ventana niño

El pequinés por Víctor M. Campos

Amanecía si mal no recuerdo. Se nos había perdido el pequinés y Juan sugirió que fuéramos a buscarlo. Vivíamos en una colonia a la orilla de la ciudad, al pie de un cerro, así que lo lógico era empezar por ahí. Eso dijo Juan: es un lugar muy bueno para esconderse. Me pareció que tenía razón. Nos iríamos sin avisar. De otro modo tendríamos que pedir permiso y no hay cosa interesante que pueda pasarnos en la vida si tenemos que pedir permiso antes. 

Nos fuimos. 

Siempre me decían en la casa que no hablara con extraños ni mucho menos que me fuera con ellos, pero Juan no era un extraño. Al menos, no para mí. La subidita al cerro era larga y pesada. Mientras más subíamos, más atrás se iba quedando la ciudad: allá abajo, lejos; esa mole gris de la que apenas llegaban los cláxones y el rumor de la gente. 

Era como abandonar un mundo y meterse en otro. 

Pronto me empezó a dar sed. Juan iba adelante, abriéndose paso con una vara larga, y escupiendo gargajos fabulosos a cada rato. No llevábamos agua. Juan había robado, al pasar, un par de naranjas de una tienda en las últimas calles, pero hacía rato que nos las habíamos comido ya. 

Doblamos en una esquina del bosque. El mediodía se quedó por ahí y nos metimos por un camino abovedado que hacía las veces de umbral hacia donde fuera que nos dirigiéramos. Si el pequinés había recorrido este mismo camino, supuse que lo hallaríamos por ahí dormitando.

O no. 

De él nunca sabía bien qué pasaba por su cabeza, pero no había duda que pensaba mucho: podía pasar el día entero observándote, con esa luna menguada de la esclerótica, pero sin decir palabra. Te miraba y cuando por fin lograba desentrañar tu misterio, se ponía en marcha y desaparecía hasta la noche. Pero la noche anterior no había vuelto. Un día apareció por la casa y alguien le acercó un plato de sopa fría y una bandeja con agua de la llave. Me preguntaba, al final del largo camino abovedado, si el pequinés tendría sed. 

Yo tenía. 

Juan había dejado de escupir y había aventado la vara entre los árboles. La ciudad era, en el mejor de los casos, un mal recuerdo. Una cosa allá atrás a la que no se sabía si algún día volveríamos. 

Atravesamos el umbral.     

La risa alegre de un cuerpo de agua se escuchó ya no tan lejos. Juan fue el primero en llegar hasta allí. Hundió sus tenis mugrosos en el agua limpia. Supuse que se agacharía y haría cuenco con las manos para quitarse la sed, pero lo que hizo fue otra cosa: se quedó en pie, de espaldas a mí, separó las piernas y empezó a orinar. Un chorro pesado y turbio cayó contra el cielo que tenía a sus pies. Me quedé estático mirándolo: había algo escondido, en algún sitio, que me devolvía la mirada y me acariciaba la piel. De un sólo tirón se subió el cierre y me hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera. Antes me incliné y, del cuenco de las manos, bebí hasta saciarme. 

El agua arrojó sombras sobre el bosque. El viento sopló entre los árboles que algo se dijeron en una lengua arcana. No sabía mal ese cielo fresco. Nada que nos quite la sed puede sabernos mal. 

Juan se detuvo, volteó hacia mí y sonrió.  Luego, con un dedo, señaló hacia el cielo. No entendí muy bien hasta que se empezó a quitar la ropa. La sudadera y la playera primero; se quitó los tenis y el pantalón: se volvió a calzar los tenis y, de un clavado, desapareció. 

Me estremecí. 

El cielo adoptaba su cuerpo escuálido que se perdía bajo las lajas celestes y las verdes nubes de limo. Vente, me dijo con la mano. Mi piel se enchinó y dije que no. Está calientita, dijo al fin y se acercó a la orilla. Fui con él y me dejé ayudar. La sudadera y la playera primero; los tenis, los calcetines, lo demás. 

Juan tenía razón. 

El cielo le transmitió a mi cuerpo el calor y el arropo que necesitaba. Debajo nadaban pájaros que me hacían cosquillas en los pies. Juan y yo flotábamos, callados, en la superficie manchada de sombra. Por momentos su cuerpo y el mío eran uno solo. 

Perdí la dimensión del tiempo. 

Estuvimos ahí hasta que montones de peces con alas surcaron el atardecer. Nuestra piel se había arrugado tanto que parecía la de un par de viejos capaces de entenderse con los árboles. Le pedí que no nos fuéramos o que, en todo caso, volviéramos otra vez. Juan sonrió. Por todo el camino de regreso sus pies iban chapoteando en los tenis. 

Ni esa vez ni las siguientes encontramos al pequinés.

sobre el autor (1)

Víctor M. Campos

Víctor M. Campos es licenciado en Docencia del Arte, por la UAQ, y tiene un pie en la maestría en Intervención social, Cultura y Sociedad en la Pablo de Olavide. Es cuentista publicado por el Fondo Editorial de Querétaro, con los títulos La Diablera y otros cuentos (2005), Los Cuentos del Arcángel (2006); además por una docena de revistas electrónicas. Desde 2009 imparte talleres de escritura en el Museo de la Ciudad, también en Querétaro, y actualmente es parte del Colectivo Punto Ciego que desarrolla proyectos de investigación a propósito de la discapacidad visual.

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