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El cuadro inconsciente por Francois Villanueva Paravicino

Al ver que Giovanna no apareció aquel anochecer, el pintor Lucrecio Vencedor asumió como verdad la advertencia que ella le venía diciendo los días previos. En una de las bancas de la plaza San Martín, esperó una hora ofertando sus cuadros surrealistas: seres deformes como demonios y diablos fragmentados, paisajes abigarrados y apocalípticos sin orden ni estructura sólida, sueños y pesadillas luminosas o sombrías, o paroxísticas escenas sin forma basados en algún pasaje infernal de la Literatura Universal o de las diferentes biblias religiosas. Al caer por completo el crepúsculo, Lucrecio decidió ir a buscar a aquella mujer que le inspiraba un deseo, una piedad y un misterio inevitables, y así fue al estrecho cuarto de alquiler donde ella laboraba en pésimas condiciones. 

La puerta sin asegurar de la habitación de Giovi, como él la llamaba con cariño, cedió quejumbrosa y la halló tendida sobre la cama, vestida con una minifalda roja y una blusa lila, con el rostro bello y sudoroso, en medio de sábanas y cubrecamas húmedas y desordenadas, junto a dos botellas vacías de pisco a su costado. Dormía, pero abrió los ojos de pestañas con rímel al sentir la presencia de Lucrecio, sonrió con debilidad, pero luego hizo una mueca de dolor, y dijo con voz ebria y desfalleciente:

—Vencedor, estoy derrotada. Necesito salir de esto o me mataré.

—No digas eso, Giovi —dijo Vencedor y le acarició la frente húmeda, con amor—. Debes mantener la calma y no desesperarte. 

—Lo siento, Vencedor, pero no puedo más —dijo con tono decreciente, limpiándose con los dedos perlas de sudor de la frente. Sus movimientos embriagados eran inarmónicos. 

—Giovi, te prometo que desde ahora todo comenzará de nuevo para nosotros. Esperaba esperar más, pero sé que no es necesario más tiempo. Saldremos de esto, mi Giovi. 

Giovi le miró con ternura, iba decir algo, pero se sumergió en el lago sombrío de un sueño profundo, cerrando los párpados trémulos con debilidad. Lucrecio lloró, recapacitó con severidad lo prometido, analizó las circunstancias, y decidió con fe y sufrimiento su promesa: Giovi cambiaría el rumbo de su vida y, a su lado como un ser querido, estaría él, para protegerla y ser su compañero fiel. 

Se mudaron a una quinta de La Victoria y el artista callejero empezó la época más prolífica de su vida, pintando cuadros a profusión y con una calidad que a veces vencía su mediocridad. Cerca de él, en los alrededores de la plaza Italia, Giovanna ofrecía caramelos en los restaurantes y en el resto de los establecimientos, ganándose la vida gracias a la caridad. El desayuno y el almuerzo, que sazonaba Giovi con lo poco que tenían, lo tomaban juntos y, por la noche, si es que habían acumulado una ganancia fuera de lo común durante el día, aprovechaban muy contentos para irse a cenar algo especial, y si no, solo había que dormir con un pan y algo de agua en el estómago. Una tarde, por ejemplo, un señor gordo vestido con terno y bastón elegante, de rostro serio y noble, le pagó a Giovi las dos bolsas con caramelos que ofertaba empeñosa, sin solicitarle la entrega de las golosinas, algo que la pareja festejó con una buena merienda nocturna. Sucedía lo mismo si a Vencedor también le iba bien. Y era común que al menos una vez a la semana existiera una gran noche. 

