nigromante

¡Ya es hora! por Marcos Festa

Me falta el aire, la sensación de ahogo es bastante densa. Miro a mi alrededor el color blanco de las paredes del cuarto; parece volverlo más pequeño. Me oprime, necesito salir, el sopor de la somnolencia aletarga mis sentidos, tardo unos segundos en comprender dónde estoy. A mi izquierda en la cama el convaleciente parece profundamente dormido. En la silla, la chica que lo cuida duerme también recostada; la cabeza sobre la cama y a su lado un joven duerme en una silla como puede.  Me encamino a la puerta de la habitación, salgo a “cambiar el aire”. Recorro  los pasillos del sanatorio estirando un poco las piernas y de repente la veo sentada en la escalera, casi a oscuras, pensativa, con la mirada fija en el fondo del largo pasillo.

―Hola, ¿estás sola acá?

―Sí, por ahora estoy sola ―me contesta sin mirarme. Tiene aspecto de adolescente; gótica, caprichosa, pelo negro ondulado, jean negros gastados con tajos en ambas rodillas, zapatillas negras también tipo botitas y una especie de remerón largo que dejaba al descubierto un hombro. La boca pintada de negro al igual que los ojos .

―¿Cuidás a alguien?

―En realidad no ―dijo

La intriga me invade, y sin la menor expresión ella va escupiendo las respuestas a mis preguntas como si se sintiera incómoda al ser interrogada.

―Bueno, si preferís tu soledad te dejo tranquila ―le digo ya molesto por su indiferencia.

Mirándome a los ojos por primera vez me dice: ―No te vayas, vení, sentate conmigo. Siempre estoy sola. Me viene bien la compañía mientras espero.

Sus palabras la verdad me resultaron tiernamente agradables. Confieso que podría ser mi hija, y verla tan vulnerable despertó algún sentimiento de paternidad en mí.

―Te hago compañía entonces, me vendría bien una buena charla para pasar un poco el tiempo.

―El tiempo, sí, un concepto interesante, ¿no te parece? Realmente le dan demasiada importancia. Hay una obsesión por medirlo cada vez con más precisión ―dijo con la mirada perdida en el largo pasillo semioscuro que teníamos enfrente.

Está un poco fumada, pensé. Pero después de todo quién soy para juzgarla. Justo iba a comentar algo con respecto a lo malo de fumar demasiada marihuana cuando escuchamos unos ruidosos pasos subiendo las escaleras. Asomó por el último peldaño con impecable saco y pantalón negro, zapatos muy lustrados, camisa celeste-gris y una inconfundible sotana blanca abrochada al cuello de la camisa; era un sacerdote. A paso presuroso, y diría que sin notar nuestra presencia, se dirigió hacia la oficina de las enfermeras de guardia ―que entonces bromeaban entre ellas con estruendosas carcajadas que amenazaban con despertar a los pacientes―. El cura las interrumpió fingiendo un tosido.

―Podrían indicarme por favor la habitación 205 ―preguntó con serena expresión sin perder jamás la sonrisa.

―Qué raro que no nos vio, ¿no? ―le dije a mi eventual compañera. Ella sólo lo miró fijamente sin decir nada.

Luego de las indicaciones de las enfermeras el cura caminó por el pasillo, confundiéndose entre las sombras y luego golpeó la puerta suavemente. Sin esperar respuesta del otro lado, abrió e ingresó dando un portazo tras de sí.

―Parece que algún paciente no pasa de esta noche ―comenté, más para retomar la charla que otra cosa.

―Es la anciana de la habitación 205. Elisa se llama ―dijo ella con desgano.

―¿Acaso es pariente tuyo? ―le pregunté.

―No, pero la conozco. Aunque no es por ella que estoy hoy aquí. El padre es la tercera vez que viene a verla con la misma urgencia, pero hoy tampoco será su partida.

Me pareció un poco frío el comentario.

―¿Y vos cómo sabés eso?

―Yo lo sé. Sé muchas cosas.

―Ah, ¿sí? ¿Qué sabés por ejemplo?

Me pareció que la conversación se volvía un poco bizarra para esa hora de la noche, pero decidí seguirle la corriente.

―Decime una cosa, ¿qué ves cuando me ves? ¿Sólo una chica? ¿Una adolescente como cualquier otra? ―me dijo mirándome fijamente a los ojos.

Hasta ese momento no había reparado en lo profundamente bellos de sus ojos negros. Sentí una incomprensible sensación de melancolía por unos momentos, y luego, de repente, una gran sensación de pérdida me invadió mientras la observaba.

