obra postuma

Obra póstuma de Marco Laverdi por Dayana González Fajardo

Exponer en el MoMA de Nueva York era el sueño de Marco Laverdi, y trabajaba duro para lograrlo. Pintaba el día entero con todas sus fuerzas hasta que enfermó hacia mediados de enero. Primero, percibió un leve tic, un pestañeo acelerado involuntario. No le prestó mayor atención y siguió pintando su cuadro. Luego, un agudo dolor se apoderó de su ceja izquierda, bajaba desde el párpado superior y volvía a subir de manera circular. Ese dolor se volvió crónico. Una semana después, llegaron las punzadas, sentía arañas diminutas con patas de alfiler corriendo en su pupila y empezó a llorar sangre. Ningún doctor le decía qué tenía, y después de innumerables exámenes y procedimientos médicos, al final siempre lo remitían con otro especialista.

En febrero, se inició el cerramiento de los párpados que escupieron una a una cada pestaña y empezaron a unirse en una sola masa. Era como si desde siempre su ojo hubiese sido una herida y su cuerpo ahora la estuviera cicatrizando. A final del mes tenía un hilo perfectamente soldado sobre su esfera óptica. Intentó convencer a los médicos de que le practicaran una cirugía, pero después de varias juntas le notificaron que era imposible, su cerramiento era tan perfecto y natural que si le hacían una incisión quedaría como una herida abierta.

En abril dejó de acudir a médicos y especialistas y decidió recluirse en su apartamento. Se dedicó a pintar su cuadro, su obra maestra. A mitad del mes sintió un impacto fuerte, como un martillazo sobre su ojo izquierdo. Un fuerte dolor de cabeza se adueñó de él, sintió como si un animal se resbalara detrás de su cara hasta bajar a su garganta. Corrió al baño y vomitó una maraña de sangre y baba junto a la órbita que alguna vez fue su ojo. Lloró con su único ojo.

Ante el espejo Marco no se reconocía, la imagen al frente era ajena a él. En mayo percibió de nuevo el tic que ya conocía, ahora en su ojo derecho. Comprendió el proceso que iniciaba y ni si quiera se molestó en acudir al médico. A finales de junio ya no tuvo ojos para llorar. Tampoco para pintar.

Aprendió a ser ciego y desarrolló sus demás sentidos. Su tacto, oído y olfato se hicieron más audaces, hasta que llegó septiembre y comenzó a estornudar en lapsos seriados que se hacían cada vez más frecuentes. Percibió que los cartílagos de su nariz se estaban desintegrando y una tarde lluviosa con una fuerte exhalación los arrojó por las fosas y se estrellaron en el piso. La piel colgante de la nariz se empezó a retraer hacia la cara hasta que se pegó por completo dejando sólo dos pequeños orificios semejantes a la nariz de una serpiente.

Estaba desolado, abandonado y deprimido, su rostro estaba implosionando y no podía detenerlo. No podía ver a nadie ni quería que nadie lo viera él. Se sentía humillado y solo.

En noviembre sus encías se inflamaron como un globo y en dos semanas sus treinta y dos dientes comenzaron a caer uno a uno, los sentía picoteando su lengua e inundando su boca. No tuvo más opción que escupirlos en el lavamanos. Diez días después sus labios se soldaron de las comisuras hacia adentro dejando una única perforación del tamaño de un pitillo. Agradeció no tener vista para no ver su cara sin rostro.

Tomó como hábito rozar las yemas de los dedos con su cara y aunque la sensación era espeluznante no podía dejar de hacerlo. Ya en diciembre no se sentían las cicatrices de sus ojos ni su de boca, simplemente se sentía una larga piel lisa y tersa, como si siempre hubiera sido así.

El veinticuatro de diciembre recordó al pintor René Magritte, en especial, su cuadro del hombre con bombín y una manzana al frente. De pronto se le ocurrió que era como él: un hombre sin rostro detrás de una gran manzana. Pensó que tal se vería ese hombre volando, podría ser un cuadro muy singular. No podría pintarlo, pero sí podría representarlo. Se vistió con un traje elegante, se puso un sombrero y cogió la única corbata que tenía que era roja. Tomó una cámara Pollaroid, la puso sobre su caballete y accionó el temporizador. Ató la punta de la corbata a una viga en el techo y con sus pies quitó la silla. Voló.

La fotografía se exhibe ahora en el MoMA de Nueva York.

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