gato negro

Árboles en el tejado por Santiago Garcés Moncada

El pequeño Nicolás abrió, como cada día, la ventana del ático que daba al tejado donde tenía sus macetas, y así al asomar la regadera vio cómo Palomo nuevamente estaba recostado sobre sus flores, tomando la siesta matutina. El pequeño gato blanco con manchas negras en la cara balanceaba la cola en su reposo entre las flores mientras los cristalinos rayos del sol bañaban su pelaje, atravesando también en el camino las hojas de manzanilla, con sus pepitas de oro llenas de mariposas azules y blancas; sus bigotes casi transparentes, al mirarlos en medio del chispeante día, rozaban levemente el rojo de las tejas de barro.

Sigilosamente por la canaleta avanzó Nicolás sin hacer ruido, la regadera en su mano se mecía por el aire como un péndulo hasta que estuvo a poco más de un metro de las flores, se puso de cuclillas lentamente y sacando con la mano un poco de agua, la lanzó deprisa al pobre gato entre dormido.

Palomo asustado por el frío de las gotas abrió sus grandes ojos amarillos al tiempo que saltaba entre las flores, escabulléndose veloz entre las tejas, levitando de tejado en tejado, como una pluma que escapa con el viento al menor soplo.

Mientras Nicolás empezaba a mojar los suspiros y las alegrías con su regadera verde oliva y amarillo, veía correr a Palomo a un par de casas por los balcones, desde donde observaba cómo entre las gotas se dibujaba un arcoíris que atravesaba aquel edén edificado sobre el barro.

Nicolás era el guerrero de la vida que combatía contra lo estéril de la calle, en la selva de asfalto que era su vecindario no había jardín alguno con pinos, laureles o maleza para repartir al aire sus aromas, los únicos jazmines del lugar yacían en los perfumes de las mujeres, que lo soltaban al aire como dejando un rastro al pasar por la avenida, el olor a orégano y pimienta sólo invadía los callejones cuando entre los cubos de basura las cajas de pizza quedaban abiertas para el paso de la lengua de los gatos callejeros, que habrían de humedecer el cartón un poco antes que la lluvia. Ni el moho del borde de las alcantarillas sobrevivía al árido gris de las aceras, sólo él, con sus diez años y la ayuda intermitente de su madre, había logrado teñir de color las miradas de quienes, como Palomo, buscan con cierta necesidad pedazos de paraíso al alzar la vista al cielo.

El balanceo de la cola de Palomo, a unas cuantas casas, hacía de saludo. Nicolás recogía el desorden de hojas y ramas sobre las que dormía hace poco el indeseado, enderezando las macetas estrujadas en la huida. Al terminar, miró hacia el frente respondiendo el saludo con el meneo de su mano y, al empezar a subir al ático, imaginaba que al cerrar la ventana regresaría a hacer estragos la blanca sombra felina. 

Ya era de noche y la poca luz de la lámpara que acompañaba su lectura cubría superficialmente las tinieblas de su cuarto, un fuerte ruido lo hizo parar de golpe en medio de un párrafo de su libro de narraciones de Allan Poe, que había comenzado a leer esa misma semana. Sintió en el tejado, entre aullidos y tejas rotas, como si corriera alguna bruja disimulada en un gato, ahuyentada por el rugir de una igual; en ese momento soltó el libro y apagando la lámpara rápidamente se internó en lo más profundo de su cobija, pegando su cuerpo a la pared donde esperaba el silencio que deja siempre un último alarido al desgarrar el aire.

Al despertar en la mañana, habiéndose diluido de la memoria aquel terror vivido hacía pocas horas, preparó como siempre su regadera y se dirigió al ático para dar agua a sus plantas. Al abrir la ventana, sus ojos encharcados se abrieron con tristeza y asombro al descubrir la escena, un camino de barro y polvo conducía su mirada hasta la tierra derramada en su tejado, todas las plantas se habían esparcido por el lugar, destrozadas, extinguiendo así la vida del vecindario. En medio de la escena estaba Palomo sentado dándole la espalda a Nicolás con la mirada ausente y caída, como si la vergüenza de la derrota fuera suficientemente grande para no darle la cara. 

