sucubo

La noche de la súcubo por M. D. Cardona

—¿Estás bien, Mauro? 

No hubo respuesta. 

—¿Mauro? 

Rafael contemplaba cómo su amigo permanecía callado, viendo hacia el vacío. Sus codos estaban clavados en una mesa de vieja madera oscurecida, y sus manos sostenían su barbilla poblada por una barba de dos días. 

—¡Mauro! —espetó Rafael. 

Y no fue hasta que su amigo le tocó su parda frente, que Mauro salió de su trance. 

—¿Qué tienes? Te he visto distraído, pero hoy parece como si no estuvieras aquí. 

Mauro volteó hacia su eufórico amigo, pero con mucha parsimonia. Estaba abstraído, con una mueca inexpresiva, pero con los ojos bien abiertos, vigilantes, e inyectados en sangre. Empero, apenas si lo vio y desvió la mirada hacia la mesa. 

La música que sonaba en el bar, era de marimba, una tonada alegre que contrastaba con la apariencia mortificada de Mauro. 

—Cuéntame —dijo Rafael sorbiendo su cerveza oscura de tarro—, para eso somos los amigos. 

—¿Dónde está mi cerveza? —comentó Mauro. 

—La tienes enfrente. ¿Pasa algo? 

Mauro dirigió una pesada, y, sobre todo, preocupada mirada, hacia Rafael. Se mordió los labios e inhaló y exhaló para darse ánimos. 

—Ayer… tuve… tuve un sueño. O algo así, no estoy seguro…

Rafael se echó una carcajada. No lo pensó bien, fue casi un acto involuntario. Para su suerte, esto no inhibió lo suficiente a su interlocutor. 

—Pero fue un sueño extraño, vívido… terriblemente vívido.

Rafael, ya un poco embriagado, se contuvo después de esa acción que trató de esconder, así que llevó rápidamente su tarro hacia su boca, y se dio cuenta que estaba vacío. 

—Ayer por la noche, mientras intentaba conciliar el sueño, vi a una mujer acercándose a mi cama. 

—¿No has pasado ya esa etapa? 

—No es lo que crees. Esto se sintió real, como si de verdad alguien estuviera allí y viniera hacia mí. 

—¿Qué no duermes con tu esposa?

—Sí. Eso lo hizo aún mejor. 

Rafael profirió una macheteada carcajada. Asintió con los labios apretados, con un gesto sarcástico. Luego, alargó el brazo hacia el tarro de Mauro, y lo cogió de la oreja, sin que su amigo se lo impidiera. 

—Si no te la quieres tomar, yo necesito eliminar mi sobriedad antes de escuchar tu historia. 

Mauro, por su parte, tenía una necesidad acuciante por la atención y oídos de su amigo. 

—¿Y la pudiste ver? 

—¿Qué? 

—Sí —dijo Rafael—, ¿pudiste ver a la mujer? ¿Acaso la recuerdas? 

Mauro se tomó unos segundos para responder. 

—La recuerdo perfectamente —respondió sin voltear a verlo. 

—¿Y cómo era? —Rafael sorbió del tarro de cerveza. 

—Era una mujer mayor —dijo—, quizá entre los cuarenta y los cuarenta y cinco años. Se miraba perfectamente joven, lozana, pero con una madurez exquisita. Poseía una figura embriagadora, robusta y curvilínea. Su pelo era negro y brillante, mientras que sus labios carnosos, me sonreían apenas mostrándome sus dientes. Y luego estaba su piel olivácea, la que apenas pude percibir por la lobreguez que había en la habitación… 

—¿Todo eso recuerdas de ella? Y, más importante: ¿todo eso viste en la oscuridad? —le preguntó con cierto dejo de indiferente sorna Rafael. 

—Tú me preguntaste cómo era —replicó el mortificado Mauro—. Pero, desde luego que eso no es todo. 