Un atardecer otoñal de aquel año —frío, húmedo y fastidioso—, cuando Lucrecio se alistaba para recoger sus pinturas e irse a descansar, un tipo de saco y corbata, con lentes dorados de lunas negras y un reloj de plata, se detuvo delante de un cuadro que expresaba el abrazo de dos sombras humanas, donde la femenina tenía enterrado los pies en un lago pantanoso y el varonil la abrazaba como atajándola de una sumersión inminente. El fondo amarillento y difuso era un crepúsculo sanguinolento en medio de un paisaje disforme, con manchas de rojos exóticos y cinabrios exuberantes, pardos arbóreos y azules acuáticos, sombras prístinas como la conciencia más secreta del hombre. El admirador, en ese sentido, lo escudriñó con admiración en la mirada, levantando la montura de las gafas; asintiendo con un movimiento leve de la cabeza y, al final, preguntó por el precio.

—Cinco soles —contestó Lucrecio expectante. 

El hombre, con gesto calculador, se presentó de manera amistosa como Ruy Mujica, e interesado quiso saber por otros cuadros de igual calidad que el que tenía en frente, y Lucrecio tuvo que mostrarle el resto de su trabajo que, envueltos en lonas, se disponían hace poco a ser regresados sin ser vendidos. Tras una milimétrica evaluación, que duró unos minutos, Ruy Mujica sonriente le reveló su simpatía por su trabajo, y con gran amabilidad se llevó cinco cuadros pagando con veinticinco soles en billete y moneda, alegando que obras como aquellas deberían valer un precio más elevado. Alabó el exotismo del talento de Lucrecio, prometiéndole que volvería cada cierto tiempo para adquirirlas de diez en diez. Lucrecio se alegró mucho, le agradeció y, ya en casa, narró contentísimo lo sucedido a Giovi, quien sin sorprenderse mucho le confesó que había soñado la noche anterior a su abuelita fallecida cuando ella tenía quince años y la dejó huérfana en el mundo, y que aquel anuncio onírico siempre le traía buena suerte. 

Aquel hombre de talante importante, como lo era Ruy Mujica, acostumbraba a regresar en un mes o cada dos meses para llevarse decenas o docenas de las obras de Lucrecio al contado, algo que aquel artista callejero valoraba en lo más hondo de su admiración. Sin embargo, el pintor ambulante jamás descubriría que la artimaña de su comprador más generoso era revender sus obras en un parque de Miraflores a un precio diez veces más caro. Por el contrario, luego de cada venta hecha por Ruy Mujica a Lucrecio, él y Giovi disfrutaban una buena cena y, si la ocasión ameritaba, juntos y acompañados con los amigos de también humilde condición, se iban a gozar a los conciertos de “Papá” Chacalón en los locales de mediados de los ochenta de la avenida Grau, donde los dos imaginaban, entre botellas de cerveza y cigarrillos, escuchando a todo parlante cumbias andinas y selváticas, la nobleza de aquel mecenas caritativo. 

Por esa época, Lucrecio fue entrevistado por un reportero de un diario local popular y cuya central le dedicó una nota a todo color, algo que le ayudó en la venta de sus cuadros los días y las semanas inmediatas. Con ello, alcanzó cierta cumbre de la época de vacas gordas, y siempre él lo creyó como una bendición por salvar de las garras del Mal a Giovi, quizás el único ser importante en su vida exceptuando a sus padres y hermanos entonces extintos. Al menos hasta ese momento, desde que empezaron a convivir juntos, no enfrentaron muchas penurias como las que se avecinaban.

A las semanas siguientes, Lucrecio Vencedor escuchó o entendió a cabalidad el significado de la llegada del grupo terrorista Sendero Luminoso a Lima, justo cuando empezaron a llegar noticias del suplicio que sufrían los ciudadanos y los campesinos de provincia, o a encontrarse perros masacrados colgados de los postes, a ocurrir atentados mortales en las calles, y desbaratarse conspiraciones sediciosas, y lo que parecía forjar un espíritu de bonanza mejor, terminó por convertirse en un fracaso total. Para entonces Giovi empezó a subir a los micros a recitar poesías de su propia invención, y cobraba la colaboración voluntaria que los oyentes sentían. Lucrecio también, casi al mismo tiempo, tuvo que empezar a salir a recitar poemas de su autoría en los micros, pues las ventas de los cuadros escasearon hasta convertirse en nulos e incluso el comprador bienhechor Ruy Mujica se había despedido por varios meses la última vez que le compró. Hacer de aedas callejeros y peripatéticos, en efecto, era una de las alternativas más interesantes que les quedaba. Y lo hicieron. 