―No diría que como cualquier otra.

―Pues no lo soy, es verdad que a veces me encapricho un poco, pero siempre cumplo con mi parte. Todos me culpan. todos me odian. Pero yo sólo hago mi trabajo.

―No te sigo muy bien, mejor calmate y contame qué te tiene tan mal, si querés claro.

―Estoy calmada, sólo que a veces soy apasionada para expresarme ―dijo ella frunciendo el ceño y en una postura irreverente típica de los adolescentes.

Aunque era irritante en su forma de hablar, había algo en ella que me conmovía, no sé, será que tenía hijos de esa edad y me los recordaba mucho. Los amaba, pero ya no los veía tan seguido desde el divorcio, aunque había tratado siempre de estar presente en sus vidas y apoyarlos lo más posible en todo. No pude evitar pensar y sentir que no había sido todo lo buen padre que ellos se merecían. Tenía innumerables imágenes de ellos en mi cabeza como fotos viejas, me iban llegando las escenas al pensar en ellos; había estado en cada parto dándole la bienvenida a este mundo, en los cumples, los actos, las reuniones de padres, los deportes, la música, las vacaciones… cada imagen desprendía una anécdota. Fui muy feliz a lo largo de la vida, también estuve en momentos muy tristes y difíciles. Diferentes recuerdos de mi vida se me vinieron como en aluviones; las navidades con mis primos, mucha gente, muchos regalos. La alegría de compartir por entonces los juegos, las aventuras en los descampados, las tardes haciendo “chocitas” con ramas y palos, los interminables picados de futbol en la plaza del barrio, el primer beso, la primer cerveza, el primer amor, las manos de mi abuela, los arrullos de mi madre, los asados con mi padre, “la primera vez”, los amigos, las salidas, las borracheras, las veces que no debí estar ahí, las veces en la que por suerte estuve ahí, los sacrificios, los errores, las personas que lastimé y las que hice feliz. No sé por qué me colgué pensando en todo aquello; ella me miraba fijamente como escrutando mis pensamientos con una mueca de sonrisa en esos labios pintados de negro. Su mirada intensa ya no me produce melancolía, sino que por el contrario, me inspiraba una gran calma, un alivio indescriptible como cuando contás un viejo secreto, o te sacás una ropa incomoda después de un largo día. Y entre tantas cavilaciones me di cuenta de que no le pregunté nunca el nombre…

―Vos sabés mi nombre ―dijo ella sobresaltándome con la afirmación.
―¿Cómo? ―pregunté sorprendido.
―Sí, David, vos sabés mi nombre. Pero lo importante no es mi nombre sino la razón por la que estoy acá ahora con vos. Lo sabés, en el fondo de tu alma acabás de entender todo, decilo. ¿Cuál es mi nombre? ¿QUIÉN SOY?

En ese instante que pareció darse en cámara lenta, me percaté de todo lo que pasaba a mi alrededor; las enfermeras entraban y salían corriendo de la habitación donde yo había estado antes. Desde dentro un médico de guardia gritó ordenes y nombres de medicamentos con urgencia, y estaba aquel molesto pitido agudo que provenía de los aparatos que medían los signos vitales. Entonces la vi saliendo del cuarto; las mejillas surcadas por gruesas lágrimas y tapándose la boca con la mano tratando de contener el llanto. La reconocí inmediatamente, era mi hija, era ella y su hermano, mi hijo, que trataba de contenerla con todo el amor del que era capaz.

Lo comprendí y entendí todo. Recordé el fuerte dolor en mi cabeza, los gritos, la ambulancia, el sufrimiento, el hospital, las oraciones, mi hija que se lamentaba tomada de mi mano, mi hijo que me hablaba mientras yo sólo podía oír. “Te amo, le dije, pero él, él no me oyó”.

―LA MUERTE, ése es tu nombre ―le dije luego de unos minutos con resignación.

Ella estaba de pie frente a mí con sus labios pintados de negro dibujando una amplia sonrisa. Poseía una extraña calidez en la mirada. Una mano de uñas negras se extendió hacia mí.

―Vamos David, ¡ya es hora!

Quizá tenía razón. La hemos juzgado mal, ella sólo hacía su trabajo, y lo hacía lo mejor que podía.

Tomo su mano, detrás nuestro los gritos y llantos y lamentos continuaban. Caminamos por un lugar azul muy tranquilo… silencio, paz… la mano de ella siempre acompañándome; su sonrisa me alienta a caminar, y me siento bien, me siento en paz.

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