»Recuerdo, haberla visto parada, a cierta distancia de mi cama. En la oscuridad, solamente pude advertir una figura femenina, oculta por ese velo. Y, puedo afirmar, no sin sonrojarme mucho, lo excepcionalmente dotaba que se miraba: pues, sus nalgas parecían ser más benévolas, pero sus pechos, tenían un tamaño más que generoso —hizo una pausa, y luego murmuró—: pensándolo bien, se veía muy parecida a una mujer mayor que conocí, y que poblaba mis más ardientes fantasías. 

»La habitación estaba oscura, pero la luz de la luna y del alumbrado público penetraban con laxa sutileza por las amplias ventanas desnudas, ubicadas frente a la cama. Recuerdo haberla visto a contraluz. Primero, fue simplemente una forma inconsistente, pero después, se acercó lo suficiente para que pudiera advertir su figura. Volteé a ver a mi lado, y mi mujer dormía plácidamente al lado mío. 

»Ante aquella aparición, lo primero que pensé, fue que lo estaba imaginando todo. Incluso, me planteé estar dormido. Pero, escuché un susurro. Era una voz seductora, que, en retrospección, sonaba como esa mujer mayor a la que nunca pude decirle mis sentimientos. Me llamaba, en un suave murmullo. Dirigí mi mirada hacia el frente. Y vi su torso hasta cierta parte de la cadera, porque la cama me impedía poder ver más. Sí, estaba al frente de nuestra cama. Dudé, por un segundo ver la imagen de una mujer desnuda. Luego, comenzó a moverse hacia el lado de mi mujer, y me preguntó por mis fantasías en torno suyo. Desde luego que yo no le respondí nada, pues mi corazón se había acelerado. 

»—¿Alguna vez, soñaste con mancillar el lecho conyugal al lado de tu esposa? 

»Y, se pavoneó hacia mí. Sus caderas las bamboleaba seductoramente. Pude escuchar el sonido de sus pies descalzos recorrer el suelo. Entonces, sentí cómo la lascivia subía por todo mi cuerpo. Entretanto, intentaba moverme, pero no lo conseguía, estaba paralizado, mis miembros se sentían pesados e inamovibles. Incluso, intente susurrar, preguntarle quién era. Pero fracasé en cada intento. Simplemente, podía mover mis ojos, y con dificultad lograba mover mi cabeza a los lados. 

»—¿No te puedes mover, cierto? 

Parecía que podía leer mis pensamientos, con sólo mirarme a los ojos, desde aquella penumbra. 

»—No te preocupes —dijo—, lo sentirás todo. 

»Estaba deseoso de ver a través de la cortina de oscuridad, el rostro de esa mujer… 

Mauro paró el relato. Se quedó en silencio, mientras contemplaba la nada. Realmente, se esforzó por recordar el rostro de aquella mujer. Incluso, se planteó no seguir con su relato. Y, al mismo tiempo, sintió que, si no lo decía, temía que aquella experiencia que le bailoteaba en la mente, entre el sueño y una duda sobre la veracidad de sus palabras lo consumiera hasta la locura. Algunas ideas, como vocecillas en su interior, le sugerían que no podía haberlo soñado, y que, en realidad, no había sido todo producto de la fantasía. ¡En realidad todo había sido cierto! Como sea, él estaba profundamente confundido. 

—¿Y entonces qué fue lo que pasó? —Rafael se veía interesado, mientras ingería copiosamente del tarro de cerveza. 

—Había una mezcla entre la luz ambarina del alumbrado público, y una azulada proveniente de una luna llena. Pero, en aquel instante, mientras su silueta se pavoneaba a contraluz, había un espacio azulado, que por fin sacó su rostro de la incógnita. Y… y vi su rostro. Sus labios eran pequeños, pero carnosos, y sus pómulos sobresalían con gracia. Sus ojos eran unos penetrantes agujeros negros, su pelo le caía liso por los omóplatos, y le llegaba a la altura de los pechos. Recalco mi descripción, porque quiero que sea lo más fiel a lo que vi…

»—¿Me reconoces? —me dijo, en medio de una sonrisa coqueta. 