Sin embargo, tenían poco tiempo con ese nuevo oficio cuando llegó lo inexorable.

—Me duele mucho el vientre, Vencedor —le dijo Giovi aquella tarde nublada que regresaban a la quinta luego de recitar cientos de versos—. Y parece que tengo fiebre. 

—Ya deberá pasar —le respondió Lucrecio sin sospechar ninguna enfermedad grave. 

Y así transcurrieron seis días, haciendo de recitadores poéticos para ganarse el pan de cada día, pese a los dolores físicos de Giovi, cuando la séptima mañana ella ya no pudo levantarse de la cama. Estaba exánime, con los labios pálidos y resecos, su piel ardía y sudaba, con el peso corporal disminuido que recién saltaba a la vista como una certeza irrefutable. Se quejaba de un fuerte dolor que le imposibilitaba ponerse de pie. Lucrecio se asustó y decidió, agarrando todos los pequeños y únicos ahorros, llevarla al hospital de emergencia. El débil cuerpo de Giovanna sufría un cáncer terminal.

Las noches previas a la muerte de Giovi, Lucrecio tuvo sueños extraños luego de llorar muchas horas. Aquel espejismo lóbrego e inconsciente se repetía una y otra vez y fue el vaticinio de su autodestrucción. Soñó con espanto que él se despertaba en la antigua habitación de ella, vacía y desordenada. Mirar ese habitáculo fue como mirar el cuerpo famélico y desfalleciente de su amada compañera, y le produjo tristeza. Sin poder resistirse, él salía por la ventana del cuarto flotando como una bolsa plástica es arrastrada por los aires de un fuerte ventarrón, y las corrientes aéreas de las afueras le zarandeaban de un lado a otro asustándole con el miedo de una caída. El sueño aparentaba, luego de unos segundos efímeros y atemporales, una vertiginosa caída suya, y percibía como su cuerpo se abría paso a la muerte en el hundimiento aéreo, pero al rato se sostenía de pie y seguro en el piso. Caminaba por el Jirón de la Unión, en medio de nieblas umbrosas y abundantes, sintiendo una atracción del cielo por continuar flotando, y luchaba caminando hasta hallarse frente al portón de tablón oscuro de un edificio viejo. Sin la voluntad natural de los sueños, ingresó sin poder controlarse como si esperara hacerlo desde tiempo atrás. 

La habitación era en extremo oscura y vasta, y empezó a escuchar con terror el estridente y angustioso rayar de alfileres en espejos y pizarras acrílicas, además de los estruendos de pólvoras rojas, gemidos de mórbidos llagosos y cantos broncos e infrahumanos, sollozos de huérfanos, de viudas, y de infelices. Los quejidos y llantos le turbaban la cabeza, con el clamor de dolor agudo, un sufrimiento voraz; y aunque estos rumores de pesadumbre se extinguían poco a poco olvidados, como si por ser escasos o ajenos no existieran, le resultaba peor. 

Lucrecio sospechaba, con cautela, de las creencias que postulaban que las almas de los fallecidos vivían buscando purgarse; ni creía a cabalidad en los fantasmas que vagaban terrenales porque son las ánimas y los pensamientos de los que en vida fueron. Tampoco que los sueños reflejan la subconsciencia que se proyecta en un futuro, un presente o un pasado de alguna de las varias dimensiones a las nuestras; pero las cuales están ligadas de forma inevitable a un destino único; ni que aquella dimensión trata de esclarecer una remembranza de una encarnación humana o advertir algo que nunca debió ocurrir para restaurarlo. Todas esas ideas tenían en él, es verdad, un dominio sugestivo considerable, desde que terminó de estudiarlas en los epítomes antiguos que compraba a mitad de precio a sus amigos vendedores de libros de segunda mano; y por eso Lucrecio no las creía, porque las analizó con todos sus sentidos y con un interés científico que prometió no abandonarle después de vencer las pesadillas anómalas que su cerebro excitado sufría de vez en vez. 

