estremecimientos

Los estremecimientos por Maximiliano Contreras

Cuando salí, llovía apenas un poquito, llovía tan poquito tanto como lo que yo quiero al perro trolo de mi suegra. Están de moda esos perros hediondos, los cómo se llaman, caniches. Quilombero el perrito que me dan ganas de atarle el hocico con un alambre de esos de fardos de pasto.

En realidad yo no sé el por qué, si debería o no debería, la cuestión es que los mandé a todos a la mierda y salí de la oficina, así como cansado, con los pies no queriendo entrar en las zapatillas. También, viejos pelotudos, diez horas para que me trajeran el café que pedí, se lo pedí a mi jefe, después de todo quién es él, no es ni más ni menos que yo. Solamente tiene ese cargo de puto, bueno, de director de la empresa, todo porque anda con el dueño, yo sé todo, algún día lo voy a contar, ya van a ver.

Antes cocinaba bien la vieja, solía desparramar la masa en la mesa, después de pasarla por la pasta linda los tendía en un palo de amasar finito puesto de silla a silla o de mesa a mesa, los dejaba escurrirse, secarse al sol de la ventana, cuando la hoya puesta desde las diez de la mañana rompiera el hervor, los echaba con ganas, con cara de feliz navidad, con cara de muñeco vudú chino; comíamos, de postre ―siempre― un flan con dulce de leche casero. Nos gustaba a todos su cara de risa y sus charlas, no como ahora que no te saluda, y te dice sacá lo que quieras yo no voy a cocinar, no quiero verlos más, fuera, fuera de la casa, pero al rato ya se ponía a llorar y nos abrazaba; comenzaba a cocinarnos como antes y comíamos con desconfianza porque andá a saber qué cosa le echaba a los fideos.

―No voy a cocinar otra cosa que no sean fideos.

―Pero le estás echando detergente a la salsa.

―No, es aceite magistral, ¿no lees?

Pobre vieja la verdad me estremecía verla. Ella guardaba cierto rencor por mí, resulta ―siempre cuando se cuenta algo de antes, se empieza por resulta―, bueno, es que ella le eligió un pretendiente para la nena un poco con más plata que yo, venía de una familia de gringos y claro, era el hombre justo, medio maricón nada más, lo sé muy bien yo, sabés que cuando hablo es por algo, ahora es el jefe, la suegra no lo sabe, nadie lo sabe, para todos él se fue a otro país a vivir y no volvió más, inventaron toda una historia, y fue el domingo pasado cuando salió ese tema.

―Qué habrá pasado con el Daniel.

―Vive en España ahora, está re bien, es ingeniero en aguas.

―¿En aguas?

―Sí, allá está esa ingeniería en aguas, son los que más ganan.

No decía nada. Sabía que esa fabulación era sólo un invento un poco lelo, cómo mierda pueden inventar una historia así, en fin ellos siguieron hablando. Afuera estaba dándole de comer a los perros, les di unos huesos de pollo, un poco de tuco que sobró, con el hocico lleno de salsa me pasaron la lengua por el pantalón nuevo.

―Ya te sentaste otra vez. Vamos a jugar a la pelota con mis sobrinos.

―Mirá, Claudia, yo no sé quién es más rompe huevos, si vos o el perro.

―Ay, amargado, vamos.

Salió del sillón, abrió la ventana y en la verja un hombre alto de unos cincuenta años, parecido a su jefe, caminaba tranquilo por la calle; claro, era el día de descanso.

El primer penal lo pateó el sobrino más chico. Al segundo penal le pegó el sobrino del medio en el ángulo y sin burlarse corrió a comer más helado, ese día no había flan. 

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