»Como he dicho antes, no podía responder, pero, ahora que lo pienso, sí que la reconocí. Su rostro era como el de aquella mujer, que tantas veces desee en los primeros años de mi juventud, y que, por el camino de vida que elegí, es imposible que pueda incluso, decirle algo. 

—No entiendo —interrumpió con su voz de borracho, Rafael—, ¿soñaste con la mujer de tus fantasías? Pero, ¿y eso qué tiene de extraño o de anormal? 

Mauro no supo qué responder a su amigo, porque tenía miedo de decir en voz alta lo que incluso, para sus adentros sonaba ridículo. Y es que, su cerebro le sugería que los eventos sí habían pasado, y lo guardaba como un recuerdo, muy parecido a la vez que le dio un beso a su mujer por primera vez. Su cerebro no dudaba de la veracidad de los hechos, pero sí su cordura. 

Rafael, se dio cuenta que su amigo, se había quedado embebido y que no daba señales de querer responder su pregunta. 

—Anda —prosiguió—, sigue con la historia —dijo al fin. 

»Después de ver su cara, mis ojos, poseídos por el espíritu de la lujuria, me hizo bajar por su cuello moreno. Sus pechos fue lo que mis ojos advirtieron luego. No puedo describir la sensación que recorría mi miembro, en esos momentos. Entonces, dio un paso más, y la luz recorrió su piel, y pude ver sus caderas en todo su esplendor. El monte de Venus, recubierto por una capa estética de vello que bajaba hasta su sexo. Yo seguía paralizado, pero, aunque pudiera haberme movido, no hubiera sabido qué hacer. 

»Ella se me acercó inclinando su cuerpo a mi oído. Sentí el aroma de su aliento llenar mis fosas nasales. Era un olor embriagador: entre almizcle y jazmín. 

»—¿Crees que se haya dado cuenta alguna vez? 

»Y, dicho esto, me miró. Yo me sentí impotente bajo su depredadora mirada. Ni siquiera alcancé a responderle con algún leve gesto. Pero ella, sabía muy bien lo que hacía, insisto, parecía que podía leerme como un libro. No sólo mis pensamientos, sino algo más hondo que eso, como mis recuerdos o deseos. De pronto, sentí cómo la tibieza de una piel sedosa y suave tenía contacto con mi cuerpo inerte. Sentí su peso aparecer poco a poco, y así, apareció encima de mí. Nuestras narices se tocaban y nuestro aliento se entremezclaba de una manera seductora. Miré su boca, y sus labios en una media luna de sonrisa. Ella comenzó a recorrer con sus manos mi cuerpo, y se concentró en un punto específico: mi abdomen y mi miembro. Comenzó con un masaje por encima de mi ropa de dormir, mientras se movía con agilidad felina en mi regazo. Su pelo me lo echaba a la cara, y lo movía con vehemencia. De pronto, se detuvo y dijo:

»—Esta noche, no necesitarás de las fantasías para tener mi cuerpo. Esta noche, tu capricho será mi capricho —y luego de decirme esto, me pasó la lengua por los labios, antes de darme un beso, que a poco estuvo de asfixiarme. 

»Después de todo este jugueteo previo, lo concluimos con el coito. 

Aquí fue cuando Mauro detuvo su narración. Y se levantó sin decir palabra. Rafael, había olvidado sus desdeñosas palabras, y estaba plantado en su silla, y escuchaba atentamente cada palabra que decía su amigo. Estaba tan absorto en las imágenes que su mente procesaba que, no se dio cuenta cuando su amigo se levantó y se fue. Al cabo de unos instantes, Mauro volvió con una cerveza en una botella. Él se allanó en su asiento y dio un sorbo a la bebida. 

—¡Qué te pasa! —golpeó la mesa con el puño Rafael—. ¡Por qué te detienes en la mejor parte! 

