fantasma

Me aparecí por Servando Clemens

Amanecí con la cruda sensación de que el alma había sido extirpada violentamente del pecho, como si un jardinero arrancara mala hierba de un jardín. Toqué mi pecho, y sentí cómo el corazón latía con potencia. Me levanté de la cama y fui al baño. Observé mi rostro pálido y demacrado en el espejo. El reloj marcaba las once de la mañana. Bajé aletargado a la cocina y mamá ya tenía el desayuno. Mamá estaba preocupada, lo sabía por su expresión inconfundible. La noche anterior había bebido y consumido drogas.

Arribé a casa a las tres de la mañana. Pensaba que era joven y tenía derecho a disfrutar la vida, después de viejo, no tenía caso. Quería experimentar ¿era pecado vivir la vida al máximo?

Mamá se fue a echar al sillón a llorar como una loca. Papá la abrazó para intentar consolarla. No entendía el motivo de tanto escándalo por una noche de fiesta. Terminé el desayuno y Pepe, mi mejor amigo, sonó el claxon de su camioneta para que saliera. Dejé el desayuno empezado para continuar con la juerga.

—Qué buena fiesta la de anoche —decía pepe.

Fuimos a seguirle a una cantina que abría temprano a las afueras de la ciudad. El bar estaba casi solo, un par de ancianos tomaban cerveza en un rincón escuchando canciones viejas. Bebimos cervezas y nos largamos. Pepe dijo que ese lugar apestaba a viejo y a meados. Avanzamos por las calles hasta llegar una callejuela tundida de viciosos y malvivientes. Pepe marcó desde su celular y contactó a un vendedor de drogas.

Una hora después estábamos aspirando cocaína y volvimos a revivir. Con los ánimos renovados fuimos a un expendio y llenamos una hielera de cerveza. Rondábamos la ciudad bebiéndonos una lata tras otra, un cigarrillo tras otro, absorbiendo línea tras línea.

Estacionamos la camioneta bajo la sombra de un mezquite. Pepe sacó de la gaveta una bolsa con mariguana. Fumamos mota en una pipa escuchando corridos en el estéreo. El sol casi se desvanecía cuando para nuestra mala suerte nos llegó una patrulla de la policía.

—Me van a tener que acompañar a la delegación —dijo el policía con un tono retador.

 Abrí la cartera y puse un billete en el bolsillo del oficial.

—Vayan a pasearse a otra parte muchachos, y sigan divirtiéndose —dijo con amabilidad el policía.

 Pepe arrancó a toda velocidad y dejó una densa nube de polvo cubriendo la patrulla y a la rata de dos patas. La música ensordecía mis oídos y alteraba mis pensamientos.

—Vayamos a un antro a buscar golfas —gritaba Pepe.

Entramos a uno de los mejores antros de la localidad. La música, la droga y el alcohol me hacían sentir en otro mundo. En una mesa visualizamos a un par de chicas que estaban solas. Llegamos con seguridad y nos sentamos con ellas. Nos sentíamos los reyes del universo. Nada ni nadie nos pararía.

—Mesero tráiganos una botella —ordenó Pepe y pagó con una tarjeta de crédito de su padre.

 Las chicas estaban hermosas y el lugar espectacular.

—¿Quieres más perico? —preguntó Pepe.

—¡Por supuesto! —le dije y seguimos aspirando el polvo sobre la mesa. Entramos a la pista y bailamos cerca de una hora.

—¿Cómo te llamas? —preguntó una de las chicas. Me acerqué a ella, le murmuré mi nombre al oído y después le di un beso en la boca.

—Espera un momento —dijo y sacó de su bolso dos pastillas. Ella se echó una a la boca, enseguida me dio la otra a mí y entrelazamos nuestras lenguas con un beso húmedo. Nunca supe que había ingerido, pero bailaba sin parar como un poseído, veía colores psicodélicos.

 —Vamos a llevarlas a un motel —dijo Pepe.

Salimos del antro casi a las dos de la mañana. Una de las muchachas preguntó si traíamos condones. Pepe arrojó un puñado de preservativos al aire. Todos reímos como estúpidos.

Salimos de la ciudad en busca de un motel barato. Pepe aceleró la camioneta y casi llegaba a los ciento cincuenta kilómetros por hora. A pesar de que me sentía borracho y drogado le pedí a mi amigo que bajara la velocidad.

—No seas gallina —dijo.
—Pon buena música —pidió una de las chicas.

 Puse música electrónica. Pepe aceleró más el automóvil hasta llegar casi a los doscientos kilómetros por hora. Sentí miedo.

—¡Cuidado, una carreta! —gritó la chica que iba de copiloto.

Pepe trató de esquivar la carreta, no obstante, en la maniobra perdió el control del vehículo y empezamos a rodar sobre el pavimento hasta caer en un canal de riego.

Después fue oscuridad total. Abrí los ojos y me encontraba tirado entre un amasijo de ramas. Escuché el ruido de las sirenas. Me quité el lodo de los ojos y vi a los paramédicos subir dos camillas. «¡Dios mío, hay heridos!, ¿habrá muerto alguien?», pensé.

