Flecha y Blanco

El arquero y el blanco por Oscar David Gómez Del Valle

Me contaba un viejo de la historia de un arquero petiso, limpio, humilde y rastrero, que no se dejó absorber por el mundo y se propuso ser aquel que lanzaría sus flechas más lejos. Cuando entendió que sus brazos debían ser fuertes, los fortaleció, su mirada debía ser precisa y la afinó, su espalda gruesa y su espíritu sin tibiezas los esculpió. El problema era el blanco.

Buscó sabiduría y entendió que su objetivo perfecto rebasaba cualquier lógica, mas presto a lograrlo no dudó, fue al valle de la muerte dispuesto a todo; convocó a los brujos, reyes, sus sabios, los sirvientes de todos. El público expectante gritaba por la función. Colocándose en el punto más alto unas palabras a su publicó dirigió.

Gente de los confines”, gritó, “Sabéis que en otrora oportunidad me han guiado beneficios banales para perfeccionar mi arte, pero hoy, los he convocado a ustedes en busca de responderles las razones de la existencia misma, lanzando esta flecha hacia el objetivo más lejano que he conseguido, como entenderán no fui cultivado como sabio, mas sí como soldado y no puedo ofrecerles una explicación concisa de lo que en mis largas noches de cavilaciones durante los últimos años he concluido, serán ustedes -¡Oh, cultos y oráculos!- los que podrán precisar mi mensaje. Este sitio no es casualidad, ya lo he estudiado y por eso aun en la incomodidad, les pido que sean pacientes y disfruten el espectáculo”. Al oír los aplausos, el gran arquero suspiró. Las lágrimas brotaron de sus ojos, tomando el arco con fuerza la única flecha que en su aljaba portaba lanzó. Vaya uno a saber porqué sus hombros se encogieron. Entre palmas y vítores los espectadores no entendían: la flecha se había ido y nada había pasado.

Tomando la palabra un airado Rey dijo: “Nos habéis traído hasta aquí sólo para ver cómo una flecha has lanzado al viento” y agregó: “No pido que te azoten, porque mi consejero por ti ha hablado y me ha pedido que le conceda la oportunidad de permanecer porque, en sus propias palabras, este espectáculo aún no ha terminado, mas yo, hombre de política y servicio, me retiro, no soy dueño del tiempo para desperdiciarlo”. Y así, fueron partiendo de la escena todos los reyes quedando sólo entre el público los sabios y los brujos. Veinte días transcurrieron, hasta que el arquero levantó la mirada y exclamó “Era de esperarse, que luego de tanto tiempo, sólo los más doctos decidieron permanecer, yo les agradezco, la fortuna y la desdicha siempre van de la mano, pero sólo un hombre de sabiduría sabe mantenerse expectante y reconoce que en cada pena se puede hallar tesoro y cada tesoro trae consigo una pena. La gloria sea para ustedes, sempiternos espectadores”. Y al decir esto, la flecha lo atravesó por la espalda, incrustándose en su corazón.

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