—Ya terminé —replicó Mauro—. Los detalles más sórdidos no te los daré. Además, no es que haya durado mucho. Fue más de lo que mi cerebro y todo mi cuerpo pudo soportar, quedé temblando en mi cama, envuelto en todo mi sudor. 

—¿Y? 

—¿Y qué? 

—¿Despertaste, o qué pasó después? 

—Ella desapareció —dio otro sorbo a su cerveza, nuevamente con la mirada perdida. 

—Es decir, que despertaste…

—No. Simplemente desapareció, y yo poco a poco comencé a tener nuevamente movilidad —ahora sí lo miró a los ojos—. Y allí estaba mi esposa, dormida. Me toqué la verga, y tenía la sensación de haber…

—¿Cogido? 

Mauro no dejó de verlo, pero tampoco le dio una respuesta en sí misma. 

—¿Insinúas que la mujer se materializó en tu cuarto y luego del sexo desapareció? ¡Como por arte de magia! 

La conversación duró un poco más. Pero de aquí en adelante, fue insustancial. Rafael insistió que, Mauro se explayara en los detalles. Luego de unas horas, él, decidió irse. Mauro, por otra parte, se quedó en la taberna aliviado, por una parte, y atormentado por otra. 

Acababa de dar la medianoche, cuando Mauro pensó que ya era suficiente. No estaba borracho, pero tampoco estaba sobrio. Estaba en los albores de la estupefacción, pero él sabía medirse. Entonces, dejó de lado la cerveza que llevaba tiempo de no beber…

—¿Ya se calentó la cerveza? 

Mauro, por alto reflejo, volteó hacia la voz. Era una bonita voz de mujer. Pero, la dueña de aquella incandescente y aflautada vocecita, era de una pelirroja, de piel pálida y lozana, y de un rostro excepcionalmente bello. Sus labios eran de un tono rojizo intenso, además de tener un tamaño prodigioso. Sus cejas eran pobladas y grandes, y su cuerpo era rollizo y dotado de una sensualidad que fácilmente eclipsaba al que la veía. 

—¿Disculpa? —dijo Mauro. 

—Te he visto desde lejos, y no has bebido de ella. ¿Ya está caliente? 

—No —dijo, sin salir por completo de su letargo—, no, es que ya no tengo ganas. Estoy por irme. 

Una amplia e iluminada sonrisa llenó su níveo rostro. Entonces, se sentó en el banco de al lado. 

—Tómate esta última cerveza conmigo, y luego te vas…

Por supuesto que esa última cerveza no fue una sola. El tiempo fue pasando, a tal punto que, Mauro se encontró con la posibilidad de saciar sus apetitos carnales en los brazos de aquella joven hermosa. Incluso, detuvo su ingesta de alcohol lo suficiente para poder concluir la proeza. 

Fueron al apartamento de la muchacha, allí se enteró que su nombre era Dafne. A Mauro le pareció un nombre bello, y ella le explicó que su madre le había puesto así, en honor al conocido mito de Apolo y Dafne. Ella, aunque bebía copiosamente alcohol, no parecía embriagarse del todo. Incluso, Mauro intentó que dejara de beber. Aquello, supuso el comienzo de un frenesí salvaje del acto amoroso. 

Dafne martillaba su trasero voluptuoso contra el regazo de Mauro. Estaba de cuclillas, mientras Mauro estaba sentado. Ambos sudaban, mientas las tetas blancas rebotaban sobre el pecho sudoroso de Dafne. El pelo de ella se había crespado en medio del calor y el sudor de sus cuerpos. Mauro tuvo el tan anhelado orgasmo, y luego sintió cómo su compañera le mordía el cuello y comenzó a succionarlo. Aquella orgía de sensaciones le hicieron caer desmayado.  

