mujer guapa

La flaca más linda por Alejandro Stafuza

Si hay algo que odio más que el apio es la rutina. Cualquier especialista de la salud mental concuerda en que la repetición de acciones vuelve monótona la vida. Y junto con la monotonía comienza el hastío, y junto con el hastío, se revela el sinsentido. Por desgracia, por unos años estuve inmerso en esa costumbre a la que la civilización llama “cursado universitario” y que promete un feliz y brillante destino a quien logre atravesarlo con éxito. Cuando nos damos cuenta que el final de todo son más días iguales, es ya muy tarde.

Pero hay algo que siempre nos da un mínimo resplandor de espontaneidad entre tanto hábito. Como decía Platón, sin equivocarse: “todo fenómeno amoroso comienza con el avistaje de un cuerpo hermoso”. Hasta el día de hoy nadie puede contrariar aquella frase del pensador griego. Y ella era la única razón por la que mis idas a la facultad se hacían menos tediosas.

La recuerdo con tanta exactitud que incluso podría describirla. Y lo haré: baja, más baja que yo, pasaba sin muchos centímetros de sobra el metro sesenta, de cabello naturalmente lacio y de un castaño ceniza que se opacaba a la noche y brillaba en el día. Cuerpo delgado, a pesar de ser conocida por tener un inusual apetito. Una vez, comió ella sola una pizza y media especial con morrones “don pedro”. Inteligente y sagaz, de voz aguda, melodiosa, congeniaba con todos y siempre aportaba algo en las clases.

Yo la miraba casi con admiración. Ir y tratar de intercambiar palabras no era una opción para mí. Nunca comenté con nadie mi afecto secreto por ella. Los chismes y rumores circulaban muy rápido en mi curso. Llegué a enterarme una vez que la hermana de la tía de una compañera se operó las siliconas tres veces, una vez por cada seno.

Así que con mucho recaudo, mantuve ese amor para conmigo mismo, seguramente por miedo a no ser correspondido y terminar humillado, vapuleado, masacrado y escupido.

Una vez compartimos un viaje en colectivo. Sin querer cruzamos miradas, y creo que me sonrió. De repente, comenzó a caminar hacia mí desde el fondo de aquel noble transporte, sin dejar de mirarme a los ojos. Pero el colectivo frenó, con la fiereza que distingue a un chofer enojado con el mundo, y todos los pasajeros a bordo se sacudieron por la inercia. Las puertas del medio se abrieron y un puñado de gente descendió. Yo intenté buscar con esperanza los ojos de aquella persona que me mantenían al borde de la pasión, pero no di con mi destino.

Después de pasearme por todo el bus inspeccionando asientos y rincones, y de saltearme dos paradas de donde debía bajar, di por sentado que ella había bajado junto con aquellas personas, antes de la maléfica frenada efectuada por aquel conductor salido del mismísimo averno.

Ese día caminé hasta mi casa pensando en qué decirle al siguiente, ya decidido a hablarle de una vez por todas y de poder dejar de lado el mutismo que me separaba de quien posiblemente sería la mujer de mis sueños.

Las horas pasaron rápido, no tomé ningún apunte, como siempre, aún conservo el cuaderno completamente blanco. Sólo la veía a ella. El momento de la salida sobrevino y yo abandoné con rapidez el aula, empujando sin querer a una compañera no vidente, y quedé aguardando por ella en la entrada. Iba a ofrecerle mi compañía hasta su casa, desde el colectivo hasta el subsiguiente viaje a pie, para así dar inicio a la mejor relación de nuestras vidas.

Pero su novio también la esperó. Fue en una imponente y ruidosa motocicleta que humeaba hirviente desde el caño de escape y cuyo ruido se hacía notar a kilómetros de distancia. Ella lo besó y se subió. Y en un instante desaparecieron en la vuelta de una esquina.

Yo esperé como siempre el colectivo. Me subí y, aun sabiendo que ella no iba a estar, la busqué con la mirada. Aquellos ojos que resplandecían en la tarde-noche ahora estaban ausentes, al igual que mis esperanzas. Sólo había gente que volvía de sus trabajos. Señoras mayores que terminaban de hacer sus compras. Niños regresando de las escuelas. Y también estaba Rita. Otra de mis compañeras, una gordita pechugona y macanuda que siempre me prestó sus fotocopias para estudiar y todos los días viajaba conmigo en el colectivo. Terminé saliendo con ella tres meses. 

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