brujas

Evanescentes por Andrea V. Luna

Entró sonriendo pero saludó lacónicamente.

—Buenos días, chicos.

Llevaba de mal humor toda la mañana y deseaba con todas sus ganas que se le pasara pronto: no podría tolerar un solo incidente más. ¿Qué les pasaba a todos? ¿Se habían puesto de acuerdo para endiablarse todos a la vez? ¡La lluvia! Posiblemente fuera la incomodidad que traía la lluvia…

Esperó unos segundos y le complació escuchar una respuesta amistosa más o menos al unísono. Se sentó tras el escritorio, cumplió con las formalidades que la burocracia le exigía y preguntó en voz alta:

—¿Se acordaron de traer lo que les pedí?

—¡Sí! —Las voces chillaron entusiastas y, de inmediato, comenzó un bullicio prometedor.

Con sólo un gesto, los jóvenes reacomodaron el mobiliario del aula amontonando sillas y mesas contra la pared, tendieron mantas en el suelo y taparon las ventanas para no permitir que entrara luz desde afuera. Por primera vez en años, la clase de Literatura estaba destinada a ser interesante.

El profesor suspiró en un gesto que necesitaba tanto para cambiar el aire de los pulmones como su estado de ánimo. Sonrió, colocó un cartel del lado de afuera de la puerta que daba al pasillo y que indicaba «No molestar: estamos trabajando la mente» y se sentó en el suelo de espaldas a la entrada. Apagaron las luces y todo quedó en una concurrida penumbra que pronto fue silenciándose hasta alcanzar una incómoda sensación de vacío.

La consigna del día era clara: contar historias de terror iluminándose apenas con la tenue pantalla de los teléfonos móviles.

Unos tras otros, aplausos y gritos de por medio, se fueron sucediendo vampiros, hombres lobo y brujas malísimas con calderos humeantes y hambrientas de niños inocentes. «Nada nuevo», pensó tantas veces que no fue capaz de contarlas. Comenzaba a sentir sed por una historia original… «¡Ufa! No puede ser», se descubrió pensando, porque tampoco se le ocurría nada. Esperó a que terminara su relato el alumno que había tomado la palabra, escribió la calificación que consideró la adecuada y, cuando estaba por llamar al siguiente en la lista, notó cómo su mente se iba poblando con una idea que lo sacaría del letargo. Se acomodó mejor sobre el almohadón en el que se había sentado sobre el suelo, aclaró la voz y se dispuso a… bueno, siempre venía bien sacar de la galera alguna buena historia de Edgard Allan Poe… Abrió la boca para comenzar, pero fue inmediatamente interrumpido por la alumna menos pensada.

—Profe… yo traje esto —dijo, mostrando la mano cerrada que no dejaba ver del todo—. ¿Puedo contar una historia?

—Sí, claro —respondió el profesor mirándola de arriba abajo y de vuelta.

¿Qué podría aportar ella? Observó los pesados borceguíes de hombre, las calzas negras groseramente cortarrajeadas, la remera camuflada en lo que fueran tonos de grises, los grandes anillos, los labios pintados de negro, las uñas raídas y el cabello… y el cabello a medio rapar en lo que consideró un horror no menos tremendo que los expansores que llevaba en las orejas o los piercings en la cara. Suspiró. No, nada bueno podría aportar… Le indicó que se ubicara en el lugar que deseara para comenzar a narrar y ella sí lo hizo.

—Hace un par de años encontré esto —comenzó diciendo mientras abría el puó y exhibía un pequeño objeto envuelto en un liencillo y que iba descubriendo poco a poco—. Era de mi abuela —refirió— y estaba escondido en un lugar que sólo yo conozco. En realidad, yo era la única a la que confiaba muchas, pero muchas cosas y secretos que ella guardaba en el más absoluto de los silencios: no confiaba en nadie que no fuera yo.

Colocó el objeto en el suelo, en medio de sus compañeros y justo en el centro del aula. Se trataba de una pirámide de cristal de roca de unos cinco centímetros de lado, labrada con exquisitez tal que lograba siempre cautivar la atención de quienes tenían el privilegio de verla. No reflejaba, sin embargo, la escasa luz que recibía desde la penumbra prevista por los alumnos para llevar a cabo la experiencia del día. De alguna extraña manera, daba la impresión de absorber los rayos de sol que se atrevían a colarse entre las uniones del improvisado cortinado.