Cuando despertó, se dio cuenta, que la cama en la que estaba, no era la misma que había visto por última vez. Su mano salió en auxilio de su frente y ojos. Pensó que nuevamente había tenido una vívida fantasía o una ensoñación. Movió su brazo izquierdo, el cual estaba enterrado entre las sábanas. Sintió una sustancia cálida y viscosa desde su antebrazo hasta la palma de la mano y las yemas de sus dedos. Esto lo sacó de su sopor y se inclinó para ver qué era lo que había tocado. Inmediatamente, advirtió que las sábanas estaban empapadas en sangre, y, a unos centímetros, se hallaba su compañera, Dafne. Ella estaba sobre el pecho de su esposa, con la cabeza hundida en el cuello de su víctima. Advirtió con horror, cómo la sangre manaba a borbotones por los labios de la pelirroja. 

—¿Qué está pasando? —profirió un grito ahogado, mientras se trataba de incorporar en la cama. 

—No te molestes, Mauro —escuchó una voz conocida—. Acaba de morir. Lástima que la sangre del niño no fue del agrado de mi hija…

La habitación estaba pobremente iluminada, como en el relato de Mauro: sólo alcanzaba a entrar la luz de la luna y del alumbrado público, por las ventanas del frente. Y en esa penumbra, Mauro pudo advertir todo el devastador desorden; el cuarto, estaba de cabeza, se veía violencia por todas partes. Pero, la sangre se concentraba en la cama. Entonces, cuando la voz de la mujer dijo aquello, advirtió el cuerpo de su pequeño hijo, con el cuerpo contorsionado que, evidenciaba una agónica muerte. Estaba degollado, y la sangre que teñía toda la cama era la suya. Apenas tenía ocho años. 

Incluso, pudo ver con impotencia, cómo se le escapaba la vida a su mujer, y el brillo de sus ojos se apagaba para siembre. Con un nudo en la garganta, dejó caer dos lágrimas. Y, mientras pensaba en la manera de desquitarse de aquella desgraciada, la figura voluptuosa y curvilínea apareció de entre la oscuridad. Ella estaba desnuda, con una sonrisa sutil y en media luna. 

—¡Tú! ¿Cómo pudiste? —exclamó con la voz gangosa. 

Ella rio satisfecha.

—No creas que soy quien aparento. Soy sólo la representación de tu lascivia reprimida. Aunque, si tocas mi carne, será como si tocaras el culo de la mujer que, estimula tus fantasías. 

—Mami —dijo Dafne, mientras soltaba el cuello de la mujer de Mauro—, ¿por qué papi tiene la verga tiesa? 

Dafne, con habilidad felina se deslizó entre las sábanas y encontró el miembro de Mauro. La súcubo, por su parte, caminó hacia el lecho de Mauro. Se inclinó y él vio sus tetas caer por el peso de la gravedad, eran pechos que lo encendían aún en la desgracia. La súcubo procedió a darle un beso en el carrillo y Dafne le bajó los pantalones, e introdujo su miembro en la boca. 

La súcubo, consiguió que Mauro la besara, y él, esta vez, con los miembros a su disposición, pudo tocar y acariciar todo lo que sus fantasías requerían. Todo esto, mientras Dafne le practicaba una felación. 

—¿Te quieres coger a nuestra hija? —murmuró la súcubo mientras le correspondía los desenfrenados besos. 

—¿Nuestra qué? —apenas pudo replicar. La verdad es que no pensaba con claridad. 

Ella dejó de besarlo y le tomó el rostro. Y lo obligó a verla a los ojos. 

—Dafne es el fruto de nuestra primera unión. 

Mauro sonrió y dejó salir una carcajada. 

—Sí, sí, muy hija mía será… —y se volcó en sus pechos. 

—Estás confundido, ¿cierto? Tal vez, creas que lo que pasa aquí es fruto de un delirio, pero, me temo que haces mal en pensar eso —la súcubo lo tomó de la barbilla y lo hizo que la viera otra vez—. Dafne asesinó a tu familia, y eso es verdad. 

