. Sus ojos eran negros y penetrantes, como la noche, mientras su piel nívea brillaba hasta lucir con orgullo su monte de Venus.

Él, que no era muy dado a apreciar el arte, miró la pintura con más lascivia que admiración artística. Sin embargo, se limitó a atravesar la antecámara hasta un largo pasillo que, finaliza con un baño. Así que meó en el váter, se aseó las manos y caminó nuevamente por el pasillo. Era un sitio extraño. Un lugar muy estrecho, en el que ni siquiera se podía alzar ambos brazos. Las paredes estaban desnudas, y se podía ver los ladrillos unidos por el cemento. La techumbre estaba hecha de una lámina de un material parecido al plástico, de un tono verdoso claro. Los rayos del sol la atravesaban, pero proyectaban ese color por todo el lánguido pasillo.

Llegó pues, a la antecámara. Y, como no se había cansado de verle las tetas a la mujer de la pintura, volteó hacia este espacio protegido por el vidrio. Pero, lo que advirtió, fue algo inaudito: pues, la pintura de la mujer desparramada en el diván, había sido cambiada por otra, en la que los protagonistas, eran una pareja. Se trataba de un hombre, de pelo rizado y negro, de mirada severa y vestido con una dignidad militar, del antiguo Imperio Romano. La mujer, por otro lado, se presentaba de forma exótica para Occidente. Su pelo también era negro, y le caía con gracia sobre sus desnudos hombros que, aunque permaneciera estática en el lienzo, aún podía sentir Lázaro toda esa aura seductora. Estaban sobre una cama magnífica con dosel , sentados con garbo y tenacidad.

En efecto, se trataba de una representación de Marco Aurelio y Cleopatra, en su amor tórrido y fatal. Pero, había otra cosa, que, en vez de ser atractivo, resultaba perturbador. Ya que, aquellos rostros dibujados con gran maestría, tenía un parecido alarmante con sus compañeros: Constancia y Arturo, que se encontraban en el otro salón contiguo.

Y no resulta de asombrar, que Lázaro sintiera que aquellas miradas indiferentes, resultaran acosándolo. De pronto, la antecámara, se sintió más grande y oscura, y el ambiente se puso pesado. Empero, esto no sería todo, ya que, mientras él observaba aquella pintura, de la que no conseguía despegarse, aunque todo su cuerpo quisiera salir de allí, de pronto cambió de imagen. Efectivamente, la imagen transmutó como si se tratara de un aparato electrónico, sin la luminosidad y la gracia de estos artefactos. Esta vez, la imagen desplegada, ya no fue tan «artística»; más bien, se trataba de un obelisco de piedra, rodeado por un paraje yermo, poco luminoso, donde apenas si crecían unas malas hierbas resecas en las fisuras del suelo seco. Destacaba de aquellas hierbas mortecinas, una diminuta mancha negra: un girasol diminuto y completamente marchito y negro. Por otro lado, esta construcción ciclópea, generaba un escalofrío que recorría su espinazo hasta cada punto su cuerpo.

Así, él fue testigo de cómo ese cuadro, protegido por una pared de vidrio, desplegaba imágenes terribles, sobre todo, de parajes alejados y desérticos. Muchos de ellos, en ruinas que parecían haber sido abandonadas hacía milenios, o incluso, imaginados por la febril mente de un artista atormentado o enfermo.

Cuando Lázaro consiguió desasirse, corrió a todo galope por la antecámara hasta que al fin alcanzó la puerta de salida. Sin perder el tiempo, llegó hasta el grupo de amigos, que se hallaba reunido en un salón polvoriento, sin más mobiliario que una mesa larga y unas sillas de fina madera, pero en muy mal estado. El lugar estaba jaspeado con un tono amarillo canario bastante vulgar. La expresión de horror de Lázaro era tal, que Abigail, usualmente indiferente con los demás, se le acercó de inmediato. Y no era para menos, ya que sus ojos estaban desorbitados y estaba pálido como la nieve.

—¡Lázaro, qué tienes! — ella posó su mano delicada sobre su hombro, y la otra sobre su barbilla, mientras lo sacudía y él bajaba la mirada, para tratar de explicar lo que había visto.

Hizo todo cuanto pudo por explicarle a sus camaradas lo que había visto. Pero los demás, se limitaron a verse las caras los unos a otros, con muestras claras de desconcierto. Por lo que, sin demora, decidieron averiguar por sí mismos lo que estaba pasando con la pintura. Los cuatro fueron a la antecámara de la que Lázaro acababa de escapar, como si se tratara de las puertas del mismo infierno.

Lo que descubrieron fue exactamente lo que Lázaro les había penosamente narrado. Y es que, el cuadro, cambiaba caprichosamente de imágenes. Igualmente, la antecámara, estaba siendo afectada por una especie de hechizo maligno. Arturo, que tenía una llave para atravesar la puerta de cristal, ubicada detrás del cortinaje carmesí de una dignidad antañona, hizo entrar a los demás al saloncito donde se ubicaba el cuadro. Ellos, entre el terror y el asombro, se debatían por salir huyendo del lugar. Pero ya era tarde. Estaban bajo la influencia del óleo maldito.

