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Doloroso déjà-vu por Jesica Sabrina Canto

A Roberto ese día le había quedado grabado en la mente. “Abuelo, vamos a ver la tele”, le dijo Esteban cuando había ido de visita al departamento que Cristian, su hijo, alquilaba en Villa Urquiza, en una esquina con balcón a la calle. El niño, que había heredado las pecas de su padre y la mirada de su madre, se sentó a su lado en el sillón de un salto, casi haciéndole derramar el vaso de vino que tenía en su mano. Afuera el cielo estaba nublado, anunciando una tempestad, lo que se podía ver a través del ventanal de vidrio. Roberto estaba allí, como si no estuviera, con sus vaqueros y mocasines que desde que Cristian era pequeño usaba siempre que no estaba en la fábrica. Desde que su esposa había muerto, el cuidado de su imagen había perdido toda relevancia. Ya se estaba quedando calvo casi por completo y la barba apenas le crecía, las pecas y manchas marrones en su piel se hicieron más notorias, y sus ojos contenían las lágrimas incluso en los momentos más felices.

Cristian estaba preparando la cena. Siempre se le había dado bien cocinar, había aprendido por su cuenta, o eso le dijo él siempre. Pero Roberto sospechaba que doña Marta, la vecina con la que se quedaba mientras él iba a trabajar, había tenido algo que ver. A su hijo, por ese entonces, le costaba relacionarse con los niños de su edad, pero con Marta actuaba con total naturalidad. Recordaba el primer día que tuvo que dejarlo con ella. 

Tocó la puerta, y ella abrió vestida con su bata roja con flores verdes, los ruleros y redecilla en la cabeza. No hizo falta que le preguntara si podía cuidar al niño, ella le sonrió y le dijo “No te preocupes, andá tranquilo”. Roberto caminó mirando hacia la puerta pintada de negro, mientras Cristian entraba en la casa. “Estoy haciendo manzanas al horno, ya vas a ver que ricas”, dijo su vecina mientras le acariciaba el pelo enrulado a su hijo, que no había dicho ni una palabra desde que lo había despertado esa mañana, que no había querido desayunar y a quien tuvo que vestir él mismo para poder sacarlo de la casa.

Ese día Roberto se había esforzado por regresar cuanto antes. Golpeó la puerta, y la voz de Marta le gritó que entrara. El interior de la casa estaba igual que la vez que su mujer le pidió que le llevara la lasaña que le había preparado a la vecina que estaba enferma. Las paredes vestían empapelados a cuadrillé verde y dorado, y había un estante de madera a lo largo del recibidor. No era sólo un estante común: él, hijo de un carpintero, reconoció enseguida la madera de pino cruda, sin barnizar. Sobre él se exhibían platos decorativos pintados. Se detuvo un momento a contemplarlos: el Mausoleo de Halicarnaso, la Estatua de Zeus, el Coloso de Rodas, el Faro de Alejandría, el Templo de Artemisa, la Gran Pirámide de Guiza y los Jardines Colgantes de Babilonia. Las referencias estaban escritas en letra cursiva negra en el borde de cada plato, con una caligrafía muy pulcra. ¿Serían sitios que su vecina había visitado en su juventud o sólo una mera colección de baratijas que compensaba la imposibilidad de admirar aquellos lugares en persona? 

Avanzó por el pasillo siguiendo el ronroneo que venía del living. Allí, el sillón estaba corrido contra una pared y la mesa china roja con dragones pintados en dorado movida a una esquina, junto a una estantería llena de libros. Marta acariciaba la panza de su gato siamés sentada en el sillón. El animal de pelaje blanco y orejas, cola y rostro gris miraba a Roberto con fijeza, escrutando a quien había ingresado en su territorio. Sin embargo, no movió más que la cabeza y seguía panza arriba con las patitas dobladas. Cristian estaba sentado en el piso, inclinado hacia delante y con sus medias a la vista. Su padre pasó la mirada por el suelo de la sala, recubierto de rompecabezas de paisajes naturales, cataratas, bosques, acantilados, un atardecer en el mar, armados con exactitud. En la tapa de una de las cajas que estaban apiladas a un costado se podía leer “100 piezas”. El que el niño estaba armando en ese momento era la imagen de un desierto con cuatro dunas de arena naranja y una hilera de camellos hacia el fondo. El sol no estaba a la vista, pero el cielo era por completo celeste, sin ninguna nube ni pájaros.