Traté de levantarme, pero una pierna la tenía atorada entre un tronco y una roca. Intenté zafarme pero no pude.

—¡Auxilio, estoy aquí! —gritaba.

 Nadie escuchaba los gritos. Nadie iba a socorrerme.

—¡Por Dios, no me oyen! —grité.
Era inútil.

A lo lejos vislumbré el automóvil de Pepe. Era una mezcla de fierros retorcidos y sangre escurriendo.

Agarré con mis dos manos la pierna atorada y la jalé con todas mis fuerzas. Pude salir. Subí la carretera y vi las luces de la ambulancia que se alejaban. Aún estaba la grúa que se llevaría los restos de la camioneta. Un tipo regordete estaba asegurando una cadena.

—Oiga amigo, lléveme al hospital —le dije mientras me acercaba renqueando.

El hombre subió a la grúa y me dejó parado en medio de la carretera gritando como un desquiciado. Escuché un automóvil que venía a gran velocidad y tuve que tirarme a la orilla para no ser atropellado. Las dos piernas me dolían por los golpes. Con las manos limpié sangre de mi rostro.

Subí y caminé por el borde de la carretera pidiendo aventón, sin embargo, nadie se detenía para ayudarme.

El sol casi salía y logré con grandes esfuerzos llegar a casa. El barrio se notaba solitario. Claro, era de madrugada. Llegué hasta el quicio de la puerta y vi que estaba sin seguro. Era extraño, papá siempre se percataba que las puertas estuvieran bien cerradas.

Entré a casa y vi al perro acostado en el sillón.

—Hola Rocky —le dije.

El perro estiró el cuello y dobló una oreja como si escuchara algún ruido a lo lejos. Rocky se reacomodó en el sillón y empezó a roncar. «Perro holgazán», pensé.

Fui al dormitorio de puntillas para no hacer ruido y despertar a mis padres. La pierna dolía mucho. Llegué hasta a la cama y extrañé el no sentir los efectos de las drogas. Caí muerto sobre la cama, pensaba que si dormiría diez horas el cuerpo terminaría por recuperarse por sí solo. Mañana tendría que ir a ver a un médico y averiguar qué ocurrió con Pepe y las chicas. Ingresé a un sueño profundo. Sentí que el alma salía expulsada por mi boca. Desperté aterrado apretándome el pecho con ambas manos. De mis poros escurría un sudor frío que me hacía tiritar.

En el espejo veía mi cara blanca con espanto. Fui a la cocina a comer algo para recuperar fuerzas. En la mesa ya estaba el desayuno. «¿Qué habrá pasado con Pepe y las muchachas?», pensaba.

Mamá estaba enloquecida, ella sospechaba que consumía drogas. Yo sabía que en cualquier momento podría dejar el vicio, tan sólo era una etapa fugaz de la juventud. Papá reanimaba a mamá dándole abrazos.

Alguien tocó el timbre. Creí que tal vez sería la policía que venía a hacerme preguntas sobre el accidente de anoche, o quien sabe, podría ser el mismo Pepe que me avisaría que toda estaba bien, que no pasó nada, que sólo fue el susto. En una de estas Pepe me invitaría a salir de nuevo, a pasarla de maravilla. ¿Por qué no? Salir de nuevo con las chicas y esta vez sí llevarlas al motel.

Sin embargo no fue así. Era la chismosa de mi tía que lo más seguro iba meterles ideas tontas a mis padres. «¡Tú hijo es un vicioso!, ¡mételo a un centro de rehabilitación!», siempre canturreaba.

—Hola tía, buenos días —la saludé con sarcasmo.

 Mi tía giró su cuello y observó sobre mi cabeza ignorándome. Ella abrazó a mis padres y empezaron a llorar. No entendía la razón de tanto escándalo.

—¡Siento mucho la pérdida de su hijo! — balbuceó mi tía.

—¡No puede ser!, ¡es imposible!, ¿es un sueño?, ¿un sueño esto?, ¡estoy viviendo una pesadilla! —gritaba sin ser escuchado.

Algunos parientes y vecinos arribaron a la casa de mis padres a ofrecerle su más sentido pésame, por el fallecimiento de su único hijo.  Aquel hijo que en vida los hizo sufrir y que muerto los hizo sentir el horror.

Caminé por la casa como un maniático, o como un espectro para ser más exacto. Tan sólo quería comunicarles a mis padres algo tan simple: lo siento mucho.

Fui hasta la carretera donde aconteció el accidente. En ese tramo quedaron clavadas cuatro cruces blancas.

Vago por esa calle todas las madrugadas. En mi andar no veo a Pepe ni a las chicas. Rondo por los cuartos de la casa y siempre veo a mis padres sufrir. Quizás ése sea el castigo por mi estupidez y soberbia.

Nació un día 9 de febrero de 1981 en Sonora México. Estudió la cerrera de administración de empresas. Hoy en día es dueño de su propio negocio. En sus ratos libres lee cuentos y novelas. Sus géneros favoritos son: el fantástico y policíaco. Ha escrito varios cuentos breves, donde el principal tema es un mundo apocalíptico.

Añadir un comentario

No se publicará tu dirección de correo electrónico. Los campos obligatorios están marcados con *