Vagabundo

En busca de la verdadera felicidad por Servando Clemens

Pasaron las horas y el perro de Benjamín Gil no aparecía por ningún lado; según el testimonio de los vecinos, el can había brincando la verja de la casa. 

—Pegó un salto de metro y medio —dijo doña Eleonor, mientras sostenía una humeante taza de café—, luego corrió como loco por la calle, dio vuelta a la manzana y ya no supe más de él. 

—Yo creo que el perro andaba enamorado —dijo Kito, el vecino de enseguida, aún en pijama. 

—¿Enamorado? —preguntó doña Eleonor—. ¿Acaso los perros se enamoran? 

—Andaba caliente pues… 

Benjamín Gil no hizo nada al respecto; sin embargo, todos los que conocimos a Sandro (así se llamaba el extraviado) empezamos a buscarlo alrededor de la vecindad, en los callejones oscuros, dentro de los carros abandonados, en los contenedores de basura, en las alcantarillas abiertas, pero no hubo suerte. La noche cayó de repente. A lo lejos se escuchaban los chillidos lastimeros de algún animal perdido y algunas lágrimas mojaron nuestros ojos. Don Pablo, armándose de valor, sacó su linterna, y montado en su bicicleta, salió en su búsqueda. Horas más tarde y cuando unos rayos dorados ya iluminaban a la ciudad, don Pablo regresó húmedo por la brisa y con los hombros caídos. 

—No lo pude encontrar por ningún lado —dijo don Pablo—, quizá lo atropelló un coche muy lejos de aquí. 

Sabía que yo, debido a mi intelecto superior, era el único que podía hallarlo. Me fui hasta el centro de la ciudad y pocas horas después, lo vi en una plaza pública, robándoles migajas de pan a las palomas y tomando agua turbia de los charcos. Me fui acercado a él con sumo cuidado y cuando lo tuve cerca, le hablé:

—Sandro, ¿qué haces aquí? Todos te andan buscando. 

—Huyendo de mi sufrimiento —respondió sin mirarme a los ojos—. Ya no soportaba los maltratos de mi amo. Él era cruel conmigo porque lo desobedecí. 

—¿Maltratos? ¿Cruel? ¿De qué carajos hablas, amigo? 

—Sí —dijo Sandro—. Él me pegaba con una vara. 

—No lo sabía. Nunca me di cuenta de eso. Yo sólo veía que habitabas una casa de ricos. 

—Claro —dijo—, tú estás muy a gusto en tu casa y no te fijas en los demás. A ti te tratan de lujo tus dueños. 

—¿Mis dueños? ¿Qué dices? Yo no tengo dueños, los gatos no tenemos amos. 

—Por favor, no te hagas el tonto. Sales cuando tú quieres y te dan cariño, pero eso no significa que no tengas amos. 

—Los humanos que viven en mi casa son mis amigos, no mis dueños. 

—Bueno, si tú lo dices… 

—Vamos, déjate de tonterías y sígueme. Todos te andan buscando. Si quieres, puedes vivir en los techos, yo he vivido en esos sitios muchos días. Yo te puedo llevar pescado y leche. 

—De verdad, prefiero morir de hambre a regresar al barrio. Y yo no puedo trepar los techos, por si no lo sabías. 

Estuvimos platicando encima de una banca y Sandro me fue contando con lujo de detalle todos lo que sufrió cuando su amo lo hacía pelear contra otros perros para ganar dinero. Sandro renunció a las luchas y las cosas cambiaron radicalmente para mal. Yo le dije que le llevaría comida, un oso de peluche y una frazada para que pasara las frías noches en aquella sombría plaza que estaba llena de malvivientes. 

—Gracias —dijo Sandro y se fue triste a buscar suerte. 

Le dije que alguien lo podría adoptar en el barrio, pero ya no me escuchó. Con el paso de los días, Sandro se puso flaco, y no por la falta de comida, sino por la falta de cariño. 

—Te traje un poco de atún y una bola de estambre —le dije un día. 

—Gracias. —Comió resignado e ignoró la bola de estambre. 

—¿Qué tienes? 

—Nada, nada. No te preocupes por mí. 

Un mes después lo miré. Ya estaba más repuesto y se le veía feliz. No obstante, me preocupé. Andaba con un viejo loco de barbas largas y blancas. Lo seguí y noté que vivía en una casa de cartón, debajo de un puente. Había más perros corrientes. El viejo les daba comida y los tapaba con periódicos.

—Sandro —le murmuré—. Vamos, sígueme. Yo te ayudaré a escapar. 

—¿Escapar? ¿De qué? 

—De la vida terrible que estás viviendo. De la pobreza, claro. 

—No, amigo —dijo—. Ahora sé lo que es la felicidad. 

El viejo loco acarició la cabeza de Sandro con una mano tan mugrosa que hasta me dieron ganas de vomitar. 

—Me tengo que ir —le dije. 

—Adiós y gracias por todo. Eres un amigo de verdad. 

«Definitivamente jamás entenderé a los humanos y a los perros», pensé mientras regresaba a mi departamento. 

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