revolver

Negligencia por Servando Clemens

Eran las ocho de la mañana cuando salí de la vecindad. La sensación de no sentir la pistola pegada contra la pierna era extraña. Me dirigí al hospital en donde trabajaba Víctor, el médico que me cortó la extremidad izquierda de la rodilla hacia abajo por equivocación. Pon una demanda, me dijeron. Ya no tengo dinero, pagué la prótesis y me quedé sin plata, les respondí.

¿De qué forma iba a ganar una demanda contra el hijo inepto de un diputado corrupto? No había más opciones. Después de meditarlo varias semanas tomé la decisión de ejercer la profesión de la cual me había jubilado cinco años atrás.

La mañana en que me vengué, perdón; la mañana en que busqué justicia, aparqué el coche a dos cuadras del hospital, caminé rengueando hasta la clínica e ingresé al recinto. En la recepción había una secretaria viendo una telenovela.

—Hola —saludé.

No respondió. Seguía abstraída en sus asuntos personales.

Anduve vagando por el hospital buscando el consultorio de Víctor. Nadie me notaba o todos me ignoraban. Un anciano limpiaba los pisos con la mirada clavada en el trapeador. Algunos enfermos pululaban por los pasillos suplicando un poco de atención. Encontré a una enfermera que se pintaba las uñas sentada en un escritorio y le pregunté:

—¿Dónde se encuentra el doctor Víctor, el traumatólogo?

—Al fondo a la izquierda, en frente de los baños —respondió sin quitar la vista de sus uñas.

Llegué a su consultorio. El lugar estaba despejado de posibles testigos. Empujé la puerta, entré y puse seguro. Víctor estaba dormido en una camilla con sus gafas negras aún puestas. La ventana estaba abierta y se escuchaban ruidos estrepitosos provenientes de la calle. Encima de una mesa había una botella de vodka y una línea de algo que parecía ser cocaína. Fue mi día de suerte. Me puse unos guantes de látex, prendí una radio que estaba arriba de un mueble metálico y subí el volumen hasta el tope. El doctor estaba drogado e inconsciente, un hilillo de saliva corría por la comisura de sus labios. Saqué la beretta de mi bota, le embutí el arma adentro de su boca colocando el cañón en su paladar y después la accioné. Un chisguete de manchas rojas bañó la sábana blanca. No sentí turbación.

Coloqué el arma en su mano derecha. Los policías jamás harían una investigación verdadera, ni siquiera tratándose del hijo de un influyente político. Desaparecí del lugar de los hechos. Vagué por los pasillos del hospital como un espectro. Era alguien más en un sitio que quizás a nadie le interese un pobre lisiado. Marché por la recepción despreocupadamente.

—Hasta pronto —le dije a la secretaria.

Me volvió a ignorar. Seguía embobada en su telenovela. El guardia de seguridad revisaba su teléfono móvil. Con ello me di cuenta que a los demás le importa un carajo el prójimo. Uno tiene que valerse por sí mismo y hacer justicia por propia mano.

Era tiempo de volver al antiguo trabajo. 

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