Roberto solo dijo “Hola” y se sentó en el piso junto a su hijo, cruzando las piernas y tratando de entender cómo hacía Cristian para colocar cada pieza que tomaba en el lugar que le correspondía, sin necesitar ir probando si encastraba. Se quedó admirado y tuvo la sensación, por primera vez desde la muerte de su esposa, de que su hijo saldría adelante.

Años más tarde, con su nieto sentado a su lado en el sillón frente a la tele, el dolor lo invadía tan hondo que sus manos temblaban. ¿Era acaso que en esa familia los varones estaban condenados a la misma suerte? Quería hablar con su hijo, lo había querido hacer desde hacía unos meses, desde el día que acudió con su traje negro al funeral de su nuera. En realidad, desde el momento en que recibió la noticia por boca de Cristian a través del tubo del teléfono y que solo había atinado a decir “¿Necesitás algo?”. 

 ¿Cómo expresar lo que sólo se puede sentir?

Sabía lo difícil de la situación, del esfuerzo de disimular ante un hijo, de la soledad y la necesidad de volver el tiempo atrás. Acostarse en la cama vacía y girar de un lado al otro sin poder dormir. Minutos eternos esperando que ella terminara sus quehaceres y fuera a su lado, rodearla con los brazos y cerrar los ojos respirando el aroma de su pelo. Sentir el tacto de su mano al engancharla con esos dedos que tanto la ansiaban. Sensaciones que se extienden hasta el amanecer, el despertador que suena a la par que el sol irrumpe por la ventana, sin que las cortinas blancas le opongan ninguna resistencia. Levantar la vista y ver a ese niño fruto del amor, con su pijama a cuadros y la almohada apretada contra el pecho, parado en el marco de la puerta abierta y que de repente dice: “Soñé que mamá venía a buscarme al colegio”. 

Roberto no supo cuál era la forma correcta de explicarle a su hijo que aquello ya no podía ocurrir, y treinta años después tiene esa misma sensación… de no saber cuál es la manera correcta.

Miraba a su nieto de reojo, quería acariciarle el pelo, pero tenía miedo de llorar. Sentado en el sillón de cuero blanco, miraba las paredes que eran una de cada color, verde, celeste, lila, naranja, amarillo, colores claros tono pastel que intentaban atraparlos en su dimensión de calma. Pero Roberto sabía que cada tanto el exceso de calma saturaba la voluntad del más perseverante de los hombres, como el día en que tomó un viejo palo que encontró en el cuarto del fondo y rompió todos los espejos de su casa sólo porque no logró soportar que su amada esposa ya no pudiera festejar su cumpleaños.

El departamento de Cristian parecía querer olvidar. Evitar el mayor daño posible. Con las estanterías desprovistas de fotografías y la ausencia de flores o rasgos de mujer. Roberto reconoció en esa austeridad a la que él llamó la “segunda etapa del dolor”: de no querer mover una percha a quitarlo todo con desesperación. 

El día del quinceavo aniversario de su casamiento, el primero en que ella no estaba, Roberto no pudo soportar la ausencia de su esposa. En el baño su cepillo de dientes recordaba su ausencia, lo tomó y comenzó por tirarlo al tacho de basura, pero en la cocina un imán con forma de faro hacía alusión a la luna de miel. En el tacho se acumularon en pocos minutos el cepillo, el imán, las fotos de ella de joven que solían estar sobre la chimenea y su disco de vinilo favorito. En la habitación más de una bolsa negra de consorcio acogió toda su ropa y zapatos que el párroco del barrio recibió con agradecimiento y bendiciones. Sus joyas quedaron, pero el alhajero pasó de la mesa de luz al fondo del placar empotrado en el estante superior donde no se podía llegar, a no ser que hubiera necesidad.

Roberto sabía que el olvido se resistía y que nunca llegaba, que cada rincón del camino generaba del párpado hacia dentro una lágrima, para hacerle compañía a los recuerdos. Lo sabía, pero no lo decía, porque las palabras no pueden explicar algo que es tan inexplicable.

Quería ayudar a su hijo, quería cuidar a su nieto, pero también quería tomarse un micro hacia las montañas y quedarse allí, quería abrazarlos, pero temía llorar. Veía su vida reflejada en ellos y deseaba escapar, pero se quedaba porque era más importante estar. La cordillera andina lo llamaba con el fervor creciente de revivir los senderos de un viaje con su mujer. Pero no lo hacía y sabía que no lo haría en un futuro. Él sabía cuál era su lugar, no por imposición del deber, sino porque lo quería, sólo no sabía cómo. Estaba, pero sentía que no contribuía, y se enojaba consigo mismo. 

