Rostro belleza

Murmullos por Lord Bastian

Se fue, se ha ido y dudo que regrese. Lejos se encuentra, inalcanzable.

Es tarde, la entrada del viento por mi ventana es el único sonido, afuera todo es oscuridad. Ese sueño ha regresado, esta vez con mayor lucidez, una fantasía a la que me gustaría regresar cada noche, y si pudiese, vivirla una vez más.

Te observo, llevas un moño y una camisa a cuadros, te ves hermosa, ríes, y tu sonrisa opaca al sol. Me tengo que ir, me alejo, ya no puedo verte.

No recuerdo tu rostro, al menos no a esta hora, sujeto la sábana con fuerza, tengo miedo. Busco mi reloj en el buró, tres con treinta y tres minutos, mañana es un día importante, ya debería estar dormido, debo despertarme a las seis. Rápidamente hago cuentas de cuánto alcanzaré a dormir, ¡mañana es hoy! Sin embargo hace mucho que el tiempo ha dejado de ser relevante en mi vida. Los días ocurren despacio con la tortura de tu ausencia y sin darme cuenta llevo ya meses sin escuchar tu voz. Quiero regresar a ese sueño, quiero estar contigo, al menos eso pienso a las cuatro. Sentía emoción por los días ocupados, tenía la ligera esperanza de que al mantenerme ocupado escaparías de mi mente, mas no es así. Borré tu número, pero aún lo recuerdo, si llamases sabría que eres tú. Desesperado googleo: “Como curar el insomnio”. Ruido blanco, frío… y ya he dejado el café. Me preparo. Hay mucha luz así que volteo boca abajo, me asfixio… de lado. Ya no distingo mis sentimientos, algunos días te quiero y otros no, algunos días quisiera pedirte perdón y otros me rio de mi triunfo. Un bostezo, eso es bueno, me esfuerzo por otro, se han ido. Me congelo, un escalofrío recorre mi cuerpo, busco el cobertor en el revoltijo de cobijas, observo mi reloj una vez más, diez para las cinco.

De pronto estoy de regreso; te ves extremadamente tierna, vestida como ángel toda de blanco, tus lentes son sin duda más grandes que tus ojos, te sonrojas cuando lo hago notar. De pronto tormenta, yaces ahí con tu misterioso alguien, que de misterioso no tiene nada, ya has declarado que lo amas y fue una daga directa. Calma, jugueteamos con nuestros dedos en el carro de tu padre. En mi mente un popurrí de canciones que llevan tu nombre cuando las canto me sacan apedreado.

Por inercia volteo hacia el reloj, iré más tarde, nada malo puede pasar. El ruido blanco me molesta, quiero silencio, quizá mi mente se contagie y calle por un momento. Escucho un maullido, aquel gato lleva días llorando cerca de mi ventana. Algo dice, un murmullo, lo sé, entiendo el maullido, mi locura me lo permite. Cierro la ventana, mi cuerpo me duele, acordé con un amigo que el mejor remedio para calmar la tristeza es correr, o un entrenamiento que te deje adolorido. Llevo muchas sesiones ya, y poco efecto han tenido. Mi semblante se torna azul, la tristeza me invade, te extraño. Exhausto caigo en brazos de Morfeo, pero… esta vez no hay regreso. Al menos no recuerdo nada al despertar. Ocho con veinte minutos, sin la menor muestra de sueño me levanto, y entro a la regadera, como es costumbre armo una lista de reproducción antes de la ducha, incluye canciones para cantar silenciado por la caída del agua. Me alisto y salgo apurado. Se me hizo tarde. El camino es largo; voy a otra sesión. No saco mi libro pues sé que mi concentración no me permitirá disfrutarlo. Bajo del metrobús y camino los metros que faltan, una chica camina hacia mí, por un momento eres tú, un nudo se forma en mi estómago y palidezco, de pronto adopta otra vez su forma original y me pasa de largo, algo susurró, quería burlarse de mí. Sus palabras enredadas en un murmullo las recuerdo, llevan tu voz. Mis piernas no pueden llevarme a ningún lado, mi respiración es agitada, he terminado, lo reconozco, mientras corría no te he recordado, pero es ahí cuando me encuentro de cuclillas mirando el tartán que te apareces; la cabeza me duele. Camino hacia el metro y tengo miedo de encontrarte, paso cerca de tu facultad, no sabría qué hacer si te viera.

Sin esperarlo me encuentro de regreso; sentados en una jardinera, eran vacaciones y yo estaba ahí por ti. Tú esperabas una calificación de dibujo, valió la pena. Me platicas una anécdota con tu magnífica narración, vistes de negro, así te recuerdo. Tu cabello baila un danzón en el viento, meses después te besaría ahí, mientras comentamos la infidelidad de la novia de nuestro amigo, al que no sabemos si decirle o esperar.

Al fin dejé ese lugar, ya estoy lejos de donde podría encontrarte. Cuatro y cuarto; terminamos de comer, estamos jugando cartas, viuda, pesca… lo usual. Hace tiempo que tres cervezas no me hacen cosquillas. Las horas transcurren con rapidez. Es de noche y voy camino a mi casa, entonces recuerdo, no fui a mi cita, en algún momento ella o yo cancelamos, no creo invitarla a salir nuevamente. Entonces me manda un mensaje, me emociono, ella podría ser, tú y yo sabemos que no lo será pero me aferro a la idea. Acordamos salir al día siguiente, me introduzco en las cobijas y caigo rendido. Es de día, faltan unos minutos para cuando llegue, su cabello es lacio, tus chinos sin ton ni son eran más agradables para perderse. Ella comienza a hablar de algo y yo entro en aquel mundo de fantasía.