Sin embargo, le impactaba de forma prodigiosa la simbolización de aquella mujer que aparecía ante sus ojos, revolcada entre prendas y postrada en una cama en el que se desordenaban las colchas y las sábanas cuando se acercaba más a ella, atraído por la falta de albedrío de los sueños. Esas fuerzas pesadillezcas le acercaban más al espectro femenino, perdurando dominantes hasta que parecía despertarse flotando encima de la cama de Giovanna, listo para volver a salir por la ventana. 

La mujer-espectro, de cuerpo famélico y piel arrugada, vestida de negro como una viuda negra, se perdía en una pieza extraña que podría resultar otro compartimiento, después que Lucrecio Vencedor la siguiera volando a cierta distancia, y aunque el tiempo de perseguirla era considerable y creaba suspenso, el pintor no encontraba en ella rasgos que podrían caracterizarla en una persona que él apreciaría o temería tenerla allí, junto a sí. 

La escena, no obstante, era tétrica: velas pegadas en medio de las paredes disparaban fuego cada tres tercios y medio de minutos, y luego se apagaban por siete segundos. Existía un cuervo con un ojo bañado en sangre que lo observaba con melancolía y desdén, ajeno a su pesar, que parecía agujerear el aire con su pico. Todo ello acompañado de un coro de voces dolientes, ininteligibles, sufriendo desgarradoramente, de personas invisibles que se dirigían a su persona. También escuchaba susurros endemoniados que de manera recalcitrante parecían juzgar su vida pasada y su presente, recriminándole o hablando mal de su persona. Si miraba el techo de la habitación, una imagen de una virgen envejecida le recriminaba con la mirada, y mientras la observaba más, el rostro de la anciana sagrada se transformaba en una calavera espantosa. Al intentar huir con gran desesperación del compartimento, a continuación, salía por una puerta donde se extendía un paisaje rupestre que asemejaba a un abandonado campo andino, que él nunca había visto en su vida. 

Había una casa de barro y paja en medio de un pampón de tierra, más allá unos jardines con exuberante vegetación polvorienta, pero más al fondo un cementerio de nichos blanquecinos en columnas y filas se presentaba tan lúgubre y terrible, en cuyo piso de arena se descubría cerca una fosa cavada a media profundidad. Lucrecio asustado, o su conciencia enfebrecida, se asomaba a pasos lentos sin distinguir a nadie a la vista, con cautela, sufriendo un mal presentimiento, y, atraído con gran fatalidad, pudo clavar la mirada asustada en un esqueleto de osamenta nívea y pura, tétrica e intimidadora, que, como una epifanía satánica, entendía que era su amada Giovanna. Con esa intuición macabra, la pesadilla moría en una angustia tormentosa. Pero como el ave fénix, resucitaba cada vez que Vencedor se entregaba al lecho de Morfeo, para repetirse una y otra vez hasta despertarlo con un sufrimiento terrible.   

Al entrar a su habitación después del sepelio, Lucrecio cayó en la cuenta de la rapidez con la que se desencadenaron los últimos y dolientes sucesos, como si fuesen su tranquilidad la orilla amenazada por olas enormes de constantes catástrofes marinas. Dudó con incertidumbre sobre la realidad que afrontaba. Miró con paciencia y ternura los objetos de Giovi, todavía en el mismo lugar que ella los dejó antes de ir al hospital, y ese momento sintió una aflicción que le dolió en el alma, un terrible dolor que le desesperó sin solución. Nunca más la volvería a ver. Sintió como crecía la soledad perpetua. Trató de dormir, y lo logró después de un par de horas. Pero le despertó la certeza que soñaba aquel terrible presagio de la muerte de la difunta, como si persistiera indeleble en su inconsciente. Sí, era la misma pesadilla. El horrendo sueño era devastador, profundo, trascendente, y le impresionó tanto que decidió pintarlo como la obra maestra que tanto esperó y que siempre creyó habría de devolverle el sueño de los justos. 

