Josue

Yo soy Josué por Servando Clemens

Cuando los humanos me crearon para conducir sus coches y para proteger a sus tripulantes, yo tenía un armazón metálico, un semblante duro y mis manos tenían únicamente tres dedos. Me dedicaba a hacer tareas simples: manejar, lavar y arreglar los vehículos y lo más importante: cuidar a los pasajeros durante los traslados. Con el transcurso de los años, las industria que nos fabricó, pensó que nosotros poseíamos un cara “poco amistosa”, de tal modo que decidieron “remanufacturarnos”.

Me enviaron a una compañía que me puso piel sintética de un tono trigueño, ojos verdes, cabellos castaños, labios rosados, unos dientes blancos y brillosos y por supuesto unas manos suaves con sus cinco dedos.

Además, mi cuerpo arrojaba cada veinte minutos una fragancia que volvía loca a las personas que estaban a mi alrededor.

Todo lo anterior no fue suficiente, pues nuestros creadores pensaron que nosotros éramos “poco sociables”, así que nos mandaron a una sitio que nos modificó el sistema operativo. Con dichos cambios, yo empecé a contar chistes, hacía bromas, saludaba y decía frases motivadoras, además de brindar sonrisas a mis interlocutores.

—Josué, querido Josué —me saludó con una gran sonrisa mi dueño. Él decidió ponerme ese nombre—. Necesito que me lleves al aeropuerto internacional, es urgente que sea rápido.

—Por supuesto. Lo que usted diga.

—¿Cómo amaneciste? Hoy pareces estar muy serio.

Mi base de datos buscó la respuesta correcta:

—Me siento magnífico, ¿y usted?

—Me siento sensacional. ¡Qué día tan prometedor!

—Genial, señor.

—Let’s go.

—Vamos, señor. Me daré prisa.

El coche podía conducirse solo y regresar a casa sin problemas, pero ellos preferían de nuestra compañía. Querían ser escuchados; no podían estar solos con sus pensamientos.

—Tengo una cita de negocios, Josué. Puede ser un contrato millonario. ¡Imagínate!

—¡Estupendo! ¡Ojalá todo salga bien!

—Así será, Josué. ¿Qué tal tu mañana?

—Supongo que bien, señor.

—¿Perdón?

—Digo que resultó ser una mañana provechosa.

—Me agrada escuchar ese optimismo.

Faltaban quinientos metros para llegar al aeropuerto cuando el señor cerró los ojos y se recargó en la ventanilla.

—Señor, ¿se siente mal?

Al no escuchar respuesta, detuve el vehículo. De inmediato revisé los signos vitales. El señor había muerto de un paro cardíaco fulminante.

—Que en paz descanse. Fue un placer trabajar para usted.

Una patrulla llegó para “auxiliarnos” al ver que el coche estaba aparcado en un lugar indebido.

—¿Qué le ocurrió a este hombre? ¿Está dormido? —preguntó.

—Murió.

—¡¿Se cree muy gracioso?!

—No mucho, oficial. Sólo lo suficiente.

—Su respuesta me parece que carece de sentimientos. ¿Qué tiene? ¿Está usted drogado?

—Nada, oficial, no tengo nada. Me siento mejor que nunca.

El oficial también revisó los signos vitales del señor.

—Un tipo murió en su automóvil y usted dice que se siente bien.

—Así es. Estoy muy feliz.

El sujeto habló por el radio de la patrulla y dijo que habían matado a un hombre, que había un sospechoso.

—No se mueva —dijo—. Su actitud lo delata.

—Lo que usted diga. No iré a ningún lado.

—Falleció un hombre y usted está feliz, ¡qué cabrón!

—La muerte es algo natural. ¿Le sorprende?

Sonreí, tal y como estaba programado.

—Me parece terrible su frialdad. ¡Quédese quieto!

—¿Frialdad? ¡No entiendo!

—Guarde silencio. No quiero oír su voz.

—¿Cómo se siente? Lo percibo nervioso, oficial. Debería ver a un médico o irse de vacaciones a una playa.

—¿Qué carajos dice?

—Digo que mi sistema percibe que sus pulsaciones se han elevado. Respire profundo y mantenga la calma. Cada mañana tiene que meditar quince minutos por lo menos.

—¡Dios santo! Eres uno de esos androides.

—Soy Josué, oficial. Soy chófer.

—Con razón eres tan apático.

Una mariposa se posó en mi nariz.

—¡Es hermosa! —dije—. Observe esos colores y el movimiento de las alas.

—¿Qué?

—¿No ve la belleza?

—Es sólo un insecto… Y no sé por qué hablo con una máquina. Yo nunca estuve de acuerdo con los robots. No me gustan. Ustedes nos están desplazando.

—No soy una máquina, soy Josué.

—Lo que sea, mejor cállate.

—Y dicen que nosotros carecemos de sentimientos.

—¡Al diablo contigo!

La mariposa voló.

—¡Qué hermosa es! No se altere, mejor admire lo que la naturaleza le regala.

—Podría matarla con dos dedos. Sólo es un gusano con alas. ¡Qué idioteces!

—Nunca entenderé al hombre.

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