Pensaba y se esforzaba, sin encontrar respuestas. Se consolaba, en parte, con estar. Pero no de cualquier modo, él tenía que ser como esas paredes abstractas y contribuir a la calma. Terminó el vaso de vino mientras observaba a su nieto sentado a su lado en el salón viendo unos dibujos de un robot gigante de color amarillo que de pronto se transformaba en un auto y avanzaba a toda velocidad por una autopista poco concurrida. El sonido que salía de la pantalla plana era casi lo único que escuchaba. Casi porque él, además, escuchaba la voz melodiosa de su esposa que solía cantar mientras cocinaba. Y su risa…

Roberto y su esposa estaban sentados los dos en la misma mesa con vista a la calle de un restaurante de comida española donde habían ido en su primera cita. Él, feliz de tenerla a su lado, le llenaba la copa con vino blanco como en cada aniversario. Ella, bien arreglada, con un colgante con forma de corazón sobre la piel pálida, se pasaba los dedos por el cuello acariciando sus pequeños lunares. Y él, con traje, zapatos de vestir y la corbata verde de esa primera cita que, quiso el destino, combinaba con el dije que ella lucía. 

El corazón con pequeñas piedras esmeraldas, luego de la muerte de Aurora, permaneció en el joyero por años, hasta que un día la cuñada de Roberto fue a visitarlo para contarle que estaba esperando una niña y que había decidido llamarla Aurora. Entonces Roberto le regaló el colgante para la pequeña que llevaría el nombre de su difunta esposa.

Cada pareja tiene esos detalles que son especiales, esas pequeñas cosas que se valoran y se anhelan cuando ya no están, cuando mirás el reloj esperando escuchar la puerta y los minutos pasan y la cerradura no cede, cuando ves a viejos amigos y no te preguntan por ella, cuando ya no hay necesidad de negociar con qué familia pasar la Nochebuena. 

Roberto dejó el vaso vacío sobre una mesa baja de vidrio al lado del sillón y se puso de pie. Avanzó por el pasillo en silencio y entró al baño, abrió la canilla de agua fría, puso las manos bajo el chorro de agua y se quedó contemplando su imagen. El espejo estaba empotrado en la pared, y sobre él un aplique dorado con dos bombillas de luz cálida intentaba hacer creer que aún no había anochecido. Las arrugas surcaban el rostro de Roberto, sus cejas ya se habían vuelto de color gris y sus dientes estaban separados y amarillentos. Sus ojos avellana, que su esposa siempre le había alabado, estaban oscurecidos por las ojeras y empequeñecidos por la fatiga. En la frente era donde más se notaban las manchas de la edad, junto con la cicatriz blanca que aún conservaba de cuando había aprendido a andar en bicicleta. Pero él contemplaba a su vez la piel lisa de su juventud, de la época en que no necesitaba lentes para leer, en la que ella lo burlaba por lo esbelto que era. De cuando podía mover los muebles para redecorar las veces que ella se lo pedía, cuando podía cargar a su hijo sobre sus hombros en un viaje a pie que se tornaba extenso, cuando el estado del tiempo no le afectaba los huesos. Veía el paso de los años, veía el tiempo transcurrido.

Llevar flores a una tumba nunca fue suficiente consuelo. La sensación de vacío ante un rectángulo de piedra con un nombre grabado le ha hecho preguntarse siempre: “¿Cómo puede esto darle alivio a alguien?”. Él no necesitaba ir allí para recordarla, todo en su vida estaba marcado con el aroma de ella. No creía que llorar ante una tumba fuera honesto, sin embargo, iba todos los domingos, le pagaba al jardinero y compraba una rosa roja en el puesto de flores de la entrada. Se acercaba a la lápida y le depositaba un beso con los dedos, luego se sentaba sobre el mármol y hablaba sobre su hijo, le prometía cuidarlo y ayudarlo.

La puerta del baño se abrió hacia adentro y los ojos celestes de Esteban lo miraron a una altura por debajo de picaporte. Ese color tan alegre como el cielo, que no era parte de su herencia sino de quien ya no estaba. ¿La recordaría su nieto de grande cuando se mirara en el espejo? ¿Qué le habría dicho Cristian acerca de dónde estaba su mamá? No se animaba a preguntar. ¿Qué le había dicho él a su hijo en su momento? No lo recordaba.

