hombre vagabundo

Una visita inesperada por Servando Clemens

Desperté tarde. Era día domingo en vísperas de Semana Santa. Tenía un dolor de cabeza horrible por el vodka que bebí la anoche anterior. Me levanté aturdido y fui a la cocina a prepararme unos huevos revueltos. Me asomé por la ventana de la cocina y Lolo, el tipo que me limpia el coche, ya lo estaba secando.

 —Buenos días, Lolo —le dije. Él saludó levantando el pulgar.

Abrí el grifo del lavaplatos y tomé un trago de agua. Cuando levanté la cara una pareja de viejos, que rondaban los cincuenta años, ya estaban parados enfrente de mi ventana con sus biblias bajo las axilas.

 —Joven, muy buenos días tenga usted —dijo el señor.

 No respondí nada, no tenía ganas de cruzar palabras con religiosos. Estaba de mal humor.

 —¿Ha leído la biblia? —dijo la señora.

 —Sí —respondí.

—¿Algún versículo en particular? —preguntó el hombre.

—“En principios creó Dios los cielos y la tierra…”

La señora sonrió con disimulo.

—¡Interesante! —exclamó el señor.

—Ajá —dije.

La señora me extendió un folleto que ofrecía información referente a Semana Santa. Detrás del folleto aparecía un dibujo de la crucifixión.

—Joven —dijo la mujer—, si le interesa lo estaremos esperando en el templo. Daremos pláticas referentes a la importancia de estos días santos. En el folleto encontrarás la dirección y los horarios. 

—Gracias —murmuré.

—Lo estaremos esperando —dijo el hombre.

La pareja se retiró de mi ventana y se dirigieron a la casa del vecino.

—Listo, patrón —gritó Lolo.

Le di cincuenta pesos y Lolo también se fue.

Estaba guisando los huevos y no dejaba de pensar en la pareja de religiosos. ¿Qué tal si voy?, ¿y si me aburro? No tenía planes para los días de Semana Santa. Me tocaba montar guardia en la oficina. Mi novia me había mandado al diablo. Mis padres vivían a diez horas. Tal vez vaya, dije para mis adentros.

Se llegó el día jueves santo. Me encontraba en la oficina tecleando como autómata para enviar el informe al supervisor de área. En la oficina estábamos solamente Gilberto y yo. Gilberto era un tipo huraño que no hablaba con nadie, la típica rata de oficina que trabajaba horas extras. Estaba enfadado hasta el tuétano. Mis amigos para esas horas debían estar en alguna playa disfrutando de las vacaciones. Sólo quería que el reloj marcara las siete para registrar mi hora de salida. Revisé el maletín en busca de una pluma color azul. Por accidente me encontré el folleto de la iglesia. Lo desdoblé y recordé: “En principios creó Dios los cielos y la tierra”. En el folleto venía la dirección y la hora. Quizá me eche una vuelta por la iglesia.

El reloj marcó las siete. Me levanté y guardé mis cosas en el maletín.

—Hasta mañana —le dije a mi compañero.

Gilberto me miró por encima de sus gruesos lentes y no dijo nada. Registré mi hora de salida y me disponía a salir, cuando el guardia de seguridad me habló.

—Licenciado… espere un momento.

—¿Qué pasa, don Alberto? —le dije.

—Se le cayó esto —dijo y me entregó el folleto de la iglesia

A lo mejor era un llamado de Dios o alguna señal.

—Gracias don Alberto, buenas noches.

—¡Qué Dios lo cuide y lo llene de bendiciones en estos días tan importantes!

—Claro… —dudé unos momentos—. Igualmente.

Salí a la calle y en vez de tomar mi habitual taxi decidí caminar para despejar la mente. Las calles estaban solitarias, las personas debían estar en la playa, en la montaña o disfrutando en compañía de sus seres amados. Miré el folleto y la hora pactada eran las nueve. Tal vez vaya un rato, volví a pensar.

Eras las ocho y entré a un restaurante. En una de las televisiones transmitían un partido de fútbol por diferido. El ambiente era aburrido y taciturno. Me apoltroné en unos de los bancos de la barra.

—Una cerveza, por favor —le dije al encargado.

El tipo me sirvió cerveza de barril en un tarro. Di un sorbo y casi escupo sobre la barra. El sabor era demasiado amargo y la bebida no estaba fría. Puta madre. Dejé un billete debajo del tarro y me largué con un mal sabor de boca. Me sentía solitario y molesto. Siempre me sentía de ese modo.

Transitaba por las calles de la ciudad arrastrando los pies. Encendí un cigarrillo y seguí marchando. Mis pasos me llevaron en automático al templo. Tal vez simplemente lo hacía porque no tenía planes. No tener compañía me ponía afligido y me hacía tomar cerveza como un enajenado. No sabía estar solo.

Llegué hasta la entrada del templo. Arriba de la puerta posaba una gran cruz de madera y debajo decía: La iglesia de los últimos días. Abrí la puerta y ésta emitió un rechinido gutural. Al percatarse de mi presencia varias personas voltearon a verme. El hombre y la mujer que visitaron mi casa me reconocieron de inmediato. El tipo fue hasta la entrada y me ubicó en uno de los bancos.

—Bienvenido —cuchicheó.

El padre, el pastor o lo que fuera, comenzó con un discurso pertinente a la Semana Santa. El hombre parloteaba sin parar. Hablaba sobre temerle a Dios, del fin del mundo, de que deberíamos de arrepentirnos, de que Jesús murió en la cruz para limpiar nuestros pecados y etcétera, etcétera, etcétera. Bla, bla, bla. Nada nuevo para mí. Todavía me sentía vacío.