Aturdido, obstinado y exigente, Lucrecio pensaba en cómo habría de pintar aquel sueño premonitorio, que como una efigie profética interrumpía el agua de la fuente del resto de su inspiración y no le tenía en paz. ¿Cómo pintarlo? Ahí nació el dilema que empezó a martirizarlo con insomnios, falta de apetito, fiebre de amor imposible, anhelos de tiempos gloriosos, melancolía enfermiza y depresiva, y también de una eterna búsqueda de la perfección ideal, que le irritaba no poder alcanzarla con la destreza y la fluidez que por naturaleza le caracterizaba. Empezó a buscar la forma, una y otra vez, pero siempre falló. 

Trató de pintar el cuadro en su grandiosa totalidad metafísica, pero fallaba, como si aquel cuadro abstracto e irreal le exigiera ser concretado con excelsa maestría y dedicación. Le empezaron a dar ataques de neurosis y de paranoias mientras perdía el tiempo encerrado en su habitación. Se obsesionó tanto que dejó de sonreír, dormir, o salir a la calle a comer o vivir, y, al final, se enclaustró en un solipsismo fatal que le hizo perder la cordura y la fe en la realidad. El desaforado intento fallido le absorbió los sentimientos y la razón, le laceraba la paz espiritual de la buena conciencia, y, después de todo, le secó los sesos con voces invisibles y visiones monstruosas como la realidad de sus cuadros, aquellos vaticinios demoníacos. 

Al par de meses, el dueño que le alquilaba el cuarto, al ver que Lucrecio Vencedor se demoraba en pagarle el arriendo y no se dejaba ver durante todo aquel tiempo, ingresó con su llave de repuesto a ver lo que le pasaba. Encontró, con sorpresa y asco, el cuarto sucio, desordenado y maloliente. Había excrementos humanos, vómitos, cigarrillos despanzurrados, sábanas manchadas, ropas ensuciadas, zapatos, libros, VHS’s y botellas plásticas en el piso, con esmaltes derramados de latitas plomas, y las pinturas artísticas se encontraban con los marcos rotos. ‹‹Diablos, qué demonios es esto››, se dijo para sí el dueño con terror y, a los segundos, oyó con temor varios quejidos que provenían del baño. Tuvo un fuerte miedo que le congeló la respiración, pero decidió ver qué era aquel sonido. Avanzó con cautela y lentitud, se colocó delante de la puerta de madera del baño mirándolo con suspicacia, agarró la manija y la giró con rigor. La abrió despacio. Adentro estaba medio oscuro. Aplastó con sus manos húmedas el interruptor y, de forma espeluznante, bajo la luz mortecina, encontró acuclillado a Lucrecio Vencedor desnudo y sucio en una esquina de la ducha, mordiéndose las uñas y agitando la cabeza de arriba para abajo. ‹‹Dios mío, el pobre está loco››, murmuró con sequedad el dueño tras frustrar un grito de espanto.

sobre el autor (1)

Copia de sobre el autor

Escritor peruano (Ayacucho, 1989). Egresado de la Maestría en Escritura Creativa por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Estudió Literatura en la UNMSM. Ha publicado Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019) y Azares dirigidos (2020). Textos suyos aparecen en la antología Recitales “Ese Puerto Existe”, muestra poética 2010-2011 (2013) y en diversas páginas virtuales, revistas, diarios, plaquetas y/o; de su propio país como de países extranjeros. Ganador del Concurso de Relato y Poesía Para Autopublicar (2020) de Colombia. Ganador del I Concurso de Cuento del Grupo Editorial Caja Negra (2019). Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007).

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