guerra invierno

Invierno por Camilo Romero Maturano

Algo no cuadra para Pyotr Kuznetsov: piensa que  frío y, sin embargo, no lo siente; todo transcurre a un ritmo impreciso —a veces rápido, con saltos; a veces en cámara lenta— y apenas puede concentrarse cuando alguien le viene a hablar, y las caras son casi todas blancas con narices coloradas, y cuando hablan hay eco, y reconoce por primera vez la nieve, de la cual —sólo ahora— está seguro lo ha acompañado desde siempre, pero no sabe por qué las cosas más básicas de su vida han sido puestas en duda; ahora olvida lo que acaba de pensar; olvida que acaba de olvidar todo eso, sólo va hacia adelante y está marchando en un desfile; todo está teñido de rojo, que por suerte no es sangre; los discursos le encienden una llama desconocida en el pecho, justo al costado de una insignia clavada en el verde uniforme que acaba de notar que lleva puesto; y por sus venas circula una esperanza ciega. Encuentra a su lado a Nikolay Volkov, su camarada, y le comenta algo inevitable: “Llegarán con el invierno”, y Volkov asiente y mira su uniforme y los de los otros, y entonces todo se vuelve aún más difuso, atropellado, casi imposible, surreal.

Peter Schmidt despierta en su litera. Se incorpora entre ronquidos ajenos, se frota los ojos en busca de nitidez y mira por la ventana, hacia el horizonte. Contempla alguna que otra luz perdida en el predio. Klaus Wolff, insomne en la litera contigua, le pregunta qué le sucede. “Ojalá lleguemos a Moscú antes del invierno”, dice Schmidt. “Sí”, contesta Wolff y, mientras evita recordar la condena de los hombres que han repetido hechos a lo largo de la historia, dirige su inquieta vista hacia el uniforme doblado en una silla. Los otros soldados del cuartel están tranquilos, pero únicamente porque no se han despertado durante el primer sueño de la corta noche.

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