Un murmullo comenzó a gestarse entre un cuchicheo y otro, llevando consigo todo el desdén y el rechazo que habían acumulado contra ella. Le temían con el temor que produce lo diferente. El profesor chistó un par de veces sólo para conseguir algo que tal vez fuera peor: un incómodo e insostenible silencio.

—La historia comienza con una niña, casi mujer, corriendo por las calles desiertas de un pueblo. Estaba anocheciendo ya y todos allí sabían acerca de los peligros de andar en la oscuridad… excepto ella. O acaso sí lo supiera, porque su paso no era temeroso, sino firme y con un rumbo preciso. Desde las ventanas y mirillas, los rostros escondidos la seguían con desdén, pues ninguno de ellos había logrado adquirir la capacidad de aceptarla así, como era, diferente en un solo y mínimo detalle: un lunar negro en el globo ocular, justo al lado de un iris cuyo verde era tan intenso como las praderas en verano. Creía la gente que era una señal inefable de haber pactado con fuerzas malignas, porque no podían explicar de otra manera cómo una jovencita tan bella se veía afeada por tal aberración… y justamente allí, en las ventanas del alma.

Cerró los ojos y se permitió escuchar por un instante apenas un nuevo murmullo de sus compañeros. Frunció los labios ya no en un gesto de desdén o de disgusto, sino de profunda pena. Sabía bien lo que decían a sus espaldas, con sus mentes estrechas, sabía también que no querían otra cosa.
Necesitó elevar la voz para continuar… Ahora su tono había cambiado: ya no denotaría ni un dejo de timidez o de temor alguno.

—La joven se detuvo frente a una puerta de madera desvencijada que los años habían transformado en una sombra apenas de su antiguo esplendor. “Mi señor, mi señor… ¡Ábreme que anochece! Traje lo que me pediste: tu hija sanará”, gritó y aunque nadie había en las calles, todos allí la escucharon. Los goznes chirriaron lenta, ceremoniosa y aterradoramente: no sabían hacerlo de otra manera. La mano del hombre se asomó con la palma abierta hacia arriba y recibió algunas hierbas a cambio de una pequeña bolsa de piel con tres monedas dentro. Inmediatamente, la puerta se cerró. Por algunos segundos, hubo silencio. La niña dio algunos golpecitos, llamando, llamando… hasta que la mudez de la atmósfera se hizo densa como densa era la bruma en la noche que llegaba. El temor heló la sangre de la joven y llamó de nuevo: «Ábreme, mi señor, que la noche arrecia y la muerte se allega». «¡No asilo brujas!», escuchó decir. «Salvé a tu hija, ten compasión»… Pero ni un latido se escuchaba en el interior de la vivienda que la rechazaba.

—Era un fenómeno como tú —creyó escuchar entre el tumulto de jóvenes que se inquietaban en sus lugares.

—¡Calla! La historia está buena —dijo alguien más.

—Regresó a la calle corriendo, con el corazón temeroso de lo que vendría con la oscuridad ineludible —prosiguió luego de un largo suspiro en el que deseó que se callaran—. Golpeaba con decisión en cada puerta, de cada casa del viejo pueblo de almas negras por el temor y la falta de piedad, llenas de rechazo, llenas de putrefacción. La noche llegaba sin brindarle un refugio, y lo hacía con murmullos oscuros que poblaban cada átomo de aire. ¿Quién tenía más terror? Yo no lo sé, pero la niña se acurrucó en la encrucijada de dos calles de tierra y piedra creyendo que se haría más pequeña y el mal no la alcanzaría. Pero el mal tenía ojos, oídos, bocas, garras y buscaba la víctima propicia para saciar sus ansias de más poder… de más tinieblas… de más perpetuidad. Porque consumir almas niñas le daba una sensación de eternidad que justificaba cada esbozo de su cruel manifestación: sin cuerpo, sin sustancia… hasta ese momento de morbo certero en el que se transformaba en la corporeización de cada pesadilla. «¡Custodi animam meam! Custodi animam meam… Custodi animam meam… Custodia mi alma», repetía la niña casi mujer, aferrando en sus manos un amuleto que llevaba al cuello.

—Bruja tenía que ser…

—Podía haber inventado algo más original.