Roberto pensó en el casamiento de su hijo. No habían hecho ceremonia religiosa, pero sí habían dicho sus votos y colocado los anillos uno al otro frente a todos en la fiesta. Liliana estaba hermosa, con un vestido dorado sin tirantes y la falda corta en la parte de adelante. Ella le había caído bien desde el día en que la conoció, cuando él tuvo un preinfarto estando en la calle y su hijo tuvo que ir corriendo al hospital respondiendo al llamado de los médicos como “contacto de emergencia”. Cuando Roberto despertó, se encontró en una camilla con cables conectados a su pecho. En la sala parecía haber otros pacientes y mujeres con ambos bordó iban de un lado a otro.

La enfermera que lo vio despierto le dijo que ya estaba bien, que solo debía quedarse en observación. Él no se convenció de que le dijera la verdad, pero cuando ella le preguntó si quería que hiciera pasar a su hijo, nada más le importó. Él entró y se acercó a la cama con una muchacha del brazo, rubia y de ojos celestes. “¿Cómo se encuentra?”, le preguntó, dejando ver sus dientes con aparatos de metal y un tono de profunda preocupación en la voz. Liliana siempre fue muy atenta con él y se resistía a tutearlo. Y, sobre todo, hacía feliz a Cristián. ¿Habría posibilidad de que con el tiempo él se volviera a enamorar? ¿Qué su nieto pudiera consentir que otra mujer lo trate como una madre a un hijo?

Tantas preguntas sin respuestas, tantos pensamientos que resucitaban con ese déjà-vu cruel. El agua caía con fuerza sobre sus manos huesudas, golpeando en la palma y escurriéndose por las falanges de los dedos. La artrosis en su cuerpo lo castigaba, y él sentía que lo merecía, sin importar la lógica de los hechos, la culpa se imponía, la infinita probabilidad de que algo hubiera sido diferente se convertía en un pensamiento permanente. 

Allí, en un segundo eterno, en una habitación pequeña, dos corazones latían queriéndose acompasar, refugiándose y dando refugio. Roberto cerró la canilla, se secó las manos con la toalla que colgaba a un costado, sin despegar la vista de los dos puntos celestes que lo miraban. Se sentó en el inodoro y atrajo a su nieto hacia sí, tomándolo de la mano. Esteban se subió a su regazo y se acurrucó contra su pecho. Roberto lo rodeó con los brazos, como si no hubiera nada más importante en el mundo. Para él no lo había, ese era el exacto lugar en el que debía estar. 

Pasó sus dedos por el cabello del niño y comenzó a tararear una nana antigua. Las lágrimas y el sonido del llanto comenzaron a fluir por el departamento, arrastrándose por las paredes de colores no uniformes. El susurro del dolor llegó a la cocina y atravesó los sentidos de Cristian que, con los dientes apretados, picaba cebolla.

El hijo de Roberto aferró más el cuchillo con la mano izquierda y apoyó el brazo derecho sobre la alacena color gris. Dejó caer su cabeza hacia delante y con los ojos cerrados respiró profundo, una, dos, tres, a la cuarta ya todo su cuerpo temblaba. Él había evitado hacer preguntas para no remover recuerdos que pudieran ser dolorosos para su padre. Él hacía lo que podía, lo que creía mejor, intentaba hablar con Esteban, pero no había estado dispuesto aún a dejar salir su furia. Pero en ese momento su aguante tocó su límite, el llanto de un hijo podía ser el sonido más hermoso o más desgarrador del mundo.

Se dio vuelta con el cuchillo en la mano, percibiendo sus movimientos en cámara lenta. Extendió el brazo hacia arriba y con todo su ser compenetrado lo arrojó contra el ventanal que daba al balcón provocando que éste estallara en mil pedazos.

Nací en Buenos Aires, 1989. Soy escritora y crítica literaria. Estudio la Lic. en Artes de la Escritura, y la Lic. en Crítica de Arte, en la Universidad Nacional de Arte. Anteriormente he realizado talleres de escritura durante diez años con grandes escritores como Liliana Bodoc, Alberto Laiseca, Federico Falco, Victoria Bayona, Guillermo Belziti, Sebastián Aduriz, Damián Vives, Leo Batic, Lorena Sigliano, entre otros. Escribo columnas sobre literatura para la revista digital Siete Artes desde el 2018. En la misma analizo y comento libros de mi elección y que me son dados, realizo entrevistas con autores, editores y otras personas relacionadas al mundo literario. Actualmente cuento con 6 libros publicados de distintos géneros, por lo que me considero una escritora de tipo ecléctica.

Los invito a visitar mis redes sociales donde reseño libros, hago entrevistas a otros escritores y periódicamente sorteo mis libros en formato ebook. 

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