La súcubo alargó el brazo y apartó las sábanas de Dafne y la descubrió. Lo que advirtió Mauro, fue una cara deformada por un gesto de lujuria pura. Su piel estaba lívida, casi cadavérica, mientras que, su boca y sus mejillas estaban embarradas en la sangre de la mujer de Mauro, al igual que su verga. Su pelo estaba revuelto y cuando subió sus ojos, se dio cuenta que el color ahora era de un dorado brillante, mientras que, sus pupilas estaban elípticas, cual felino. ¡Abrió su boca, y advirtió unos colmillos filosos y desproporcionadamente largos y delgados! Los dientes del frente, también se habían tornado triangulares, como los de un tiburón. 

—¡Qué es! —chilló Mauro, mientras movía sus piernas, tratando de escapar de ella. 

La súcubo acercó su nariz a su oreja, y aspiró de tal modo, que él pudiera escucharla, y luego subió su boca y dijo: 

—Tú sabes qué es…

Mauro volteó a ver a la mujer. Ella le sonrió y asintió levemente. 

—¿Un vampiro? —murmuró con el ceño partido en dos. 

—No es sólo un vampiro —replicó la súcubo—. Es nuestra vampira. 

Dafne, ahora, con un comportamiento más primitivo, se acercó a Mauro y entre gemidos y sonidos ininteligibles, lo acarició. Le dio un beso y luego cogió su miembro y se hizo penetrar por él, no sin que la súcubo interviniera, cuando él se negó débilmente. 

Mauro parecía estar en un trance. Ni se inmutó ante la muerte terrible de su familia. La práctica de ese sexo sacrílego, lo hizo fuera de sí, como si estuviera bajo el efecto de un alucinógeno. 

Entre el obsceno acto, protagonizado por la vampira que cabalgaba en el regazo de su corrompido progenitor, mientras se aferraba a su espalda y le babeaba el cuello, observó cómo la súcubo lo masajeaba. Pero, aquella figura de mujer, se había fusionado con la de un monstruo. Y, en algunas partes de sus muslos, observó una piel verdinegra y escamosa, que brillaba de forma repugnante. Ella pasaba su lengua por su oreja. También, pudo observar unos cuernos que se curvaban levemente hacia afuera, provenientes de su frente. Y, sus orejas, se habían alargado y vuelto puntiagudas. Esto, mientras sus ojos refulgían como dos tizones ardientes. 

Mauro, comenzó a gemir de placer. 

—¿Cuándo vas tú? —le preguntó a la súcubo, con la voz entrecortada. 

Se miraron, y ella se sonrió. Acto seguido, la súcubo tomó la quijada de Mauro con fuerza y lo volteó hacia su derecha. Ahora, el tacto ya no era el mismo, sino una piel fría y áspera. 

—Me temo —dijo la súcubo—, que ya no habrá próxima, al menos conmigo —acto seguido, se dirigió a Dafne—: ¡hazlo!

Dafne profirió un gruñido gutural. Y, a continuación, procedió a morder su cuello. Los dientes penetraron fácilmente la carne de Mauro, y cual lamprea, comenzó a succionar. Ella bebió la sangre de Mauro con una agilidad demencial, y el dolor fue insoportable. Era como una aspiradora que se llevaba su vida, pero, en medio de esa mortificación, alcanzó el clímax y llegó al orgasmo. Cuando Dafne sintió rellenar su cadera con los fluidos de Mauro, dejó de beber y ambos cayeron como sopapos en la cama. 

Aquella noche, murieron tres personas. Pero la única que volvería a despertar para vagar por las noches, sería Mauro. Esta vez, para causar la perdición y la ruina a otros, en medio de orgías de sangre y sexo desenfrenado junto a su amante, su hija, Dafne. 

sobre el autor (1)

Copia de sobre el autor (1)

Soy de Guatemala y nací el 28 de noviembre de 1993. Me defino como un apasionado lector, dotado de una curiosidad que me ha conducido a advertir pasiones desbordantes, como la poesía, la filosofía, la historia, la sociología o los ensayos científicos. Pero, como inspiración, destaco a dos escritores: Poe y Kafka. Por otro lado, he publicado cuentos y poemas en diversas revistas digitales.

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