Sólo esperaba un momento de distracción para salir huyendo de esa maquiladora de aburrimientos. Para mi mala suerte ni siquiera daban bocadillos o bebidas. Por lo menos en la AA daban café y galletas. Miré la puerta de salida para escapar. En una de las bancas contiguas a la puerta de salía divisé a una mujer de falda negra que dejaba ver sus torneadas piernas. La mujer se percató de que la observaba y en consecuencia desvié la mirada al techo. Me iré al infiero, pensé. Regresé la mirada con disimulo y la mujer abrió más las piernas, al punto de que se le podía ver el calzón rojo. Demonios, posiblemente me quede un rato más.

El religioso seguía hablando sin parar. Saqué del bolsillo el celular y me puse a revisar mi cuenta de Facebook. A lo lejos escuchaba el eco del conferencista: bla, bla, bla y más bla.

Se abrió la puerta de la iglesia y la concurrencia se distrajo por el rechinido. Un viejo de unos setenta años ingresó al templo marchando con parsimonia. El hombre se sentó a mi costado derecho. El anciano usaba ropa desgastada y la barba canosa le llegaba hasta el pecho. Bajé la mirada y advertí que el viejo venía descalzo. Pobre diablo.

Un muchacho que portaba un elegante traje negro y corbata roja se acercó y le tocó con asco el hombro al viejo y le susurró:

—Señor, haga favor de retirarse, esta es una reunión privada.

El anciano se rascó la barba y observó a su interlocutor de pies a cabeza. Por su mirada pude dilucidar que el anciano pensó: muchacho pendejo. Bueno, por lo menos yo lo creí así. Me dieron ganas de reventarle el hocico por esa cara de pendejo.

—Yo acompañaré al señor a la salida —le dije al muchacho. Era mi oportunidad de salir.

Caminé junto al viejo hasta la salida. El hombre marchaba tranquilamente con las manos detrás de la cintura. Salimos y los dos permanecimos viendo la luna.

—¿Quiere comer algo? —dije

—Buena idea —contestó.

Seguimos andando por la calle. Mi acompañante silbaba una melodía. Llegamos a mi casa, lo hice entrar y le calenté la cena de la noche anterior en el horno.

—¿Por qué no usa zapatos? —le pregunté.

—Sí uso zapatos, pero esta ocasión no tuve ganas de ponérmelos.

Charlamos alrededor de una hora de cosas triviales. Nunca preguntó mi nombre ni se interesó por mis asuntos personales. Yo tampoco lo hice.

—Es hora de irme —dijo de pronto.

—Bueno, lo acompaño.

Vagamos por la ciudad, el viejo seguía silbando. A veces se paraba a observar pájaros, gatos o perros. Duraba algunos segundos ensimismado y luego seguía caminando.

—Esta es mi casa —dijo y señaló una mansión.

—Pensé que…

—¿Qué pensaste?

—Olvídelo.

Entramos a la casa. Dentro volaban aves libremente. Los sillones estaban llenos de gatos. Bajo la mesa estaban dos perros dormidos. Había montañas de libros por doquier. El viejo me sirvió una copa de vino y tomamos sin hablar.

—Para serle sincero —de pronto solté—, pensé que era un vagabundo que quería limosna.

—Soy un vagabundo —dijo acostado en una cama de libros—. Me gusta vagar por las noches y admirar la naturaleza. Me gusta hacer lo que me plazca.

—¿Por qué fue a la iglesia? —pregunté. 

—Quería escuchar a un tonto hablar de Dios.

Reí.

—Bueno, si le gusta vagabundear y hacer lo que le plazca… ¿Cómo consiguió una casa así de enorme?

—En mis años mozos fui empresario, pero me harté y dejé todo; las falsas amistades, los viajes, las preocupaciones… así de fácil. Me sentía hueco y decidí liberarme.

—¿Cree en Dios? —le pregunté.

—Sí, pero no igual que lo hace la gran mayoría.

No quise preguntar más. Sólo seguía ahí sin decir nada, disfrutando de la calma y el silencio. Me despedí del anciano y salí de su mansión. Caminé por las calles lentamente. Disfruté cada estrella del firmamento, cada animal que se cruzaba en mi camino, cada ruido y cada olor. No me sentía solo ni vacío. Quizá Dios estaba en todas partes.

 A veces visitaba al anciano. Casi no hablábamos. Bebíamos vino, meditábamos, leíamos libros, acariciábamos gatos y perros, salíamos a ver el cielo, jugábamos ajedrez o dormitábamos tirados en el piso.

Un día fui a su casa y el viejo no estaba. Regresé varias veces y el resultado fue el mismo. Pregunté a los vecinos y nadie sabía del anciano. Los vecinos decían: el viejo hace más de diez años que se fue. Ese anciano loco. Ja-ja el que se creía Jesús. Pinche viejo vicioso, qué bueno que se largó. Dicen que se suicidó. Los hijos aún pelean por su herencia. ¿Estás loco? Ese chiflado hace mucho no vive aquí, no pudiste visitarlo, lárgate o llamaré a la policía. Imbécil.  

Regresé a casa solo pero no me sentía solitario. Dios está en todas partes y nuestros demonios o infiernos nosotros mismos los creamos. 

Nació un día 9 de febrero de 1981 en Sonora México. Estudió la cerrera de administración de empresas. Hoy en día es dueño de su propio negocio. En sus ratos libres lee cuentos y novelas. Sus géneros favoritos son: el fantástico y policíaco. Ha escrito varios cuentos breves, donde el principal tema es un mundo apocalíptico.

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