pintura hombre sentado

La moneda de tres caras por Jhonner Ramírez

En uno de los ocasos e inequívocos lugares donde suelo pensar, lograba, pues, idealizarme algo bastante paradójico y preciso. Quiero decir que no existe una frontera unilateral para derivar el significado de la razón. Sea cual fuese la respuesta a los entes establecidos, no se ha dicho ni se dirá la última palabra. “¿Por qué se piensa que hay algo y más bien nada?”, decía Heidegger sentado sobre una silla observando el silencio.

El uso de la razón debe sobrepasar el sentido estético de las creencias y por lo tanto de las supersticiones. Cuando se llega a pensar sin querer hacerlo ocurre esa catarsis, ese choque de inmediatez basado en la conducta del sentido extramoral, es decir, se define que lo bueno es lo correcto y lo malo es todo lo que no se debe hacer. ¿Por qué? ¿Cuál es la razón epistemológica para encasillar al ser en dos cajones herméticamente cerrados? ¿Es precisamente la razón quien define el rumbo del ser? Y si es así ¿qué es lo que se considera bueno y malo para la visión del hombre?

Véase un ejemplo tomado de la cotidianidad. En una escuela, dos estudiantes de aproximadamente tres años discuten por un pedazo de greda. Cuando la maestra llega al salón se da cuenta de dicho evento y le pregunta a uno de ellos quién tomó la greda del otro. Una de los niños dice que él no ha sido y el otro responde exactamente lo mismo. Si la maestra basase su razón como herramienta de mediación, se dará cuenta que uno de ellos miente y el otro dice la verdad. Este caso (que es similar a la paradoja de las puertas y los guardianes) tiene varias fisuras que merecen con determinación ser puestas al ojo del raciocinio.

Lo primero es que dividiremos a los estudiantes en sujetos: Sujeto A y Sujeto B. supóngase que el sujeto A es quien dice la verdad; lo cual hace eventualmente que el Sujeto B sea el mentiroso. Pero de esta primera hipótesis surge una pregunta verosímil: ¿a qué edad se reconoce el mundo como lo bueno y lo malo? La siguiente hipótesis sería pensar que los Sujetos A y B han sido educados bajo una serie de valores éticos desde temprana edad, lo cual se convierte en tema debatible de la razón debido a la inocuidad. Ahora bien, si el Sujeto A en medio de su domesticación reconoce que decir mentiras está mal, significa que conoce lo “bueno” como valor benevolente. Por otro lado, si el Sujeto B dice mentiras, puesto que sabe lo que piensa, decide hacerlo por voluntad y no por convicción, lo cual implica que conozca el sistema dual imperante en este caso.

Dentro de todo este asunto existe otro sujeto explícito que es la maestra (Sujeto C). En la discusión, el Sujeto C es quien va a tomar la razón como ápice de la conducta que determine la culpabilidad del Sujeto A o B. Para ello tendría que conocer la racionalidad de los individuos dentro y fuera del ambiente escolar, lo cual resultaría inviable, debido a que el Sujeto A puede haber dicho la verdad pero no significa que no mienta. Lo mismo sucede irreversiblemente con el Sujeto B.

La cuestión de conocer, explorar e indagar al sujeto dentro de un contexto implica ir a la veracidad de los actos como base fundamental. Esto quiere decir que si bien se tiene la idea lógica de algunos conocimientos, lo cierto de todo ello es que no existe verdad absoluta que adjudique todo. “Aquello que se percibe no puede ser tomado como verdad”, decía Descartes cuando analizaba la sociedad francesa del siglo XVII.

Volviendo al socavón del asunto anterior y adentrándose en la postura filosófica que radica dicho acto, puede llegar a pensarse que no existe una respuesta en la cual no se vea implicada la razón.  Claro, existirá una en la que todo intento fallido del sentido común diga que esto es sólo un rompecabezas mal armado, pero lo cierto es que cada sentido, etapa o ideología del pensamiento debe pasar por el mínimo acto de filosofar. El hombre, en su búsqueda indescifrable y primitiva de preguntarse a sí mismo, debe por ley no resolver, al menos hasta ahora, el dilema que el pensamiento trae consigo. 

Tengo 23 años. Soy licenciado en humanidades y lengua castellana. Actualmente tengo la oportunidad de realizar una especialización en filosofía clásica. Vivo en Bogotá, Colombia y he publicado en dos revistas digitales cuentos cortos: La Revista Fantastique de la ciudad de México con un cuento titulado La familia Viper y la otra publicación es de una revista de mi país llamada Sombralarga, con un cuento titulado El asesino invisible.

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