Llueve, quiero salvarte, llevarte adonde tus demonios no te encuentren, allí donde no es necesario absorber cigarrillos para ahuyentarlos. Me rompo. Te necesito.

Entonces ella me invita a un concierto, o al cine, da lo mismo, buscaré un pretexto para cancelar. Nuevamente son las dos con veinte minutos pasada la medianoche, descubro que tus bellos ojos miel son la principal causa de mi insomnio. Pienso en mandarte un mensaje, pero no sé qué decirte, igual ya estás con él. La lista de reproducción sigue y una canción me dice tu nombre, otro murmullo que entiendo, es nuestra canción, yo soy Romeo, cantando bajo tu ventana, y tú Julieta, nunca lo dijimos pero lo sabemos. Transcurren las horas en un vaivén violento, me encuentro explicando que sólo admiro a un autor, en realidad no admiro a muchas personas. Sin querer surge tu nombre, yo te admiré, aún lo hago. Tienes ese privilegio. Dueles, existes y eso no me lo puedo negar. Quiero regresar, no todas las noches tengo el placer de verte, ya son las tres y cinco, pronunció tu nombre, escuché que eso aumenta la posibilidad de soñarte, de encontrarme de nueva cuenta en un lugar donde algunas veces aún te puedo besar. El calor que absorben las cobijas cuando el sol pega en ellas me imposibilita seguir durmiendo. Hoy desperté con una decisión en la punta de mi lengua y pienso llevarla a cabo. Después de meses de no saber nada de ti, por primera vez me encuentro convencido de que es lo mejor; me alegro por tu felicidad. Camino con los audífonos grandes, esos que silencian el ruido exterior, entonces lo noto, uno de mis discos favoritos ya está disponible, “al fin se dignaron a ponerlo”,  me digo a mí mismo. Lo reproduzco en orden, y antes de terminarlo llegué a la canción: “All this love of mine, all my precious time”. Será que se alinearon los astros, pues mi decisión concuerda con la letra. Disfruto la canción como la primera vez que le presté atención a la letra.

Murmullas algo mientras ocultas tu mirada, lo sé; te conocía, sabía qué pasaba. Y aun así estoy convencido de que te perdonaré, aunque te diga lo contrario. Te seguiré queriendo. Sonríes y me haces una pregunta incompleta (reconozco que estoy soñando pues el tiempo ha ido en retroceso), la respuesta no te la puedo negar. Leíste lo que escribí. Eras mi tesoro, mi musa. Miramos al futuro, con miedo e incertidumbre, sabemos que se encuentra ahí. Me arriesgo, vales la pena.

Un brusco enfrenón me despierta, estoy a una estación de bajarme. Ocurre algo, quiero contarte, sé que te haría reír. Me alejo rápidamente del pensamiento, ya estuve mucho tiempo ahí, mas me golpea con fuerza un breve discurso, los murmullos se unen, forman un discurso, lo entiendo a la perfección. Sonrío, no estás ahí, todo tiene sentido. Sólo tú y yo lo sabemos, sé que sabes. Toco mi guitarra de aire, esa banda es magnífica, te escabulles y no regresas, ya lo harás, no me preocupa tu ausencia, algún día te volveré a ver. Siento mis dedos húmedos, recibo su mensaje, pronto llega. Mi corazón se acelera, el sol me ciega, ese lugar no ha cambiado en nada, sólo que ya no estamos ahí, es sólo nuestro punto de reunión. Brilla cuando se aproxima a mí. A ella la conoces, eso cambia todo. Alguna vez te conté de ella, y no lo notaste. Recuerdo cuando te platiqué de ti misma, no te reconociste. Siete con cuarenta y cuatro minutos, camino sin conocer mis pasos, una mujer me pregunta la hora, lleva prisa, echa a correr. Casi la atropellan. Por un momento me asusto, su mirada está ahí del otro lado de la calle, no le importa si cruzan cien autos en ese instante, ella ansía llegar y nada la detendrá, aunque estoy enmudecido por lo que no ocurrió, me reconozco en su valentía, en su fulgor, en su inalcanzable búsqueda. Bajan el tono, poco a poco los gritos pasaron a ser diálogos, las palabras callaron y escondieron su fuerza en murmullos, en susurros, ahora gritan en silencio. Once con once minutos, murmuro su nombre y me apego a la esperanza que brinda.

Intento contarte nuestra historia, tartamudeo, quise que fuera en el lugar donde comenzó. Sujeto tu mano hasta que nos damos cuenta del error que cometemos.

Silencio, estás lejos, distante. Ignoro tus sentimientos hacía mí. Ignoro si aún piensas en mí. Inalcanzable, fugaz. Escapas de mis sentimientos, escapas a la memoria, a los sueños, a lugares donde no eres tangible. Hay luna llena, el conejo me mira. Eres Héspero, te irás con la noche.

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