—¡Silencio! Déjenla terminar. Ninguno contó nada mejor. Lily…

La mueca de desdén de la joven se afeó en el movimiento descontrolado del arete que encajaba en la perforación de su labio inferior. La mirada se endureció junto con cada músculo de su rostro. Cerró los ojos y se concentró en terminar su historia.

—«¡Custodi animam meam! Custodi animam meam… Custodi animam meam», pero nadie vino en su ayuda. Los hombres y las mujeres escondidos tras las puertas y los muros cerraron los ojos como si en ese gesto se apartaran del horror que la niña viviría allí afuera, sola, arrojada a su suerte. Un tremor de unas como alas incontables lo llenó todo con un estruendo creciente. Los corazones se helaron y algunos, del terror, se detuvieron para no volver a latir nunca más. Las gargantas ahogaron gritos antes de nacer y las uñas se clavaron en las carnes que juraran proteger. El ruido no cesaba, no cesaba, como un eterno terremoto de maldad pujante que destruía todo a su paso. Y, sin embargo, nadie sintió culpa… Cuando todo hubo terminado, todavía esperaron largos minutos más antes de asomar su cabeza los pobladores impíos. Los pechos temerosos esperaban encontrar un cuerpo mutilado, como otras veces, como siempre que la noche vencía; sin embargo, nada había allí y creyeron que sus cavilaciones eran ciertas: no había duda ya, la niña era una bruja maldita que había pactado con el diablo. Pero no, de detrás de un aljibe ella se asomó con un amuleto en la mano. “La oscuridad me dio esto y me dijo que me protegería de la verdadera maldad”, afirmó. Abrió la mano y mostró un objeto pequeño, como este que yo tengo ahora, acá (decía me abuela que, en realidad, es el mismo)… Y cuando los hombres y mujeres que la habían abandonado lo vieron, fueron absorbidos por una densísima negrura que salía de la piedra tallada… sus cuerpos y sus almas nutrieron el amuleto y desaparecieron del mundo para siempre. Nadie quedó en el pueblo, porque nadie la había deseado salvar aquella noche. La justicia llega, a veces, de manos de lo inesperado. El amuleto, entonces, es eso, la manifestación de la justicia más allá de uno mismo: conoce lo más recóndito de las almas, las selecciona, y absorbe aquellas de las que se nutre la misma oscuridad que lo creó, y que fuera la única que se apiadara de la niña.

Exhaló extrañeza con la última palabra. Recordó con anhelada exactitud cada palabra dicha por su abuela cuando le contara esa historia y sonrió con desgano, con tristeza o con dolor.

Cuando por fin abrió los ojos, el salón de su cuarto año del secundario estaba vacío con la lobreguez que quedaba de la magia contenida. Se encogió de hombros entristecida por no haber podido salvar a ninguno, tomó su mochila y salió de allí, justo cuando el timbre tocaba anunciando la finalización de la jornada de clases.

Escritora, periodista y profesora en Letras recibida en la Universidad Nacional de La Plata. Si bien toda su vida fue una apasionada del mundo literario, recién a los 38 años decidió abordar la escritura lejos de los límites de un hobby; y lo hizo con apasionada dedicación, decidida a aportar una nueva visión de la realidad cotidiana lisa y llana. El Fantástico es su especialidad y ha experimentado todas sus variantes, decidiéndose en sus novelas por el Realismo-Fantástico arraigado, con preferencia, en la Patagonia Argentina, lugar mágico por excelencia. La combinación de este ámbito de naturaleza exuberante con otros diametralmente diferentes o imaginarios es una de sus características esenciales, junto con la idea firme de que  el mundo de las cosas no es tan rígido como lo imaginamos: más allá de lo que podemos ver hay todo un abanico de posibilidades inexplicables, sorprendentes y dignas de ser contadas desde una visión que privilegia el descubrimiento y el asombro. Sus personajes (que cuentan sus vivencias de manera visceral) siempre son guerreros, héroes resilientes, en el sentido de que afrontan las atrocidades que la vida les plantea con un coraje que resurge de sus propios temores, conformando una serie de metáforas y alegorías que el lector encontrará catárticas. El lector se sentirá envuelto en una magia tangible, cargada de delicadezas que serán parte de un nuevo modo de ver la realidad.

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