Se acercaron unas escalerillas que estaban dispuestas de forma estratégica a los costados, y ambos hombres, impulsados por un hechizo siniestro, descolgaron el cuadro. Pero eso no fue todo. Cuando se lo alcanzaron a las mujeres, el cuadro que originalmente era de 1.22 m. por 1.77 m., mermó de tamaño a la mitad.

Llevaron pues, el cuadro que ahora proyectaba cada vez de forma más rápida, imágenes de una insólita y malsana locura. Sitios extraños, siempre asociados a la soledad y destrucción.

Arturo fue el que se atribuyó la tarea de examinar el cuadro. Y no se limitó a nada, ya que al ver que no había nada de raro en su composición, la cual era simplemente madera y un óleo común, decidió romper una parte del marco. Cuando hizo esto, las imágenes se desaparecieron y quedó un óleo sin rastro de pintura. Y sin que los demás se dieran cuenta, dio vuelta a la pintura y sacó quién sabe de dónde, una cajita hecha de madera, con un botoncito de color rojo. Arturo lo puso sobre la encimera, y siguió estudiando el cuadro. Lo volteó nuevamente, y el óleo parecía ser virgen. Un simple pedazo de tela.

De pronto, una luminosidad fantasmal comenzó a brotar del degenerado óleo. La primera reacción de Arturo, fue comenzar a introducir sus manos, en el espacio que había quedado por la ausencia del marco, en la parte inferior del cuadro. Mientras tanto, sus compañeros permanecieron callados, a la expectativa.

Fue cuando la mitad de las manos de Arturo se hallaban introducidas que el óleo volvió a mostrar imágenes: por un lado, se veían las manos de Arturo apareciendo y por otra, una imagen más pequeña de sus manos, que se descomponían en palabras.

De pronto, un vertiginoso alarido sacó a los tres de su lapso.

—¡Ah! ¡Me está jalando! ¡Me está jalando! —profirió Arturo, con súplicas de ayuda.

Pero sus amigos, movidos por una mezquindad indecible, querían saber qué pasaría si Arturo era absorbido por esa pintura infernal. Sus expresiones eran ahora sombrías y ruines, y con una sonrisa desfigurada en el rostro reían como hienas, mientras con sus ojos extraviados comenzaron a presionar ese extraño interruptor. Como si algo les hubiera dicho que, de esa forma, lograrían triturar más fácil los huesos de Arturo para que cupiera en la abertura. La primera que lo hizo, fue Abigail, pero Lázaro, la apartó con fuerza, y él se encargó de terminar aquel macabro acto.

La piel y los huesos de Arturo explotaron, y lo que quedó fue unas salpicaduras de sangre y tejidos por todas partes. Era una visión repugnante, puesto que esas paredes amarillas, habían quedado embarradas de visceras y goterones de sangre. La última escena que los amigos de Arturo vieron de él, fue la de su carne aplastada y desfigurada, mientras se introducía en esa pequeña abertura, mientras todavía sangrando, palpitaban sus miembros en un espasmo de dolor y agonía.

Después de unos instantes, la pintura volvió a cobrar vida: y las imágenes se sucedían cambiando los pigmentos del óleo. Fue ahí cuando apareció entre otras hórridas visiones, un castillo en la orilla de un acantilado. Los amigos, hablaron, con curiosidad, para ver si su amigo aún podía responder. Ya no estaban poseídos por ese morbo retorcido, pero tampoco estaban en sus cabales, porque pese a la horrorosa escena, permanecían sin inmutarse. En efecto, Arturo respondía desde las paredes y cada rincón de la casa. Fue entonces cuando le preguntaron qué sentía estar dentro de la pintura.

—Es como si yo fuera todo lo que la pintura proyecta. Puedo ser una persona, en un retrato, o puedo ser el edificio que han pintado — fue la respuesta de una voz que emanaba de las paredes y los cimientos mismos de todo el lugar.

De pronto, ellos lo avistaron afuera del salón en el que estaban. Estaba parado, con los ojos en blanco y la piel lívida. Y, antes de que alguno reaccionara, vieron cómo su piel, cual cera, se comenzó a derretir, de forma asquerosa, mientras burbujeaba y quedaban solamente sus músculos.

Arturo saltó con violencia sobre cada uno de sus amigos, y procedió con una habilidad demoniaca a sacarles la lengua de una mordida, mientras les sacaba los ojos con sus pulgares al mismo tiempo. Les dijo que solo podrían oír los horrores, pero nunca prevenir a nadie.

Ahora, en el retrato aparecen Abigail y Constancia y al medio, Lázaro sin los ojos, y con las bocas abiertas, sin la lengua. En un grito de horror que no puede ser escuchado por nadie, ni por ellos mismos.

Copia de sobre el autor 1 - El cuadro por Mario Cardona
Mario Cardona - El cuadro por Mario Cardona

Soy de Guatemala y nací el 28 de noviembre de 1993. Soy un apasionado lector, dotado con una curiosidad que me ha conducido a advertir pasiones desbordantes: la poesía, la filosofía, la historia, la sociología y algunos los ensayos científicos. Pero, destaco a dos escritores, que son inspiración para mí: Poe y Kafka. He publicado cuentos y poemas en revistas digitales.

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