Al subir por la canaleta haciendo ruido se dirigió hacia el gato para ahuyentarlo ferozmente, en un intento de asustarlo para siempre y alejarlo de su jardín… O bueno, de lo poco que quedaba esparcido entre las tejas. Vació de chorro gran parte del contenido de su regadera sobre el animal, que miraba al horizonte arrepentido, pero este no se inmutó ni un poco aun cuando se cubrió de frío, al ver que no se movía de su sitio como cada mañana hacía al más mínimo indicio de su presencia, se sintió extraño, y por primera vez en mucho tiempo decidió tocarle la cabeza, y así vio cómo se posaba el remordimiento en su pecho al recibir en sus ojos la mirada herida de aquel felino blanco manchado de sangre y hollín.

El pobre Palomo respiraba a duras penas en la fría sentencia que le había dictado su verdugo, su estómago se inflaba lento y su cuerpo encorvado se hallaba temblando con la mirada cansada y penetrante en los ojos del muchacho. 

Nicolás, al tocar la grasa piel del animal, sintió cómo la muerte le cubría las manos, el asco y el miedo se aferraron a su culpa mientras se alejaba hasta la ventana. Al bajar al baño, lavó fuertemente sus manos, intentando arrancar las manchas invisibles de la muerte que se habían aferrado a su conciencia, cuando se sintió limpio otra vez salió a la calle a mirar el vacío de color que invadía ahora las calles, añorando el pasado con cierta melancolía. Regresó a la casa tomando el cenicero de la mesa y llenándolo de agua, al subirlo hasta el tejado con un trapo de cocina ya manchado por el uso se dispuso a reparar el daño ocasionado, Palomo seguía mirando al frente, temblando entre los pocos rayos de sol que deja disfrutar un día frío. Nicolás se acercó al lugar una vez más con cierta vergüenza en la mirada, armando con las ramas esparcidas por el techo un colchón de hojas y tallos sobre una base de tierra amontonada con las manos, al acercarse a Palomo con sigilo y pidiendo disculpas con su silencio pasó suavemente el trapo sobre la piel humedecida del tembloroso animal, reparando en su corazón algunos de sus afligidos latidos, tomó a Palomo del vientre, sin el temor de mancharse de muerte nuevamente y posó al títere de piel y hueso sobre el escenario de hojas bajo el sol que había salido, quizás en símbolo de redención y perdón, en el azar de las nubes que roban azul al cielo de cuando en cuando.

La sangre de aquel pequeño abdomen manchaba sus dedos, y su corazón se arrugó fuertemente al ver cuando el herido felino metió su pata al cenicero, mostrando una herida profunda que el largo pelaje, tieso por la sangre y la suciedad, camuflaba a la vista del niño. Al sacarla del recipiente se recostó sin energía sobre las hojas, lamiendo la humedad de sus heridas por un corto tiempo, su abdomen cada vez se hinchaba menos y así, en ese momento, tan solo se quedaba mirando a la ventana por la que Nicolás entraba conteniendo el llanto, con un mal presagio que ennegrecía sus más puras esperanzas, y cerró la ventana para que no lo viese llorar al despedirse. Palomo se entregó a aquel lecho final encharcado por la sangre que brotaba de su vientre, levantó su pata herida en dirección a la ventana suplicando compañía mientras iba cerrando lentamente los ojos, como si por fin se apagara su cansancio.

Corrió hasta la cama sin hacer el menor ruido, escondiendo en el silencio su tristeza, que reventó en gritos al apretar por fin la cara contra la almohada hasta quedarse dormido entre sollozos. Eran ya las cuatro de la tarde cuando su madre entró a su cuarto a despertarlo, sus ojos rojos y su tono de voz apagado confesaban todo el crimen sin siquiera abrir la boca. 

