amar de a ratos

Amar de a ratos por La hija del fletero

Seguro fue el pánico de que se olvide de mí. Estaba a meses de irme lejos por un año y no quería dejar de estar presente en su vida. Tal vez la desesperación de querer permanecer en su tiempo me hizo pensar en la eternidad. No quería no morirme, quería ser capaz de ser eterna en él. Me sorprendió las formas que tienen las personas de eternizarse en la vida del otro, con una foto, una canción, una carta. Pero yo quería más que eso, quería tiempo, quería eternizarme en su tiempo. Necesitaba escaparme de todo lo imposible, necesitaba escaparme del tiempo.

Por eso, teniendo la posibilidad de responderme semejante necesidad, encontré la manera preguntándome qué es el tiempo y cuáles son nuestras posibilidades como mortales de ser eternos en el mismo.

Claro está, que el humano históricamente se las ha tenido que ver con el tiempo como un problema, porque el tiempo está más allá de nosotros. El problema que tenemos con el tiempo, es que no nos pertenece, es decir, la imposibilidad que tenemos de modificarlo, detenerlo, irrumpirlo, conquistarlo. Es insoportable saber que el tiempo sigue y nosotros vamos con él, hay un escurrir del tiempo que nos sobrepasa, el tiempo viene viniendo, pasa por nosotros y sigue yendo, sin poder ser capaces ni siquiera a veces, de notarlo.

Para Kant el tiempo es una condición necesaria para todo lo que conocemos, sin el que nada sería posible. Ser, es ser en el tiempo. Pero ¿Qué es realmente el tiempo? Podemos pensar que es una sucesión entre el pasado, el presente y el futuro. San Agustín se pregunta qué es el tiempo y se responde diciendo: “Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Lo que sí digo sin vacilación es que sé que si nada pasase no habría tiempo pasado; y si nada sucediese, no habría tiempo futuro; y si nada existiese, no habría tiempo presente. Pero aquellos dos tiempos, pretérito y futuro, ¿cómo pueden ser, si el pretérito ya no es y el futuro todavía no es? Y en cuanto al presente, si fuese siempre presente y no pasase a ser pretérito, ya no sería tiempo sino eternidad. Si, pues, el presente, para ser tiempo es necesario que pase a ser pretérito, ¿cómo deciros que existe éste, cuya causa o razón de ser está en dejar de ser, de tal modo que no podemos decir con verdad que existe el tiempo sino en cuanto tiende a no ser?”.

Por lo tanto, San Agustín aclara que si el presente no se convirtiera en pasado, no sería tiempo, seria eternidad. Y se preguntaba: si el presente, para ser tiempo, ha de convertirse en pasado, ¿cómo podemos decir qué és si sólo puede ser muriéndose? De alguna forma, San Agustín suponía que tiempo y eternidad no son compatibles. Y me pregunto, ¿realmente no son compatibles?

En el sentido filosófico, la eternidad refiere a un tiempo que no puede ser medido porque trasciende la “temporalidad” misma. Podríamos hablar entonces de la eternidad como una “atemporalidad”. Según San Agustín, en la eternidad no existe cambio “los tiempos son creados debido a la alteración de las cosas” y, por lo tanto, la ausencia del tiempo en ella es completa. En contraposición, el filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein, dice que “si por eternidad se entiende no una duración temporal infinita, sino la atemporalidad, entonces vive eternamente quien vive en el presente”.

¿Es el presente donde la eternidad y el tiempo son compatibles? Y entonces vuelvo a lo mismo, mi respuesta es vivir en un tiempo que muere constantemente. No hay nada que escape a la temporalidad. Pero mi impaciencia y más que nada mi desesperación a darme otra respuesta, me hace ir más allá, ¿realmente no hay nada que escape a la temporalidad?

Y me tome un rato, y me pregunte cuánto dura un rato. ¿Los ratos duran? ¿Están los ratos marcados por una temporalidad? Entendí que los ratos no “duran” y es eso lo que los caracteriza. ¿Funcionan entonces los ratos como una atemporalidad en la misma temporalidad? Pensé al rato, irrumpiendo conquistando, modificando, deteniendo el tiempo. El rato nos hace tomar consciencia del acaecer del mismo tiempo. Seguro un rato siempre es poco, y sin embargo como no dura parece eterno. El rato interrumpe la linealidad del tiempo. Nos desconecta. Y no se trata de lograr algo que creíamos imposible, sino de crear nuevas maneras de relacionarnos con el tiempo. Parar, detenernos, no dejarnos arrastrar, que el tiempo no sólo se escurra en nosotros, sino que se trate de recobrar nuestra vivencia del tiempo, conectar con el momento, conectar con lo que hay, con aquello que nos parece cotidiano, pero nos hace eternos.

Empecé este ensayo pensando cómo buscamos como mortales ser eternos de mil formas distintas; nos hacemos preguntas; nos arriesgamos a muchas soluciones; nos desesperamos con la idea de morir; y yo buscaba como enamorada poder ser eterna en el tiempo de otro, muriéndome y arriesgándome sólo con preguntarme, me di cuenta que en la cotidianidad del “rato”, de compartir esa irrupción, logro conectarme no sólo con mi tiempo, sino con el de él, logro escapar de esa temporalidad que nos domina y me persigue, esa que me hizo pensar qué hacer para calmar mi desesperación y me responda, que soy eterna en su tiempo, que me escapo, me libero, con tan sólo tomarnos un rato juntos.

Soy Ana Carolina Donadio, tengo 20 años y estudio la carrera de Derecho en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Nací en la ciudad de Cipolletti (Rio Negro), pero hice la escuela secundaria en San Martin De Los Andes (Neuquén). Desde muy chica me interesé por la lectura, no sólo por el consejo y motivación de mi familia, sino también por el asombro que me causaba que en un simple relato pueda generarme tantas cosas: desde imágenes tan detalladas hasta sentimientos tan profundos. Así fue que me fui animando a escribir, pero fue en el secundario cuando me acerqué a la filosofía de una forma más directa. Participé de las Olimpiadas Nacionales de Filosofía, que me abrió a una forma de escribir que lograba responderme las preguntas que en ese momento necesitaban una “solución”, y a las que hoy sigo buscando en cada momento en el que me siento a escribir.

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