Ruta

Mariposa y tres cervezas por Sebastián Pujol

Agarramos la ruta. A los pocos kilómetros tuvimos que cargar nafta. Compramos todo tipo de porquerías: chizitos, palitos y papas fritas. Confiados que Walter sabía como llegar.

Ernesto gritaba que faltaba birra, que no teníamos birra y tuvimos que dejar la ruta antes de ver algún indicio de ciudad. Íbamos ahora por un camino de tierra en el que se divisaban apenas algunas luces salpicadas a lo lejos que no iluminaban el interior del auto para que pudiéramos ver cómo la mina que iba sentada en las piernas del Pipi se acomodaba para bajarle la bragueta.

Paramos el auto para mear y dejamos que el Pipi terminara en paz. Le llevó más de media hora y cuando volvimos dormía. Ella, a la que empezamos a llamar Eva, fumaba distraída, asomada a la ventana, rascándose la yema del pulgar de la mano en la que sostenía el cigarrillo con la uña del dedo anular.

Retomamos el camino. Compramos cerveza en un barcito perdido que llamamos La Pulpería. Volvimos al auto después de negociar seis botellas de birra y una de licor Mariposa a medio tomar. Hacia años que no veíamos la etiqueta con la mariposa multicolor sobre el fondo negro, lo que nos puso de un humor eufórico. Hicimos la promesa de que algún día, si recordábamos el camino, volveríamos a la pulpería a tomar Mariposa.

El Pipi seguía durmiendo en el asiento trasero. Buscamos rastros de Eva y de Mariano. Walter sacó un cd de la guantera, lo apoyó en la ranura del stereo hasta que éste lo chupó. Subió el volumen cuando sonaban los primeros acordes de los dedos de Hendrix tocando Purple Haze, que explotaron como un par de molotovs. El Pipi seguía durmiendo su pedo atómico. “Si se despierta que nos ayude a buscar”, gritó Walter con los ojos desencajados y volvió a la guantera para sacar una linterna.

Abrimos las cuatro puertas del 12 y salimos de cacería entre los yuyos al costado de la pulpería, de la que se asomaba una prostituta vieja y gorda, alertada por el ruido de los parlantes. Gritando y saltando empezamos a rastrear la zona, esperando pescarlos garchando entre los matorrales.

La linterna abría túneles en la niebla que flotaba pegada al suelo. Desde el camino nos llegaban los acordes violentamente sexuales del negro monstruoso. Pasándonos de mano en mano el Mariposa, aplastábamos yuyos, intentando ver algo más que el tubo de luz blanca de la linterna.

No encontramos ni una huella, pero distinguimos el contorno de un auto junto a un árbol, apenas visible contra el cielo morado. Nos acercamos hasta quedar bajo las ramas, tanteando el piso. Ernesto se adelantó confiado, con la intención de buscar dentro del auto, pero frenó a mitad de camino y empezó a sacudir una pierna. Apunté la linterna al piso. Rebuscamos entre los matorrales hasta dar con una torta multicolor, casi sobrenatural, con una gallina degollada a un costado y una muñeca, que el golpe del pie de Ernesto había empujado a medio metro de la escena. Como si hubiéramos encontrado un cadáver nos quedamos petrificados. Purple Haze había terminado, pero Hendrix continuaba con otro tema igual de brutal, que me hacía pensar en una jauría de negros violadores que incendiaban los yuyos.

Ernesto agarró la muñeca, la acostó sobre la torta y después hizo lo mismo con la gallina decapitada. Sacó una caja de fósforos del bolsillo y miró la botella de Mariposa en mi mano. Rocié todo con una buena cantidad de licor, mientras Ernesto encendía un fósforo. Lo protegió del viento. Esperó hasta que la llama tomara fuerza y lo dejó caer. El fósforo explotó sobre la torta. Entre el olor del pasto, el pelo quemado y la nueva luz que iluminaba la escena, nos quedamos aullando como cuatro lobos desquiciados. De a uno por vez nos arrimamos a mear la fogata, pero no logramos apagarla.

Cuando volvimos al auto, Mariano y Eva miraban el cielo acostados sobre el capot. Las cervezas y el Mariposa ya no estaban y la prostituta vieja había abandonado la puerta de la pulpería.

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