Su madre, al preguntar lo que pasaba, escuchó atenta y con cara seria todo el relato de su pequeño y viendo que el corazón alegre de su polluelo se hallaba herido por la culpa, le dijo: “No te preocupes más mi amor, no ha sido tu culpa lo que ha pasado”, intentando consolarlo, mirándole a los ojos con ternura y posando como un pájaro enjaulado entre sus dedos, que volaba a la libertad de sus manos abiertas, un billete para que se distrajera comprando un helado a un par de casas. 

Nicolás bajó despacio y suspirando apretaba el billete entre su mano desnuda, manchada de tierra y llanto. Al llegar a la tienda pidió un helado de chocolate y comenzó a lamerlo despacio, en el camino de regreso observó cómo en el callejón adyacente a su casa un gato negro reposaba con la cara herida y sangrante sobre un bote de basura, su cola que se balanceaba bohemia en el aire, como una partícula de polvo que sigue sin parsimonia al viento, se erizo de pronto al paso del niño. Nicolás al verlo dejó caer el helado al suelo, el gato se lanzó de su reposo al callejón, tumbando la tapa del bote al piso y provocando un gran estruendo, aquella desconocida sombra le era tan familiar entre el ruido que retumbaba en esa calle sin salida que no pudo evitar intentar recordarlo, aquel gato empezó a acercarse lentamente hasta el helado, que empezaba a derretirse haciendo un charco. Al ver de frente al animal, notó cómo entre sus garras relucían parches de sangre seca cubiertos de pelos blancos.

Sin duda era la bruja de esa noche de lectura y miedo, la causante de su pecado, de su dolor. La mirada de Nicolás se llenó de rabia mientras aquella bestia disfrutaba del dulce néctar derramado en la acera, sin pensarlo y sin dar aviso lanzó velozmente una patada al criminal, dando fuertemente en el costado de aquel pequeño bulto negro, el alarido del gato hacía eco en el aire del callejón luego de estrellarse contra el muro y caer a un charco de suciedad y basura del cual, tembloroso, comenzó a huir aterrorizado, escalando difícilmente por el muro para nunca más volver a aparecerse por ahí, mientras Nicolás gritaba que se marchara lanzándole piedras y latas que hacían temblar el muro. 

Al volver hasta el tejado, su enojo se hizo profunda melancolía. Palomo lo esperaba al caer la tarde, inerte en aquel lecho improvisado, cubierto de atardecer y noche, en la misma posición suplicante de compañía con la que lo había dejado morir en soledad, subió una vez más por la ventana, levantó la vasija más grande para sacar lo que quedaba de tierra en ella y se dispuso a despedir al indeseado que desde ahora extrañaría cada mañana. Traía bajo el brazo la cal que su padre había guardado en aquel ático durante tanto tiempo, vaciando un poco al fondo antes de poner en la oscuridad al blanco gato, tapó con lo que quedaba de cal el cadáver, y echando encima toda la tierra cubierta de hojas y palos, tapó las semillas de una naranja que había comido hacía poco tiempo, dejando después de algunos meses a Palomo el naranjo como el único árbol sobre el tejado. 

Ahora por fin Palomo, en su siesta eterna, adornaba de color las grises calles.

sobre el autor (1)
Copia de sobre el autor

Ganó el 2º puesto en el concurso “Historias para volar la imaginación” (2016), fue ganador del 1º puesto en el primer y el tercer premio municipal de poesía y cuento corto de Itagüí (2018 y 2020), es coautor del libro “Deshielos de tinta” (2019), fue publicado uno de sus cuentos en el libro con los mejores cien cuentos del concurso “Medellín en 100 palabras” (2019), fue ganador del concurso “Un cuento de navidad en pandemia” (2020); abriéndose fronteras se han publicado sus cuentos, ensayos y poemas en diferentes periódicos, revistas y fanzines de países como Costa Rica, México y Colombia (2021). Actualmente es cronista de la revista Bohemia y pertenece al taller de escritura Letra-Tinta.

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